<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-7385103199703731123</id><updated>2011-09-06T14:46:15.119+02:00</updated><title type='text'>Esperaré por ti y por tu bemeuve...</title><subtitle type='html'>"Esperaré por ti y por tu bemeuve hasta los cincuenta, si hace falta" está basada en hechos reales. He modificado algunas cosillas (nombres, profesiones, circunstancias...) con el fin de espolear la imaginación de quienes me lean y hayan compartido conmigo, aunque sea de refilón, algunos momentos de mi azarosa vida sentimental. Por lo tanto, cualquier desviación de la realidad NO es pura coincidencia.
Aviso a navegantes: No son todas las que están, pero si están todas las que son.</subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://bemeuve.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7385103199703731123/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://bemeuve.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>Mármara</name><uri>http://www.blogger.com/profile/09935680480272505070</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='26' src='http://2.bp.blogspot.com/_f0jLUVPJA0s/SYIEZwYuKHI/AAAAAAAABTw/mne8UtHQK7I/S220/10-06-08.2.jpg'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>9</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7385103199703731123.post-3651570726322664379</id><published>2008-05-18T16:19:00.003+02:00</published><updated>2008-05-19T20:56:54.023+02:00</updated><title type='text'>Que el cielo me juzgue (y II)</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:130%;"&gt;O la dejaba yo a ella, que todo podía ser, que la paciencia tiene un límite, incluso la mía.&lt;br /&gt;Aproveché la circunstancia para cerrar la casa. Me vendría muy bien dedicar mis energías a algo que no fuera triturarme el cerebro. Entre Charo, la interina local, y yo, dejamos la casa como los chorros. No recuerdo haberme empleado tan a fondo en las tareas del hogar como en aquella ocasión. Un par de días después, volví a la ciudad dispuesta a reintegrarme plenamente a la reconfortante rutina laboral y a impedirque Clara siguiera monopolizando mi existencia .&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:130%;"&gt;Ella, ajena a mis reflexiones, decidió organizar una cena de bienvenida en mi honor. Sólo las íntimas: Carmen, sin Patricia, Lucía, que había hecho muy buenas migas con la anfitriona, sin Ángela, Angus, ella y yo.&lt;br /&gt;Lucía, que asistía por primera vez a lo que Clara denominaba &lt;em&gt;cenas de etiqueta&lt;/em&gt;, quedó vivamente impresionada, no sólo por el despliegue de medios con el que Clara nos obsequió, sino el escenario, un dúplex situado en pleno centro con vistas a los cuatro puntos cardinales, de cuya decoración se había encargado una de nuestras más reconocidas estrellas del diseño.&lt;br /&gt;La planta baja se distribuía en varios ambientes, separados por dos espléndidos biombos de un famoso artista local. Comedor, zona de juego, mesa de billar americano incluida, y salón, orientado hacia dos cristaleras, desde las que se disfrutaba de una magnífica perspectiva de la catedral, con su chimenea en chaflán, completaban el conjunto. Todo muy sobrio. Minimalista. La cocina, aislada y enorme parecía sacada de una película americana. En el piso superior, un pequeño despacho —ordenador, fax, biblioteca profesional, orejeros de cuero viejo—, la habitación de invitadas y, cómo no, la suite de la reina del hogar con su vestidor, su baño —jacusi y sauna, por supuesto—, cama de dos por dos y pequeña terraza-invernadero dedicada a plantas tropicales.&lt;br /&gt;—Chica, Ana —me comentó Lucía en un aparte—, no tenía ni idea de que a esta niña le fueran tan bien las cosas.&lt;br /&gt;—A ella y a su familia—puntualicé.&lt;br /&gt;—No me extraña que Angus prefiera vivir aquí que en casa de sus padres.&lt;br /&gt;—Lo que me extraña a mí —observé— es que, a los treinta y cinco y teniendo un sueldo como el suyo, no se haya independizado.&lt;br /&gt;—¿Para qué? —me hizo ver Lucía— En casa de mamá siempre se está de maravilla. Ni friegas ni planchas ni te ocupas de la nevera...Y si además tienes una novia que vive en un &lt;em&gt;casoplón &lt;/em&gt;de esta categoría, es absurdo pagar una hipotca.&lt;br /&gt;—Ya —objeté, pensando en mí misma— pero, por muy bien que estés con papá y con mamá, como en casa de una, nada.&lt;br /&gt;—No todo el mundo piensa igual, Ana.&lt;br /&gt;Desde luego. Y más si tus planes incluyen trasladarte directamente del hogar paterno al conyugal. No comenté nada, había sacado mis propias conclusiones de las largar conversaciones que mantenía con Clara, pero no me pareció oportuno compartirlas con Lucía en aquel momento. Nos reintegramos al grupo, dispuestas a dar cuenta de los aperitivos que Carmen acababa de sacar de la cocina.&lt;br /&gt;La cena fue un éxito, excepto para mí, que la pasé tratando de impedir que Angus se diera cuenta de que Clara no dejaba de meterme mano por debajo del mantel. Y para Angus, que no dejó de vigilarnos en toda la noche.&lt;br /&gt;Para rematar la velada acompañamos a Carmen a cerrar el Frida, después de tomar varias copas en casa. Entre el nivel etílico, la actitud de Clara durante la cena y el tema con el que amenizamos la sobremesa, aventuras y desventuras de Güendy y su inseparable Viky, Angus dio por terminada la velada antes de tiempo con una sarta de improperios y reproches que no pienso reproducir y un intempestivo &lt;em&gt;que te den, a ti y a Güendy&lt;/em&gt;, etcétera. Carmen, Lucía y yo nos miramos incrédulas. Clara me miró a mí y haciendo un gesto impotencia, salió detrás de ella.&lt;br /&gt;—Yo os dejo, chicas —anunció inmediatamente Lucía—, le prometí a Ángela que no me excedería.&lt;br /&gt;Carmen y yo, como de costumbre, volvimos a casa dando un paseo. Aprovechamos para comentar las incidencias de la noche.&lt;br /&gt;—Qué carácter el de Angus, nena—dijo Carmen para iniciar tema.&lt;br /&gt;Risas.&lt;br /&gt;—Qué harta estoy de todo, Carmen, qué harta —clamé, elevando mis ojos al cielo.&lt;br /&gt;—Déjala, tía. ¿No ves que lo de estas dos no tiene solución? Si llevan así desde que las conozco —y añadió, parándose y moviendo la cabeza al estilo de Manolo Escobar en sus mejores tiempos—, y ya ha llovido...&lt;br /&gt;Más risas.&lt;br /&gt;—Pero si yo la dejo —argumenté, sin poder parar de reír—. Es ella la que me llama constantemente, se presenta en mi casa, a cualquier hora del día y de la noche...&lt;br /&gt;—Da igual lo que haga—me interrumpió mi amiga—, con esta chica no tienes futuro, Ana, te lo digo yo.&lt;br /&gt;—Ni lo quiero —me apresuré a aclararle—. Que lo pase pipa con ella, no quiere decir que pretenda casarme. Te aseguro que me siento completamente realizada en mi papel de amante, no quiero más.&lt;br /&gt;—Serás zorra —cariñosa.&lt;br /&gt;—Lo seré, muy guapamente —admití arrastrando las sílabas—, pero con haber ejercido una vez de esposa abnegada y fiel, tengo bastante. Lo malo es que, hasta esto se me está complicando.&lt;br /&gt;Nueva parada. Interrogatorio visual.&lt;br /&gt;—Sí, hija, sí. Se me está complicando, porque me da mucha pena de Angus, ¡joder!, me recuerda demasiado a mí misma.&lt;br /&gt;—¿Crees que Angus se habrá dado cuenta de las maniobras de Clara bajo el mantel? —especuló, haciendo todo lo posible por ponerse seria.&lt;br /&gt;—A ti, ¿qué te parece? No vas a decirme que el mosqueo que se pilló fue sólo por los comentarios que hicimos sobre esas dos...&lt;br /&gt;—¡Uy, qué sí! Y si no —concluyó— es que está ciega, bonita.&lt;br /&gt;—O quiere estarlo —apunté—, que es otra posibilidad.&lt;br /&gt;—¿Tú crees? —hay veces que Carmen está, como muy cerca, en la luna de Valencia.&lt;br /&gt;—Razona, Carmen, razona —le pedí, poniéndome todo lo trascendente que una se puede poner a ciertas horas, en ciertas circunstancias—. Ella misma me preguntó si a mí me gustaba Clara, el día de mi cumpleaños. Y no se lo negué. ¿Voy a ser tan estúpida de seguir saliendo con ellas para nada?&lt;br /&gt;—No, si, en eso, tienes razón. Yo, desde luego —añadió tambaleándose ligeramente—, estaría mosca.&lt;br /&gt;—Como es lógico. Y como está ella, por mucho que quiera hacerse la sueca. Pero si está dispuesta a tragar, sus razones tendrá.&lt;br /&gt;¡Pues no le había dado pocas vueltas al asunto! No me había llevado tiempo, ni nada, comprender las motivaciones de Angus —y las mía propias—, para aceptar aquel triángulo absurdo.&lt;br /&gt;—Otra cosa es que yo esté a gusto, que no lo estoy. Hacerla pasar por estos papelones me enferma.&lt;br /&gt;—Ese no es tu problema —sentenció Carmen, poniéndose seria—, sino de Clara.&lt;br /&gt;—Ya, pero yo estoy en el medio. Además —añadí —, no me gusta nada cómo se lo monta Clara con ella. ¿Para qué crees que montó el numerito?&lt;br /&gt;—¿...?&lt;br /&gt;—Para librarse de ella esta noche, como hizo en el cumpleaños de Marta, por ejemplo.&lt;br /&gt;Carmen hizo varias cruces al aire.&lt;br /&gt;—¿Qué nos apostamos a que dentro de una hora, como máximo, la tengo en casa?&lt;br /&gt;—Ni un duro —respondió Carmen, blandiendo el índice—. No me apuesto ni un duro. Clara es capaz de eso y de más.&lt;br /&gt;Sabia decisión, la de mi amiga. Tal y como había supuesto, Clara llegó a mi casa, dentro del horario previsto, hecha un basilisco.&lt;br /&gt;—Me tiene harta esta tía, Ana, me tiene harta —tiró el bolso sobre el sofá y se dejó caer, haciendo un mohín de disgusto—. ¿Tú crees que es normal que me ponga verde delante de todo el mundo?&lt;br /&gt;—No, la verdad es que no —tuve que admitir, a pesar de comprender que la impotencia y la frustración puede generar mucha violencia—. Ni delante de todo el mundo ni en privado, creo yo.&lt;br /&gt;—¿Por qué se puso así? ¿Qué le hice?&lt;br /&gt;—¿Aparte de meterme mano durante la cena?&lt;br /&gt;—Pero si no me vio...&lt;br /&gt;—¿Aparte de defender a Güendy como si te fuera la vida en ello?&lt;br /&gt;—Estaría bonito que también tuviera que pedirle permiso para escoger a mis amigas.&lt;br /&gt;—Pero es que ella piensa que Güendy y tú estáis liadas —me permití recordarle.&lt;br /&gt;—Ella piensa que estoy liada con media ciudad, Ana. De sobra sabe que entre Güendy y yo hace mucho que no hay nada —aseguró, como si la duda la ofendiera— Además, sea lo que sea, no tiene por qué ponerse así en público.&lt;br /&gt;En eso tuve que darle la razón. Los trapos sucios, siempre me lo ha dicho mi madre, se lavan en casa. Aparte de que eso de recurrir a la violencia verbal siempre me ha parecido de un gusto pésimo, y más en una ocasión como aquella, después de una cena tan estupenda. Claro que, pensándolo bien, y a la vista de los desequilibrios emocionales que me reportaba mi relación con ella, podía entender perfectamente que los niveles de frustración de Angus, después de tantísimos años de infidelidades y sinsabores, la empujaran a canalizar sus emociones de cualquier manera.&lt;br /&gt;—De todas formas, no hay mal que por bien no venga —declaró en tono de dar por finalizado el tema, antes de arrastrarme a la cama—, por lo menos conseguí que hiciera las maletas y se fuera. Esta vez se acabó. Me divorcio y punto.&lt;br /&gt;Una semana más tarde se fueron juntas a París.&lt;br /&gt;Yo me di a las voces, sola, en la intimidad de mi hogar. Luego llamé a Violeta que se presentó en mi casa en un abrir y cerrar de ojos.&lt;br /&gt;—Voy a ser dura, nena —me anunció, encendiendo un pitillo—, pero no me queda más remedio que abrirte los ojos.&lt;br /&gt;Lo dudo, pensé, a estas alturas debo tenerlos como un besugo.&lt;br /&gt;—Esa chica está jugando contigo de la forma más descarada que conozco.&lt;br /&gt;—Pero, &lt;em&gt;Váyolet&lt;/em&gt;, mujer —protesté, limpiándome las lágrimas con la manga—, si es que ya tenían hecha la reserva desde hace un montón y no le quedó más remedio.&lt;br /&gt;Aun a riesgo de ser intensa y parecer ridícula, que diría Violeta, he de insistir en la pérdida de identidad que sufro cuando me enamoro, mi absurda tendencia a justificar las actuaciones de mis correspondientes partenaires —por mucho que me perjudiquen— y, a mayor abundamiento, mi sempiterna costumbre de culpabilizarme de lo que ocurre en mis relaciones sentimentales, todo por no reconocer que me están tomando por el pito del sereno o, lo que es infinitamente peor, por no perder al objeto de mi deseo.&lt;br /&gt;—Por eso estás tú como estás y por hecho me has llamado hecha un mar de lágrimas.&lt;br /&gt;—Ella no quería ir... Si se habían divorciado...&lt;br /&gt;—¡Por Dios, Ana! —indignada— Sé un poco realista. Primero, nadie la obligó a hacer este viaje, podía haberlo anulado...&lt;br /&gt;—Es que se lo había prometido a Angus, como regalo de aniversario...&lt;br /&gt;—¿De qué aniversario? —infinitamente más indignada — ¿No acabas de decirme que se habían divorciado? ¿Qué coño tienen que celebrar?&lt;br /&gt;Comprendí que las razones de mi amiga tenían mucho peso, pero como ya he dicho que tiendo a disculpar, aún objeté:&lt;br /&gt;—Pero siguen siendo amigas, ten en cuenta que trabajan juntas y que si no se les haría muy cuesta arriba la convivencia laboral —yo, en mi línea, justificando lo injustificable.&lt;br /&gt;—Y la otra, ¡no te fastidia! —indignada, a más no poder—. Lo del divorcio fue una milonga como otra cualquiera. Ni se ha divorciado ni piensa divorciarte, es más, y perdóname, que ya se que estás hecha polvo, pero...&lt;br /&gt;Me puse en lo peor. Cuando Violeta pedía perdón por anticipado, me iba a caer una de las de no te menees.&lt;br /&gt;—... tu Clara te está utilizando para meterle morbos a su Angus. A esas dos les va la caña, Ana, no se te olvide. Y si no, repasa un poco vuestra trayectoria. Con todas esas broncas, en público y en privado, se meten una marcha que se vuelven locas. Estoy segura de que luego llegan a casa y echan unos polvos de escándalo.&lt;br /&gt;—No seas burra, &lt;em&gt;Váyolet&lt;/em&gt;, además, las dos veces vino a dormir conmigo.&lt;br /&gt;—Realista, Anita, soy realista. Por favor te lo pido, si en algo aprecias mi amistad, olvídate de esa mujer. Va a acabar contigo —sentenció, más tranquila, más seria— o a volverte loca, que no sé qué será peor.&lt;br /&gt;Doce horas de sueño, inducido por un comprimido de Orfidal, sosegaron mi ánimo, permitiéndome analizar la situación desde una perspectiva más imparcial. Violeta tenía razón, Clara jamás se divorciaría de Angus. Lo curioso del caso es que no me importaba; aunque lo de salir las tres juntas y ser colega de la mujer de mi amante se me hacía cada día más cuesta arriba.&lt;br /&gt;Y luego estaba la forma en la que Clara trataba a Angus en según qué circunstancias. Por mucho que todas mis íntimas me hicieran ver que ese no era mi problema, no podía menos que solidarizarme con mi presunta rival. ¡Me recordaba tanto a mí misma durante la última época de mi matrimonio!&lt;br /&gt;Después de consultarlo con la almohada volví a decidir, por tercera vez en los últimos dos meses, que lo mejor que podía hacer era sacar de mi vida y de mi corazón a aquella mujer que amenazaba con desestabilizar mi precario equilibrio emocional.&lt;br /&gt;Ya, me doy cuenta de que resulta contradictorio, pero como he reconocido que cuando me enamoro, ciego, no puedo permitirme el lujo de sorprenderme con mis propias incongruencias.&lt;br /&gt;Desde que Clara me comunicó, por teléfono, su inminente partida, sin darme otra opción que el pataleo, di en deprimirme. ¿Qué significaba aquel viaje? ¿Me dejaba? ¿Volvía con Angus?¿Se habían divorciado realmente? ¿Cómo podía irse con ella a París, después del último episodio?, y, sobre todo, ¿después de haberme jurado y perjurado que aquella era la ruptura definitiva?&lt;br /&gt;Mis estados depresivos admiten alguna que otra variante. En esta ocasión opté el mutismo, el encierro y las estancias prolongadas en la cama, consumiendo televisión a pasto. Al tercer día de encontrarme en semejante estado, Loli se tomó la libertad de intervenir.&lt;br /&gt;—Ocupa el tiempo —me recomendó al llevarme el desayuno y la prensa, a eso de la una de la tarde— Déjate de calentar la cama, que te van a salir ampollas en el culo.&lt;br /&gt;Como una madre. En esta y otras ocasiones, Loli se ocupó de mí como una auténtica madre.&lt;br /&gt;—¡Qué pena que no entiendas, Lolina, hija! —exclamé , enternecida por sus desvelos—Ibas a ser la esposa perfecta.&lt;br /&gt;—De eso nada, monada —respondió, con su habitual desparpajo—. Ahora que me he librado de ese imbécil, Dios lo tenga en su Gloria —añadió santiguándose&amp;shy;—, no pienso volver a cometer el mismo error.&lt;br /&gt;—Con lo bien que me cuidas...&lt;br /&gt;—Te cuido porque quiero y porque forma parte de mi trabajo —aseguró, acomodándose a los pies de la cama, cigarrillo en mano —, y yo, es lo que tengo, que soy muy profesional.&lt;br /&gt;La forma en que sostuvo el pitillo, el tono y el gesto de su rostro, me provocaron un ataque de risa que a punto estuvo de convertir mi boca en un surtidor.&lt;br /&gt;—Es verdad, Ana —continuó ella, aprovechando que yo me dedicaba a masticar con fruición la tostada—. Cuando me contrataste, me dejaste bien claro que no querías ocuparte de nada, que lo dejabas todo en mis manos. Eso es lo que he hecho. Hacerme cargo de ti, que buena falta te hace, y de tu casa. Y, además —añadió— me encanta hacerlo.&lt;br /&gt;—Y a mí que lo hagas —admití, transmitiendo a mis palabras el sincero agradecimiento que sentía—. Ya sabes que estoy pasando una temporada muy peculiar...&lt;br /&gt;Fue ella la que me interrumpió entonces.&lt;br /&gt;—No me digas nada, no hay más que verte. Desde que te enamoraste, no eres persona —sentenció, muy en su papel. Pero, voy a decirte una cosa y que no te parezca mal. Esto te pasa porque no te has fijado en la persona adecuada.&lt;br /&gt;Mi cara debió convertirse en una interrogación gigante enmarcada por un par de exclamaciones.&lt;br /&gt;—El amor que hace sufrir, no es amor —dogmatizó, retirando la bandeja y acercándome el cenicero —. Ya ves en qué acabó lo mío, que cuando lo vi en la caja, con aquella cara de no haber roto nunca un plato, le dije: ¡Anda y púdrete de una vez, cabrón!, ¡Dios me perdone, Ana, Dios me perdone! —volvió a santiguarse ostentosamente—, pero es que, me dio una vida que... Y, menos mal que tuvimos suerte, los dos, y se murió rápido, que igual podía haberse quedado en una silla de ruedas, más lelo de lo que ya era él, de por sí, y amargarme el resto de la vida, más de lo que me la amargó. Así que ahora —concluyó ufana—, que soy una mujer independiente, porque, mira, para qué voy a decirte otra cosa, los millones que me han dado por él, me han resuelto la vida, me he programado para no enamorarme. Salgo, me divierto, follo lo que puedo y, cuando veo que empiezan a coger confianza —chasqueó los dedos—... ¡fuera! Porque me conozco, Ana, me conozco. Como me enamore, me pasa lo mismo que a ti y no estoy dispuesta. Ya no. Con uno, basta.&lt;br /&gt;¡Cómo admiré su determinación! ¡Cómo la envidié! ¡Cómo deseé haber adquirido una mínima parte de su sabiduría!&lt;br /&gt;—Lo que no entiendo es cómo tú —recalcó muchísimo el tú—te dejas atrapar, siendo como eres. Si yo tuviera tu cultura y tu educación, que ya me ves, millonaria y todo, y sigo viniendo a tu casa a limpiar, que lo hago porque quiero, ¿eh?, que nadie me manda—iba a interrumpirla, para decirle que ella hacía mucho más por mí, que limpiar mi casa, pero no me permitió hablar, se llevó el índice a los labios y continuó—, que es verdad que no sé hacer otra cosa, pero ahora lo hago porque quiero, y porque tú eres mi amiga. Pero, si yo tuviera tu cultura y tu educación... a mí me iban a pillar. Anda —dejándome por imposible—, lee ese periódico, date una ducha y ponte las pilas. Ya volverá de París, y ojalá se quedara por allá, perdóname, pero como encontrar te encuentre así, convertida en un merengue, sí que te lo va a poner difícil. A todas nos gusta mucho que nos metan un poco de caña y, por lo que observo, a esta novia tuya, más.&lt;br /&gt;Comprendí cuán cargadas de razón estaban sus palabras. Lástima que la parálisis cerebral que padecía me impidiera poner en práctica sus sabios consejos. De todas formas tomé nota mental del asunto, prometiéndome a mí misma que, en cuanto fuera capaz de salir del marasmo en el que me encontraba, me ocuparía personalmente de la formación de Loli. Tenía razón, era mi amiga, y eso era lo menos que podía hacer por ella, abrirle otros horizontes, aunque siguiera limpiando en mi casa porque quería, también podía hacer otras cosas, por ella y por mí.&lt;br /&gt;—Si me hicieras caso, que no me lo vas a hacer, aplicarías una de mis teorías, que no sabes los buenos resultados que da.&lt;br /&gt;Encendió otro pitillo, al objeto de aumentar el suspense y desgranó su tesis.&lt;br /&gt;—Yo es que lo tengo comprobado. No sé si funcionará con las mujeres, pero, con los hombres, no falla. Como vayas detrás de ellos, corren que se las pelan para despistarte y que no los pilles, pero como seas tú la que va delante, a lo tuyo, sin preocuparte de si te siguen o no, se vuelven micos para que no te escapes.&lt;br /&gt;—¿Por qué no va a funcionar con nosotras?—le pregunté sorprendida por su aclaración.&lt;br /&gt;—Porque ellos son muy simples, Ana. Nosotras somos mucho más complicadas, más, más... —dudó al escoger el término.&lt;br /&gt;—¿Sibilinas?&lt;br /&gt;—¡Eso! Bueno —admitió, sin falso pudor—, no sé muy bien lo que significa esa palabra, pero creo que es exactamente lo que quería decir.&lt;br /&gt;He de admitir que la última teoría de mi Loli me pareció brillante y digna de ser tenida en cuenta. Es más, me sirvió como estímulo y acicate. ¿Qué conseguía dejándome vencer por la abulia, dedicando mi precioso tiempo a lamentarme? Nada. Ni siquiera leí el periódico, me levanté de un salto y me metí en la ducha, dispuesta a olvidar el papel de sufridora en casa, que había asumido desde mi última conversación telefónica con Clara.&lt;br /&gt;Sentada ante el ordenador, con el programador de tareas de mi &lt;em&gt;Outlook&lt;/em&gt;, organicé la semana minuto a minuto, para no darme la oportunidad de flaquear. Sin embargo, no voy a mentir, de poco me sirvió la febril actividad desplegada. No conseguía apartarla de mi pensamiento ni un solo momento del día y de la noche. Me despertaba pensando en ella, la evocaba trabajando, comiendo, jugando al golf o a las cartas. Me dormía con su imagen, soñaba con ella. La echaba tanto de menos que sólo quería que alguna de mis sufridas amistades me diera la oportunidad de sacar el tema, aunque fuera para vituperarla —en la acepción: reprobar duramente, la otra no se ajusta. ¿Cómo iba a confesar que, después de lo que consideraba una burda traición, siguiera suspirando por sus huesos, inasequible al desaliento? Buscando, por otra parte, la solidaridad de quien tenía a bien escuchar mis quejas, la ponía verde por haberme engañado; por haberse ido a París con Angus, cuando nosotras no habíamos podido compartir ni un miserable fin de semana; por haber alimentado mis ilusiones para luego pisotearlas como una colilla; por haberla dejado entrar en mi vida, conociendo como conocía su implicación en aquel matrimonio del que tanto renegaba; por haberme dejado seducir por sus innegables encantos; por haberla aceptado de nuevo en mi vida, después de su primer &lt;em&gt;Lo nuestro no puede ser&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;—Pero tú la quieres —me recordaba Raquel, por ejemplo—. La quieres a pesar de todo.&lt;br /&gt;¡Claro que la quería! Si luego, sola en la intimidad de mi hogar, lloraba desconsolada, añorando sus visitas a media noche, su risa, su piel, su contacto, su olor. Y me fustigaba duramente por no haber tenido valor para afrontar con ella la relación que yo suponía, esperaba de mí; por no haberle ofrecido mi tiempo y mi vida al completo, exigiéndole lo mismo; por no ser la mujer madura, fuerte y decidida que había visto en mí; por compadecerme de Angus, que estaba en París con ella, encantada de la vida, mientras yo gimoteaba por todas las esquinas como un alma en pena.&lt;br /&gt;Estuve en un tris de hacer puré mi propio cerebro, intentando encontrar una respuesta a su comportamiento; analizando, hasta la extenuación, cada palabra, cada gesto, cada mirada, para concluir en que la pobre hacía lo que podía con aquella novia que le había caído en suerte y de la que era incapaz de librarse.&lt;br /&gt;—Soy muy cobarde, Ana —me había reconocido en cierta ocasión—. Cometí el mayor error de mi vida permitiendo que trabajara conmigo en el despacho. Ahora tengo que pagarlo. No puedo despedirla, ¿qué iba a ser de ella?&lt;br /&gt;En un alarde de incoherencia sin parangón, me agarré a ésta y otras sentencias similares para pedirle al cielo que no hubiera dejado de quererme, que no me abandonara para siempre jamás. Con Angus o sin Angus; en trío o en cuarteto; en su casa o en la mía; a media mañana, a media tarde o a media noche, «Por favor, Dios mío, qué no me deje».&lt;br /&gt;Como era de cajón, el cielo me oyó. En cuanto pusieron los pies en suelo patrio, me llamaron para darme «una tontería que te hemos traído, de esas que tanta ilusión te hacen».&lt;br /&gt;El velo de dolor que cubría mi alma se diluyó por arte de magia dando paso a una fanfarria de trompetas, clarines y timbales, acompañada por varios castillos de fuegos artificiales. Peiné la melena, me bañé en mi perfume favorito, escogí un modelo adecuado a las circunstancias y me preparé mentalmente para una cita que anticipaba feliz.&lt;br /&gt;Encontré a Angus pletórica, triunfal, relajada y un poquito condescendiente, abusando de los plurales que tanto me ofendieran en otra épocas. A mí ¿qué? Las miradas encendidas de Clara, cargadas de complicidad, su mano buscando el contacto con la mía a la menor oportunidad, minimizaron los alardes de Angus. ¡Hasta obvié la profusión de arrumacos con los que solía subrayar su estatus!&lt;br /&gt;La que volvió a casa henchida por la emoción fui yo, estrechando entre mis brazos la torre Eiffel, en plástico dorado, que pasaría a ocupar el lugar de honor entre mi colección que, hasta aquel día, ostentara la góndola veneciana con sus cortinajes en terciopelo rojo y su luz incorporada.&lt;br /&gt;Me di una ducha rápida, por si las moscas, me puse mi pijama más provocativo y...¡bingo!&lt;br /&gt;—Pero ¡ya estás en pijama! —exclamó, dando visibles muestras de sorpresa e impaciencia—Pues, venga, vístete —imperativa—, que nos vamos a mi casa. He quedado en llamar a Angus en cuanto llegara.&lt;br /&gt;Cualquier otra, que no fuera yo, en el estado que ya he relatado hasta la saciedad, hubiera puesto, al menos, un pero. No la que suscribe. Agradecida y emocionada —«solamente puedo decir: gracias por venir» —, me vestí en un abrir y cerrar de ojos y la seguí.&lt;br /&gt;No me arrepentí. No sólo porque nuestro reencuentro sexual colmara las más exigentes expectativas, sino por la forma en la que disipó todas mis dudas, derribando las débiles barrera que me había empeñado en levantar.&lt;br /&gt;Mientras nos recuperábamos del primer asalto, resuelto con la brevedad de la urgencia, me explicó que mi error consistía en haber aventurado el auténtico significado del viaje; que lo tenían reservado desde hacía meses, en previsión de que Angus consiguiera la exclusiva de un importante cliente, como así había ocurrido; que, por otro lado, ambas se merecían una vacaciones y que, además, habían ido como amigas —«¿No estuviste tú en Valencia con Violeta?».&lt;br /&gt;—¿Por qué no confías en mí? —me preguntó pasando nuevamente a la acción— ¿Por qué te empeñas en pensar por mí?&lt;br /&gt;Eso. ¿Por qué tengo la maldita costumbre de adelantarme a los acontecimientos?&lt;br /&gt;Se sentó sobre mi vientre, dejando caer los brazos a lo largo del cuerpo.&lt;br /&gt;—Mírame, Ana, por favor, mírame. ¿Qué ves?&lt;br /&gt;Aparte de aquel cuerpazo que me volvía loca, ¿qué iba a ver?, el mismo brillo de siempre iluminando sus ojos, la pasión y el deseo que deseaba contemplar más que cualquier otra cosa en el mundo.&lt;br /&gt;—Me encanta sentirte... me encanta estar contigo... me encanta quererte —me susurró al oído—. No tienes ni idea de cuánto te he echado de menos, de cómo he deseado este momento.&lt;br /&gt;Como si necesitara avalar sus palabras con un gesto capaz de borrar cualquier rastro de desconfianza, me cerró los ojos, me besó intensamente y me pidió:&lt;br /&gt;—Por favor, no te muevas, déjame hacer.&lt;br /&gt;Deslizó su cuerpo sobre el mío. Perdí la noción de mí misma.&lt;br /&gt;Una eternidad después, ya más tranquila, Clara, se sentó en la cama y encendió un cigarrillo.&lt;br /&gt;—A ver, dime, ¿por qué crees que me la he llevado a Paris? —me preguntó cogiéndome la cara entre las manos para obligarme a mirarla—, ¿por qué me apetecía mucho? No, Ana no. Me la he llevado para arrancarle un acuerdo. Me he pasado la semana negociando —me reveló—. Conozco perfectamente a Angus y sé cómo tengo que hacer las cosas con ella para tenerla tranquila, para no hacerle demasiado daño. Son muchos años, Ana, demasiados. No puedo plantearle una ruptura violenta. Me da miedo su reacción. Necesito distanciarme poco a poco, para darle tiempo a organizar su vida, para que se de cuenta de que puede hacer muchas cosas sin mí. De momento —continuó, interrumpiéndose sólo para besarme—hemos quedado en darnos más libertad. Ella también está de acuerdo en que, desde que entró en el despacho, pasamos demasiado tiempo juntas y eso perjudica la convivencia y la relación. Además, no puedo terminar una historia y meterme en otra sin transición, aunque sólo sea por respeto hacia Angus. Hemos vivido demasiadas cosas como para no ofrecerle una salida digna. Por favor, ten un poco de paciencia. Déjame hacer las cosas a mi manera.&lt;br /&gt;¿Cómo resistirse ante argumentos tan contundentes? Cómo negarse a esperar, no unos meses, no, un año, si hiciera falta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Esperaré por ti y por tu bemeuve hasta los cincuenta, si hace falta»&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Viky, con su sempiterna expresión de no haber roto nunca un plato, su aspecto pulcro, su habitual sonrisa de circunstancias, me observó desde los pies de la cama con aires de suficiencia. Sus palabras resonaron en mi cabeza, al mismo tiempo que un viento huracanado —procedente de mi yo más profundo— las borraba, llevándose su imagen por las rendijas de la ventana. Mientras se esfumaba, convertida en un humo parduzco, aún pude oír los ecos de su risa estentórea. No, no era la suya, era la de Güendy.&lt;br /&gt;—¿Qué te pasa, mi amor? —preguntó Clara alarmada— Acabas de dar un bote...&lt;br /&gt;—Nada, nada —le respondí, estremecida—, un micro-sueño en forma de pesadilla.&lt;br /&gt;Volví a dormirme, esta vez profundamente, con su cuerpo envolviendo el mío y su respiración sobre la nuca.&lt;br /&gt;A partir de aquella noche vivimos la quincena fantástica de &lt;em&gt;El Corte Inglés&lt;/em&gt;, multiplicada por dos y elevada al cubo.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7385103199703731123-3651570726322664379?l=bemeuve.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://bemeuve.blogspot.com/feeds/3651570726322664379/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7385103199703731123&amp;postID=3651570726322664379&amp;isPopup=true' title='18 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7385103199703731123/posts/default/3651570726322664379'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7385103199703731123/posts/default/3651570726322664379'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://bemeuve.blogspot.com/2008/05/que-el-cielo-me-juzgue-y-ii.html' title='Que el cielo me juzgue (y II)'/><author><name>Mármara</name><uri>http://www.blogger.com/profile/09935680480272505070</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='26' src='http://2.bp.blogspot.com/_f0jLUVPJA0s/SYIEZwYuKHI/AAAAAAAABTw/mne8UtHQK7I/S220/10-06-08.2.jpg'/></author><thr:total>18</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7385103199703731123.post-7890766003537086721</id><published>2008-05-05T21:42:00.002+02:00</published><updated>2008-05-05T22:32:45.598+02:00</updated><title type='text'>Que el cielo me juzgue (I)</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:130%;"&gt;La primera señal de alarma debió de haber sonado en mi cerebro a mediados de verano. Ni me enteré. Como tampoco percibí las cincuenta y siete mil cuatrocientas treinta y cuatro que debieron sonar a continuación. Si es que sonaron, claro, porque, a la vista de los acontecimientos, no puedo dejar de preguntarme: ¿qué coño le pasa a mi cerebro cuando me enamoro? o, peor aún, ¿para qué sirve, un cerebro, si no es para avisarte de los peligros y ayudarte a poner pies en polvorosa? ¿Eh? ¿Para qué?&lt;br /&gt;Si yo he leído, precisamente  en el libro que Angus y Clara le regalaron a Güendy con motivo de su cumpleaños, que nuestro cerebro dispone de unas glándulas, las amígdalas cerebrales, que no las de la garganta, encargadas de preparar al cuerpo para reaccionar ante cualquier amenaza, luchando o escapando. ¿Dónde estaban esas glándulas cuando las necesité, eh, dónde estaban? Atrofiadas, maldita sea. Entre el atrofie de las glándulas, lo de los auto.exe de la moral judeo-cristiana, que se ejecutan sin previo aviso, y los pantallazos azules que me obligan a reiniciar en el peor momento,  con el consiguiente despilfarro de energía y pérdida de archivos, lo mío no es un cerebro, es un castigo. Afirmo.&lt;br /&gt;Resultó ser que, a principios de verano, va Clara y me dice que lo nuestro no puede continuar. Que sí, que vale, que admite que hemos tenido una aventura, pero que hasta aquí hemos llegado; que si su matrimonio, que si la pobre Angus, que si... Pues bueno, ¡vaya por Dios!, dije yo, sorprendida a la par que confusa. Fue bonito mientras duró, dijo ella. Qué pena, pensé yo, con lo muchísimo que me gusta esta chica, lo bien que nos lo montamos en la cama... En fin, qué le vamos a hacer, la vida es así, no le he inventado yo. Acepté su decisión sin discutir, entre otras cosas porque bastante me había empeñado en perpetuar mi relación con Bárbara y no estaba dispuesta a repetir historia, y porque, como ya iba conociéndola un poquito, intuía que con aquella ruptura lo único que pretendía era seguir colmando mis más íntimos anhelos. O lo que es lo mismo, impedir que decayera mi interés por ella.&lt;br /&gt;Por no decepcionarla, decidí poner mi granito de arena moviendo una ficha con la que ella no contaba: poner tierra de por medio, mucha tierra. Llamé a Violeta y le propuse que me acompañara a dar una vueltecita por Valencia. Una semana disfrutando del sol y las playas mediterráneas nos vendrían de perlas a ambas. A ella, para descansar después del último trabajo, que la había dejado exhausta, a mí, para espolear a Clara.&lt;br /&gt;Le encantó la idea y a mí, por supuesto, más. A pesar de que no entiende, siempre he tenido en Violeta la cómplice perfecta en mis maniobras de seducción. Irme con ella garantizaba el éxito del viaje.  Clara no compartió su entusiasmo con nosotras. No encajaba en sus planes que yo me alejara del ámbito de sus influencias  y, para más inri, me fuera a Valencia donde cabía la posibilidad de que conociera a alguien que le arrebatara el papel protagonista que jugaba en mi vida. Me había llamado para interesarse por mi estado de ánimo (una de sus disculpas  favoritas) y para pedirme que, por favor, por favor,  no dejáramos de vernos porque, claro, una inesperada desaparición mía podía hacer sospechar a Angus y no le apetecía nada tener que darle explicaciones, amén de que deseaba seguir contando con mi amistad, la cual tenía en gran aprecio y consideración. Estuve en un tris de colgarle el teléfono para evitar destrozar la alfombra con el vómito negro que se me sobrevino al escuchar sus argumentos. En vez de eso, y por no desgastar mis energías en una disquisición inútil, acepté su proposición y le comenté, como de pasada, mis planes. Se lo tomó a la tremenda. Mi estrategia daba sus frutos.&lt;br /&gt;La noche antes de mi partida recibí un mensaje en el móvil: “Voy a echarte muchísimo de menos, no sé por qué te vas tantos días”. Confieso que tuve que atarme las manos para  no caer en su inocente trampa, pero me mantuve firme. Ni le contesté.&lt;br /&gt;Violeta y yo salimos hacia Valencia un lunes por la mañana.&lt;br /&gt;Clara amenizó nuestro viaje con encendidos mensajes de amor y nostalgia que nos dieron, a Violeta y a mí, la oportunidad de diseccionar mi vida sentimental desde el principio de los tiempos. Fue un viaje entretenido, a la par que revelador.&lt;br /&gt;Pasamos la primera parte de la semana en un bonito bungaló a pie de playa dedicadas, en cuerpo y alma, al &lt;em&gt;dolce far niente&lt;/em&gt;. El jueves, como era menester, nos acicalamos convenientemente y nos dispusimos a tomar Valencia. Nos dieron las tantísimas dedicadas a una inspección general del terreno, con vistas a tenerlo todo controlado, cara al fin de semana, que prometía bastante.&lt;br /&gt;Nueve de la mañana.&lt;br /&gt;—¿A qué hora te acostaste ayer? —quiso saber Clara, a cientos de quilómetros de distancia.&lt;br /&gt;No podía dar crédito a mis oídos.&lt;br /&gt;—Clarita, por Dios, que estoy de vacaciones...—protesté.&lt;br /&gt;—Yo no. Ya estoy en el despacho, así que, venga, cuenta —imperiosa— ¿Qué hiciste ayer, ligaste?&lt;br /&gt;Vaya, vaya, así que era eso, la campeona de la fidelidad temiendo que le pagara con su misma moneda.  Bueno, pues parecerá una tontería, pero mi Clarita había dado en el clavo con su estratagema, hasta el punto de conseguir que me olvidara de la mía. Me encantó su preocupación. Me importó un bledo que interrumpiera mi sueño. Me fascinó su preocupación, me halagaron sus celos, me enterneció aquel:&lt;br /&gt;—Cuento los días, mi amor. No sabes cuánto te estoy echando de menos ni las ganas que tengo de que  vuelvas.&lt;br /&gt;—Yo también te echo de menos —le confesé, en un rapto de absurda y contraproducente sinceridad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(Aquí es donde digo yo que deberían haberme funcionado las dichosas amígdalas)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Viaje de vuelta, siete y media de la tarde.&lt;br /&gt;—¿A cuántos quilómetros estáis?&lt;br /&gt;—A veinte —respondí, perpleja por tantísimo control.&lt;br /&gt;—Perfecto —aseguró, más contenta que unas castañuelas —. Llegas, te das una ducha y nos esperas, que vamos a buscarte para ir a cenar.&lt;br /&gt;El plural, me repateó los higadillos. Después de lo que, tanto Violeta como yo, consideráramos pruebas inequívocas de los sentimientos de Clara hacia mí, me parecía lo más lógico que se desmarcara de Angus y nos dedicáramos una noche de loca pasión desenfrenada para celebrar nuestro reencuentro. Pues no.  Al parecer, la palabra lógica no estaba en el diccionario de Clara, ni en el mío, que le seguía el juego como si hubiera nacido antes de ayer.&lt;br /&gt;Cenamos, las tres, tomamos las copas de rigor en el &lt;em&gt;Frida&lt;/em&gt;, el &lt;em&gt;Batik-ano&lt;/em&gt; y el &lt;em&gt;Ártico&lt;/em&gt; y, a una hora prudente,  o sea, hacia las cinco de la mañana, cada una por su camino.&lt;br /&gt;En vano esperé a que se presentara en mi casa, como otras veces. En vano esperé un mensaje de justificación. Nada. No supe nada de ella durante todo el día siguiente, hasta que me llamó, a la una de la mañana, desde el &lt;em&gt;Cristian-dos&lt;/em&gt;, esta vez, sola. Otra más lista que yo la hubiera mandado a tomar vientos, como poco. ¿Qué es, que no había horas en el día? ¿Qué es, que no había tenido ni un minuto para advertirme de sus planes?  ¿Cómo se atrevía ni a imaginar que yo estaría  esperando a que me llamara para correr a su encuentro en medio de la noche? Otra más espabilada hasta hubiera desconectado los teléfonos, yo no. Interpreté su llamada intempestiva con el código que me interesaba: Que me llamara desde aquel antro sólo podía significar  que se había librado de Angus y que me tenía tantas ganas como yo a ella. A lo mejor, pensé,  no se había atrevido a lanzarse el mismo día de mi llegada, por miedo a que Angus sospechara. Al fin y al cabo, yo había estado de vacaciones y lo lógico es que, siguiendo el plan que había trazado Clara,  me recibieran las dos juntas.&lt;br /&gt;Escogí un modelo discreto a la par que favorecedor: vaqueros, camisa blanca, que hiciera resaltar mi bronceado,  deportivas haciendo juego con la camisa y chaqueta de ante azul oscuro. El espejo me devolvió una imagen perfecta. &lt;br /&gt;No recuerdo qué hablamos aquella noche porque estaba tan nerviosa, que sólo pensaba en llevarla a casa y resarcirnos de tantas semanas de abstinencia. Apuré un par que güisquis antes de atreverme a besarla y ¡me rechazó! En un primer momento no reaccioné. Luego, cuando logré procesar que pretendía remontarse a la situación que habíamos vivido antes de mi viaje, me levanté y me fui. Me siguió a la calle y tuvimos unas palabras, tensas. Se fue ella. La seguí. Cruzamos más palabras, igual de tensas. Me fui yo, esta vez, sin mirar atrás.&lt;br /&gt;Llegué a casa en tal estado de excitación, que tuve que llenar la bañera, añadirle &lt;em&gt;tropecientas&lt;/em&gt; gotas de bergamota,  encender el quemador con el mismo aceite esencial e ingerir un puñado de valerianas para no liarme a puñetazos con las paredes. Llevaba diez minutos en el agua cuando sonó el móvil.&lt;br /&gt;—¿Qué quieres? —le pregunté en un tono acorde con mi ánimo.&lt;br /&gt;—No sé por qué te fuiste —me contestó, compungida.&lt;br /&gt;—¿Cómo que no sabes por qué me fui? ¿Qué pasa, que te patina la neurona? Mira, Clara, estoy más que harta de tus tonterías, así que, por favor, déjame en paz.&lt;br /&gt;Colgué presa de una indignación sin límites, dispuesta a no consentirle que siguiera con aquel juego absurdo. Me daba igual lo que Angus sospechara o dejara de sospechar, no pensaba volver a verlas. Que le explicara lo que le diera la gana, o, sino, ya se lo explicaría yo, porque, desde luego, a mí, ya me había visto el pelo.&lt;br /&gt;Volvió a sonar el teléfono que, por supuesto, no tuve a bien desconectar por si se le ocurría volver a llamar.&lt;br /&gt;—Por favor, Ana, no me cuelgues, por favor —su voz sonaba llorosa, como si, de verdad, le hubiera afectado lo ocurrido—. Lo siento, lo siento muchísimo.&lt;br /&gt;¡Ja! Si se creía que iba a ablandarme, lo tenía crudo. Escuché sus argumentos desde la más absoluta de las frialdades, mientras jugaba con mi patito de goma. Argumenté lo mío. Volvió a disculparse. Volví a argumentar hasta que:&lt;br /&gt;—Hola, mi amor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(¿Qué les pasó a mis amígdalas? ¿Por qué no me advirtieron del serio peligro que, sin duda, me amenazaba?)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El patito no se hundió, porque es de goma. Yo tampoco, por falta de espacio. No sé si fue el tono, o aquel mi amor que tanto había deseado escuchar, lo que diluyó de un plumazo mi mal humor y mis firmes determinaciones.&lt;br /&gt;—No sabes cuánto te he echado de menos —continuó—. He pensado en ti cada minuto del día. Tenía tantas ganas de verte que me daba miedo encontrarme contigo. Temía que te hubieras cansado de mí, de mis contradicciones, de mis inseguridades...&lt;br /&gt;Etcétera, etcétera, etcétera. Se enfrió el agua. Salí de la bañera, me puse el pijama, preparé una taza de cacao, me lo tomé, fumé media cajetilla, me acosté, apagué la luz y nos despedimos, dos horas y media después, yo, flotando muy cerca de las Pléyades, por ejemplo.&lt;br /&gt;Desperté con los pies en la Tierra. Vale que las amantes no tengamos derecho al pataleo. Vale que las amantes debamos conformarnos con las migajas, pero de ahí a que pretendiera volverme tarumba con sus idas y venidas había un trecho, amplio. Demasiada complicación, demasiadas contradicciones.  No podía seguir engañándome con mis estrategias de adolescente, era ella quien decidía. Ella  iba y venía y yo, mientras tanto, pugnaba por mantener el equilibrio entre tanto vaivén, poniendo en serio peligro mi precaria estabilidad emocional. No sólo vivía pendiente de sus caprichos, de sus &lt;em&gt;ahora sí, ahora no&lt;/em&gt;, estaba perdiendo el control sobre mi vida. Me estaba desquiciando.&lt;br /&gt;Sopesé cuidadosamente los pros  y los contras de nuestra relación y decidí que no quería continuar con aquello. Si ella no tenía claro lo que quería, yo sí. No pretendía casarme, desde luego. Tampoco me importaba ejercer de amante ya que, en realidad, ese papel se ajustaba más a mis necesidades que el de esposa abnegada, pero a lo que no estaba dispuesta era a continuar con aquellos sí pero no, y mucho menos con los «Lo nuestro no puede ser» y el «Hola, mi amor», a renglón seguido.&lt;br /&gt;Trabajé todo el día a un ritmo desenfrenado. Tomada la determinación, me negué a seguir dándole vueltas como una obsesa.&lt;br /&gt;A eso de las nueve, con el teclado echando humo y la espalda como una tabla de planchar, fui a ver a Carmen, que me había llamado a media tarde, interesándose por la marcha de los acontecimientos, y la puse en antecedentes de lo ocurrido aquella noche.&lt;br /&gt;—No sabe lo que quiere, Ana —me aseguró—. Durante el tiempo que estuviste fuera, vino un montón de veces sin Angus, y yo creo que lo hacía para poder hablar conmigo de ti.&lt;br /&gt;—Ella, no, pero yo, sí —afirmé absolutamente convencida.&lt;br /&gt;—Pues, chica, actúa en consecuencia —me aconsejó mi amiga&amp;shy;—, porque como te dejes comer el hato, te va a traer por la calle de la amargura.&lt;br /&gt;—Ya me está trayendo —puntualicé—, porque lo de esta noche no sabes cómo ha sido. Si no quiere tener nada conmigo, ¿para qué me llama? Cuando yo me muestro dispuesta a acceder a sus pretensiones, me rechaza. Y cuando la rechazo yo...&lt;br /&gt;—Aún a riesgo de que me llames pesada —dijo muy seria—, he de insistir: no sabe lo que quiere. O está jugando, que no sé qué será peor.&lt;br /&gt;—Pues conmigo no —insistí—, que ya tengo muchos años como para que una niñata  consentida y caprichosa pretenda hacerme bailar al son que ella toca.&lt;br /&gt;—¿Prefieres que te ate al mástil, como a Ulises? —sugirió,  sarcástica— Porque me late que va a ser la única forma de evitar que te lances de cabeza.&lt;br /&gt;Reí la ocurrencia imaginándome en el papel del héroe griego mientras Clara, lira incluida, entonaba su canto seductor sobre la arena de una playa griega.&lt;br /&gt;—No creo que sea necesario. En cuanto tenga la menor oportunidad, le pongo las cosas en su sitio. Que no, Carmen, que no, que como no ponga coto a estos desmanes, me va a volver loca y no estoy dispuesta.&lt;br /&gt;¡Cuánto mejor está una callada! No habían pasado ni diez minutos cuando sonó el móvil y volví a quedar con Clara en el Cristian-dos, firmemente decidida, eso sí, a zanjar, de una vez por todas, la situación. Aunque, si he de ser sincera, he de reconocer que si en mi fuero interno hubiera estado convencida de lo que había pregonado, no hubiera acudido a su llamada. Un «Hoy no me apetece, ya nos veremos », hubiera sido más que suficiente para dar por zanjada la cuestión. Pero no. Allá fui, como una corderina, una vez más, haciendo gala de la incoherencia que tanto le reprochaba.&lt;br /&gt;La cara de haba con la que me obsequió hizo tambalear mis exiguas defensas. De todas formas, y como, en el fondo,  deseaba más que nada tenerla de nuevo entre mis brazos —por mucho que intentara convencerme de lo contrario—, me mantuve a la expectativa. En aquella ocasión fue ella la que me besó a la vez que decía:&lt;br /&gt;—Vamos, ya hemos perdido demasiado tiempo.&lt;br /&gt;Me sacó del bar y me llevó a su casa, sin que de mis labios saliera la mínima objeción. Cuando Angus llamó al día siguiente, domingo, para invitarla a comer, no habíamos pegado ojo.&lt;br /&gt;Hasta luego, lucidez. Adiós, firmes determinaciones. Buenos días, locura.&lt;br /&gt;Ahora bien, pasé uno de los veranos más entretenidos de toda mi vida. Clara no permitió que me aburriera ni un minuto.&lt;br /&gt;A principios de agosto me trasladé, fiel a mi costumbre, a la casa veraneo de mis padres dispuesta a disfrutar de la vida familiar, los atardeceres en la playa, las botellinas de sidra antes de cenar, las partidas de canasta en las tardes de lluvia, en fin, lo que se dice un veraneo de los de toda la vida.&lt;br /&gt;Clara me visitaba, prácticamente cada noche, después de cumplir con su Angus. Nos tomábamos un par de copas en cualquier bar, alimentando el deseo hasta que nos resultaba imposible contenerlo. Entonces, cogíamos el coche y nos perdíamos por cualquier rincón de la costa a dar rienda suelta a la pasión desenfrenada que nos arrebataba en cuanto nos mirábamos.&lt;br /&gt;Me olvidé de mis reticencias, de mis temores, de los remordimientos de conciencia que, en un principio me había planteado su matrimonio. Disfruté con ella como hacía tiempo que no lo hacía con nadie. Incluso llegué a convencerme de que no había fuerza humana capaz de destruir nuestro amor. Hasta que,  a mediados de septiembre, a Marta se le ocurrió invitarlas a su fiesta de cumpleaños.&lt;br /&gt;Desde el principio, Clara, mostró su deseo de retirarse pronto.&lt;br /&gt;—No por mí —puntualizó—, por Angus, que mañana tiene un tema muy delicado en el juzgado y le conviene llegar descansada.&lt;br /&gt;Mirada de complicidad de Marta. Mosqueo de Angus que, seguramente sospechaba de las verdaderas intenciones de su novia.&lt;br /&gt;—Prometiste acompañarme —le recordó—. Además, lo tengo todo controlado y no me importa trasnochar un poco.&lt;br /&gt;—A ti no, pero a mí sí —se apresuró a matizar Clara, visiblemente contrariada—. Es el prestigio de mi despacho el que está en juego —recalcó mucho el mí y el despacho—, por mucho que el caso lo lleves tú.&lt;br /&gt;Como la había visto hacer tantas veces —a pesar de que todos los presentes, incluso Angus, pudimos darnos cuenta de quien iba a perder la batalla —, la legítima de mi amante se mantuvo impertérrita. Se dedicó a departir amigablemente con mis amistades, mientras Clara daba buena cuenta de los tres cuartos de una botella de Johnnie Walker, twelve years old, en un tiempo récord. Si no podía volver a pasar la noche conmigo, utilizaría su nivel etílico para no tener que pasarla con Angus y, muchísimo menos, acompañarla al juzgado al día siguiente. Esos fueron mis cálculos, y los de Marta, y los de Pelayo. El resto de los invitados asistió al espectáculo desde la privilegiada posición de observadores.&lt;br /&gt;Antes de que atacara la segunda botella de güisqui, Angus decidió llevársela a casa a dormir la mona. Aún no habían dado las doce.&lt;br /&gt;—Esta mujer tuya es mucho —me comentó Marta en cuanto se fueron—. ¿Crees que llegarán bien?&lt;br /&gt;A pesar del melocotón gigante que se había empecinado en adquirir, Clara se había negado a que Angus condujera su coche.&lt;br /&gt;—Supongo —respondí, sin tenerlas todas conmigo —, pero casi prefiero no pensarlo.&lt;br /&gt;—¿Siempre se porta así? —quiso saber Marta, bastante impresionada por el numerito de Clara.&lt;br /&gt;—Siempre —afirmé, recordando un par de episodios que me había tocado presenciar—. Nada mejor que una buena bronca para librarse de ella. O, en su defecto, lo que la has visto hacer hoy. Bebe sin medida y cuando está tan borracha que resulta imposible razonar con ella, Angus se da por vencida y termina dejándola por imposible.&lt;br /&gt;—O sea, que esto no es nuevo…&lt;br /&gt;—¿Nuevo? Llevamos así todo el verano y parte de la primavera.&lt;br /&gt;—Tú es que tienes un humor...&lt;br /&gt;—La cosa no va conmigo —aclaré—. De momento es de Angus de quien quiere librarse, no de mí. Cuando me toque el turno, ya veré lo que hago.&lt;br /&gt;—Y si las cosas están así entre ellas, ¿por qué no se paran?&lt;br /&gt;No pude responderle. No tenía respuesta. Ni siquiera me lo había planteado.&lt;br /&gt;Una hora después abandoné la casa de Marta y Pelayo para refugiarme en la mía. El día anterior había llegado mi hermano Jaime, su mujer y sus hijas y, ya que me había quedado sin noche de pasión, por lo menos disfrutaría de mis sobrinas, a las que veía muy pocas veces al año.&lt;br /&gt;Me acosté con el móvil pegado a la oreja. No me había dado tiempo a conciliar el sueño cuando:&lt;br /&gt;—¿Estás en la cama? —preguntó la voz de Marta cargada de misterio.&lt;br /&gt;—Sí —respondí, muy extrañada por su llamada.&lt;br /&gt;—Pues levántate y ven para acá, tienes a tu Clara esperando por ti como agua de mayo.&lt;br /&gt;—¿Qué dices? Pero si no hace ni una hora que se fue...&lt;br /&gt;—Pues ya está aquí otra vez.&lt;br /&gt;—¿Ahí?&lt;br /&gt;&amp;shy;—Según ella no quería perderse el fin de fiesta...&lt;br /&gt;Me vestí a la velocidad del rayo y corrí, literal, hacia casa de Marta. Clara me esperaba con un vaso de güisqui en la mano y la más malévola de las sonrisas en su rostro.&lt;br /&gt;—¡Joder, qué trabajo me ha costado librarme de ella! —exclamó, ufana y fastidiada.&lt;br /&gt;Tuve el tiempo justo de quitarle el vaso de la mano antes de que me arrastrara al sofá, presa de un ataque pasional de proporciones descomunales, para regocijo de los pocos invitados que aún quedaban. En cuanto pude zafarme de su abrazo, pregunté:&lt;br /&gt;—Y Angus, ¿dónde la has dejado?&lt;br /&gt;—En casa —respondió como si la duda la ofendiera—. La llevé hasta la puerta, me dio cuatro gritos y volví.&lt;br /&gt;—¿Quieres decir que has ido y venido en este tiempo? —intervino Pelayo, alucinado.&lt;br /&gt;Asintió, imprimiendo a su cara un gesto de picardía infantil.&lt;br /&gt;—Doscientos cuarenta a la ida, doscientos cuarenta a la vuelta —contestó, guiñándole un ojo a mi amigo.&lt;br /&gt;—¡Podías haberte matado! —exclamé, sin encontrarle la gracia al asunto.&lt;br /&gt;—Sí, pude —aceptó—, pero no me he matado y estoy aquí. Si esa zorra hubiera querido irse cuando se lo dije, no me hubiera hecho perder toda la noche. Así que, perdonadnos, nos vamos a la cama.&lt;br /&gt;La habitación de invitados de Marta y Pelayo tiene una magnífica cama de uno cinco, en la que Clara se desmayó literalmente, nada más poner la cabeza sobre la almohada. Yo no pude hacerlo tan rápido. No conseguía dejar de darle vueltas a lo ocurrido, inmersa en un mar se sentimientos contradictorios. Me parecía tremendo lo que Clara le había hecho a Angus, y Angus a ella; sólo imaginar la velocidad a la que había realizado ambos trayectos me revolvía el estómago de puro vértigo. Verla dormida a mi lado, con expresión beatífica, sentir su piel pegada a la mía y la forma en la que me abrazaba, como si pretendiera, aún dormida, aferrarse a mí, me alejó, sin remisión, de la cordura.&lt;br /&gt;Me despertó poco después con su boca entre mis piernas. Un par de horas de sueño le bastaban para recuperarse de cualquier eventualidad.&lt;br /&gt;El sonido de mi móvil nos devolvió a la realidad hacia las dos de la tarde. Era Angus.&lt;br /&gt;—Ana, por favor, necesito verte.&lt;br /&gt;—¿Qué pasa? —le pregunté alarmada por su tono de voz.&lt;br /&gt;—Es Clara —me informó desconsolada—. No ha pasado por el despacho, no está en su casa y tiene el móvil desconectado. Creo que está otra vez con Güendy.&lt;br /&gt;¡Santo Cristo de la Agonía!, que diría mi abuela, ¿con Güendy?  Clara se llevó el índice a los labios pidiéndome, innecesariamente, que guardara silencio, mientras su mano se perdía entre mis muslos. Angus, presa de la desesperación balbuceaba no sé qué sobre la noche anterior. Yo, sumida en un ataque de nervios y culpabilidad, luchaba por impedir que mi voz trasluciera la excitación que me invadía por momentos. Aún no me explico como pude mantener una conversación medianamente coherente con Angus ni cómo logré articular:&lt;br /&gt;—No te ataques, Angus, seguro que no es lo que piensas —maldije mi cinismo—. Ten en cuenta que ayer la cogió monumental, quizás haya desconectado el teléfono y no te oiga.&lt;br /&gt;—No tiene el coche en el garaje.&lt;br /&gt;¿Había algo que aquella mujer no tuviera controlado?&lt;br /&gt;—Es igual, a lo mejor, después de dejarte a ti se fue a tomar unas copas,  lo aparcó en cualquier sitio y volvió andando a casa —seguí mintiendo, para intentar tranquilizarla.&lt;br /&gt;—Que no, Ana, que no, que está con Güendy —aseguró, absolutamente convencida.&lt;br /&gt;¡Qué momento para confesarle que no estaba con Güendy, si no conmigo, y acabar, de una vez por todas con aquella farsa!&lt;br /&gt;—¿Cómo va a estar con Güendy, Angus, por Dios?&lt;br /&gt;—Tú no la conoces, no sabes de lo que es capaz.&lt;br /&gt;—¿A cuál de las dos no conozco?&lt;br /&gt;¿Con Güendy? ¿Qué pintaba Güendy en esta historia? ¿Qué le hacía sospechar a Angus que Clara estuviera con Güendy? Intenté procesar, sin éxito, el dato, más preocupada por evitar que los efectos de la boca de Clara sobre mi cuerpo se traslucieran en mi voz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(De nuevo, mis amígdalas jugándome una mala pasada)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Mira —le dije usando mi tono más tranquilizador—, todavía estoy en la cama. Si dentro de una hora no sabes nada de ella, voy a Oviedo y te ayudo a buscarla.&lt;br /&gt;—Gracias, Ana.&lt;br /&gt;No tuve tiempo a flagelarme por  mi maldad, Clara, que conocía perfectamente todos mis resortes, pulsó el adecuado y consiguió que me olvidara de la existencia de Angus, y hasta de la de Güendy.&lt;br /&gt;Mientras nos vestíamos, intenté convencerla de que acabara con la incertidumbre de su señora.&lt;br /&gt;—No me apetece. Estoy cansada de su control, de sus paranoias, de sus dramas.&lt;br /&gt;—De acuerdo, si prefieres continuar con esta farsa, es cosa tuya, pero, por favor, llámala y tranquilízala.&lt;br /&gt;—Ya veré lo que hago.&lt;br /&gt;Media hora después recibí otra llamada de Angus.&lt;br /&gt;—Acaba de llamarme —dijo.&lt;br /&gt;¡Vaya! Después de todo se había dignado a tener en cuenta mi recomendación.&lt;br /&gt;—Estaba en casa. Me ha dicho que desconectó los teléfonos para que nadie la molestara, se encerró en la habitación y durmió a pierna suelta hasta las cuatro  de la tarde.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:130%;"&gt;No me quedó por más que continuar con la pantomima, no sin maldecirme, una y mil veces, por  zorra y por mentirosa.&lt;br /&gt;—Lo ves. No sé por qué  te empeñas en anticiparte  a los acontecimientos.&lt;br /&gt;—No me ha dejado ir a verla. No quiere hablar conmigo —manifestó, al borde de las lágrimas—. Me ha dicho que lo de ayer no me lo perdona. Ya no sé qué voy a hacer con ella, Ana. Cada día me lo pone más difícil. Hace dos años que no tengo un momento de tranquilidad.&lt;br /&gt;Escuché sus lamentos sintiéndome como un vil y despreciable parásito. ¿Cuál era mi papel en aquella historia? ¿Por qué había accedido a escuchar a Angus? Yo era la amante de su mujer y, sin embargo, allí estaba, dispuesta, no sólo a oír lo que hiciera falta, sino a aconsejarla como si no fuera nada conmigo. Tanta bondad me hizo sospechar de mis propias motivaciones. ¿Me estaría ocurriendo lo mismo que con Rebeca? ¿Tan culpable  me sentía que necesitaba descargar mi conciencia ofreciendo apoyo moral a mi rival? O, peor, ¿estaba utilizando a Angus para conocer todos los entresijos de su historia matrimonial y utilizarlos, luego, a mi favor?&lt;br /&gt;—Porque no creas que lo de Güendy y Viky es lo primero —continuó—. Antes de esas dos, que yo sepa, hubo otras cuatro.&lt;br /&gt;—Si no es mala pregunta —me atreví a aventurar—, ¿por qué sigues con ella?&lt;br /&gt;—Porque la quiero con locura, Ana, no puedo vivir sin ella.&lt;br /&gt;Jarro de agua fría, muy fría, helada. No era ésa la idea que yo tenía. No se acercaba, ni remotamente, a lo que Clara me transmitía.&lt;br /&gt;—Eso no se te ocurra decirlo ni de broma  —le advertí, ya en mi papel de terapeuta aséptica—. El lenguaje es muy importante, Angus, lo hemos comentado más veces. Nadie es imprescindible en la vida de nadie. Tú eres una tía muy joven, con toda la vida por delante. Si no eres feliz con ella, déjala.&lt;br /&gt;—Ya lo he intentado, pero no puedo.&lt;br /&gt;Sabía perfectamente a qué se refería, me había pasado lo mismo con Bárbara decenas de veces. &lt;br /&gt;—Quizás éste no sea un buen momento para plantearse algo tan drástico. Por lo poco que te conozco y lo que he podido ver en estos meses, mantenéis una relación de excesiva dependencia, mutua —puntualicé, para no herir su susceptibilidad—, aunque no sé por qué me da que tú te lo tomas más a pecho.&lt;br /&gt;—Sólo vivo para ella —admitió sin ambages.&lt;br /&gt;¡Ay, Dios!&lt;br /&gt;—Pues eso no está bien, por ti, sobre todo.&lt;br /&gt;Para evitar que se sintiera aún peor, cargué las tintas en el relato de mi relación con Bárbara, en lo terrible que había sido para mí admitir el final de mi matrimonio, en el lamentable estado en el que me había encontrado, precisamente porque sólo vivía para ella. Hablé, hablé y hablé  mientras intentaba, con todas mis fuerzas no solidarizarme con ella. Hablé y hablé como si, al otro lado del teléfono, estuviera alguien que no tuviera nada que ver conmigo. Hablé, para evitar sentirme como una alimaña.&lt;br /&gt;Cuando por fin pude colgar el teléfono me sentí más exhausta y más rastrera de lo que me había sentido en toda mi vida.&lt;br /&gt;Volví a casa de mis padres, dispuesta a aislarme del mundo. Del mundo, que no de mi cerebro que disparó todas las señales de alarma. En el panel de control, las luces rojas parpadeaban enloquecidas, mientras el altavoz repetía una y otra vez, «Güendy, Güendy, Güendy... »&lt;br /&gt;           &lt;br /&gt;            (Me veo en la obligación de insistir, aun a riesgo de resultar pesada: ¿qué les pasó a mis amígdalas? O, mejor, ¿disponía mi cerebro de las susodichas glándulas?)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;                       &lt;br /&gt;Al día siguiente, haciendo caso omiso de las súplicas de Clara, me negué a verla, argumentando inexcusables obligaciones familiares.&lt;br /&gt;En un arranque de generosidad sin precedentes, me había ofrecido a hacerme cargo de mis sobrinas, dos gemelas de seis años a las que adoraba, para que mi hermano y mi cuñada pudieran celebrar su décimo aniversario de boda en un balneario y las niñas aprovecharan los últimos días de playa, en vez de llevárselas a sus abuelos maternos, porque los paternos realizaban su acostumbrado viaje de final de verano y no podían ocuparse de ellas.&lt;br /&gt;—No sabes cómo te lo agradezco —mi hermano no cabía en sí de gozo—. Ya no me acuerdo de la última vez que tuvimos un día entero para nosotros, y a Cecilia le hacía tanta ilusión...&lt;br /&gt;—Y a ti, tonto —maticé, encantada con mi ocurrencia—. Venga, iros tranquilos y ni se os ocurra ni llamar por teléfono. Si tengo alguna duda, ya os llamo yo.&lt;br /&gt;Así contado parece que soy más buena de lo que soy en realidad. Pues no. No suelo dar puntada sin hilo. Es cierto que me encantó ofrecerle ese regalo de aniversario a mi hermano, pero por otro lado pensé que, mientras me ocupaba de mis sobrinas, no tendría tiempo para pensar en los últimos acontecimientos vividos con Clara, hasta que pudiera observarlos desde cierta perspectiva. No me equivoqué. Al terminar la primera jornada, después de haberme peleado con el desayuno, comida, merienda y cena, la playa, los cambios continuos de bañadores —«Que no se queden con ellos mojados, Anita, que luego cogen frío y se ponen fatal de la barriga», me indicó mi cuñada—, el despliegue de &lt;em&gt;barbís&lt;/em&gt;, con todos sus accesorios, y haber visto, en sesión continua, &lt;em&gt;La Bella y la Bestia&lt;/em&gt;,  &lt;em&gt;La Sirenita&lt;/em&gt; y &lt;em&gt;El Rey León&lt;/em&gt;, nos dormimos, las tres, en el sofá.&lt;br /&gt;Clara, por su parte, tampoco dio señales de vida, pero no tuve tiempo ni ocasión de preguntarme el porqué.&lt;br /&gt;Cuatro días después, sola en la paz de mi hogar costero —convertido, por obra y gracia de los dos angelitos, en una leonera—, recibí una nueva llamada de Angus pidiéndome  que hablara con Clara como lo había hecho con ella. Según me contó, llevaban toda la tarde discutiendo sobre su matrimonio y no se ponían de acuerdo. Angus confiaba en mi buen hacer, para convencer a su novia de la necesidad de establecer nuevas normas en su relación.&lt;br /&gt;—Vosotras os entendéis muy bien, y yo ya estoy agotada de darle vueltas —me dijo—. Por favor, échale un cable.&lt;br /&gt;Acepté. Mis firmes decisiones de poner fin a la complicada historia que manteníamos, caducaban en cuanto estaba más de dos días sin verla. Pero, eso sí, me sentí como un gusano y así se lo hice saber a Clara en cuanto la tuve delante.&lt;br /&gt;—Ya no sabía qué hacer para librarme de ella —me confesó con un inmenso gesto de fastidio—. Fui yo quien  la convencí para que me mandara a hablar contigo, con el pretexto de que necesitamos comentar nuestros problemas  con otras personas.&lt;br /&gt;—Lo tuyo no es normal —afirmé sin poder salir de mi asombro.&lt;br /&gt;—¿Por? —me preguntó, como si yo estuviera al cabo de la calle de sus manejos— Desde lo del otro día no se separa de mí ni un momento. ¿Por qué crees que no he podido venir a verte? ¿Por qué crees que no he podido mandarte ni un mensaje? ¿Por qué crees que no he podido ni llamarte? Porque se ha empeñado en instalarse en mi casa y no me deja ni a sol ni a sombra.&lt;br /&gt;—Y tú disgustada, claro —comenté, con bastante retintín.&lt;br /&gt;—Como para impedírselo, después de la que me montó —arguyó, dramatizando todo lo que pudo—. Tú no la conoces, no sabes cómo se pone.&lt;br /&gt;Sí, lo sabía, sí. Me conocía la historia de memoria. Cada vez que surgía, y ya había surgido varias veces, el tema de sus diferencias, Clara culpabilizaba a su novia del infierno que llevaba viviendo los dos últimos años.&lt;br /&gt;—Pero no me apetece nada hablar de ella —énfasis en el nada—. Vamos a cenar que tengo un hambre atroz.&lt;br /&gt;La posibilidad de disfrutar de una noche para nosotras solas me hizo olvidar mis remordimientos.&lt;br /&gt;—¿Ya has decidido cuándo vas a volver a tu casa? —quiso saber durante la cena—. La verdad es que me siento como correcaminos, de tanto ir y venir.&lt;br /&gt;—¿Para qué quieres que vuelva, si tienes a Angus instalada en la tuya? —pregunté, pelín incisiva.&lt;br /&gt;—¡Ah, no! Esto es provisional —afirmó rotunda—, en cuanto vuelvan sus padres de vacaciones, le doy el pasaporte. ¿No pensarás que voy a vivir con ella definitivamente?&lt;br /&gt;—Pues chica —respondí, procurando que mi indignación no se trasluciera en mi tono de voz—, ¿qué quieres que te diga?, tal y como están las cosas no me extrañaría nada. De todas formas, no es cosa mía.&lt;br /&gt;¡Dios mío, lo cínica que se puede llegar, a veces!&lt;br /&gt;—Claro que —añadí, rogando a Dios que no notara mi ansiedad—, si lo decides, habrás decidido acabar con lo nuestro.&lt;br /&gt;Me miró con esa cara de arrobo que tiene la virtud de derribar todas mis defensas y dijo:&lt;br /&gt;—¿Serías capaz de no volver a verme?&lt;br /&gt;—No te quepa la menor duda —le aseguré, temblando ante la sola posibilidad de que eso ocurriera.&lt;br /&gt;—No voy a dejarte nunca, mi amor —me aseguró melosa—. De sobra sabes que si sigo con ella es porque ya no sé cómo decírselo ni qué hacer para que entienda que lo nuestro se acabó hace mucho tiempo.&lt;br /&gt;&amp;shy;—¿Estás segura, Clara? ¿Estás completamente segura?&lt;br /&gt;—Lo estoy, Ana, lo estoy. Sé que no me crees, pero si me das tiempo te lo demostraré. Y, ahora, ¿podemos irnos ya a tu casa? No sabes cómo te deseo.&lt;br /&gt;Como dice mi abuela, Dios castiga sin palo ni piedra. Aquella noche y en cientos de ocasiones más, he podido comprobar cuánta verdad encierra esa máxima. No nos había dado tiempo a pagar la cuenta cuando sonó el móvil de Clara. La dejé sola para que pudiera hablar con libertad, maldiciéndola al mismo tiempo por no haberlo desconectado. Volvió a sonar mientras íbamos de camino a casa. Y otra vez. Y otra. Hasta que Clara, prescindiendo del deseo acuciante que sentía por mí, y obviando las palabras pronunciadas momentos antes con tanta seguridad, optó por irse, en vez de apagar el aparato, que hubiera sido lo suyo, si tan harta estaba de los lamentos, recriminaciones y todo el largo etcétera que me transmitía constantemente.&lt;br /&gt;Chafada y cabreada como una mona, volví a jurarme a mí misma que aquello no podía continuar. O dejaba a Angus, o me dejaba a mí.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7385103199703731123-7890766003537086721?l=bemeuve.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://bemeuve.blogspot.com/feeds/7890766003537086721/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7385103199703731123&amp;postID=7890766003537086721&amp;isPopup=true' title='22 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7385103199703731123/posts/default/7890766003537086721'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7385103199703731123/posts/default/7890766003537086721'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://bemeuve.blogspot.com/2008/05/que-el-cielo-me-juzgue-i.html' title='Que el cielo me juzgue (I)'/><author><name>Mármara</name><uri>http://www.blogger.com/profile/09935680480272505070</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='26' src='http://2.bp.blogspot.com/_f0jLUVPJA0s/SYIEZwYuKHI/AAAAAAAABTw/mne8UtHQK7I/S220/10-06-08.2.jpg'/></author><thr:total>22</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7385103199703731123.post-8649964744788726185</id><published>2008-04-29T10:27:00.006+02:00</published><updated>2008-04-29T10:53:07.010+02:00</updated><title type='text'>Encuentros en la novena fase (y II)</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:130%;"&gt;¿Quién, si no Güendy, para sacarme de mis errores y mostrarme el auténtico sentido de la vida, y el porvenir? A mí, que siempre fui, a sus ojos, la pringada mayor del reino, quizás porque nunca mostré la menor intención de vengarme de ella, a pesar de que se hubiera portado conmigo como alimaña; quizás porque, a pesar de todos los pesares, fui tan débil como para seguir relacionándome con ella sin recriminarle, en ningún momento, su comportamiento; quizás porque cuando volvió a instalarse en nuestra pequeña comunidad y nos encontrábamos, ora en la calle, ora en los bares, no tuve inconveniente en saludarla, e interesarme por su salud y la de su familia, e incluso me permití rememorar algunos episodios comunes con cierta ternura. ¿Por qué no? A lo mejor ella, de natural retorcido, juzgó que mi comportamiento debería haber sido otro y confundió la buena educación con una debilidad de carácter, merecedora de desprecio y conmiseración, sólo así puedo entender su actitud.&lt;br /&gt;Sin embargo, cuando empezó a verme en demasiadas ocasiones, para su gusto, con Clara y Angus, se permitió condescender conmigo, dedicando una parte de su precioso tiempo a prestar un poquito de atención a mi insignificante persona.&lt;br /&gt;El caso fue que una noche coincidí con ella y con Viky en la barra del &lt;em&gt;Batik- ano&lt;/em&gt;. Cuatro de la mañana, el local atestado, ¡un calor!, y yo, monísima, con la &lt;em&gt;bleiser&lt;/em&gt; puesta, y sin abanico.&lt;br /&gt;—¿No te asas? —me preguntó Viky, tras el par de besos de rigor.&lt;br /&gt;—La verdad es que sí —respondí dándome aire con la solapa—, pero si me la quito, descompongo el luk.&lt;br /&gt;Mira tú qué tontería. Bueno, pues Güendy picó el anzuelo.&lt;br /&gt;—¡Por Dios, Ana! —se apresuró a decir— A estas alturas &lt;strong&gt;ya &lt;/strong&gt;deberías saber que la belleza está en el interior.&lt;br /&gt;No di crédito. Güendy, mi Güendy, recriminándome por mi frivolidad.&lt;br /&gt;—Ya, pero es que me veo mucho más mona así y claro, chica, me compensa —contesté parafraseando a Patricia, que es de las que va &lt;em&gt;matada&lt;/em&gt;, pero muere por el &lt;em&gt;luk&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;No fue capaz de captar mi fina ironía. ¿Se puede creer?&lt;br /&gt;—Parece mentira para ti, a tu edad —continuó ella, dignísima—, hay cosas mucho más importantes que el aspecto físico. La paz interior, por ejemplo, se trasluce en el aspecto de las personas sin necesidad de...&lt;br /&gt;—¿Pretendes psicoanalizarme? —me vi obligada a preguntar, ante el cariz que iba tomando la conversación— Porque, si es así, me permito recordarte que está un pelín pasado de moda.&lt;br /&gt;No pudo evitar un gesto de suficiencia al decir:&lt;br /&gt;—Por supuesto, todo el mundo sabe que &lt;em&gt;La Inteligencia emocional&lt;/em&gt;...&lt;br /&gt;—Excelente libro —la interrumpí—, perfecto para un regalo de Reyes, ¿o fue de cumpleaños?&lt;br /&gt;Mudó &lt;em&gt;la&lt;/em&gt; color, abandonó el gasto displicente y lo recompuso a duras penas para sacarme de dudas.&lt;br /&gt;—De cumpleaños.&lt;br /&gt;Vaya, vaya, había dado en el blanco. Desde luego, quien tiene la información, tiene el poder. El poder de que la más pringada entre las pringadas se permitiera bajar de su pedestal, aunque fuera por un momento, a nuestra particular &lt;em&gt;Débora Dora&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;¿Que qué importancia tenía? Toda. Habían sido Clara y Angus las que le habían regalado el famoso libro, el año anterior, antes de acabar con ambas como el rosario de la aurora. Que yo conociera el dato significaba que sabía mucho más de lo que ella podía prever. Y que lo supiera, suponía que mi relación con Clara —para ella a Angus siempre fue igual de invisible que yo— iba más allá de alguna que otra juerga inocente. Noté como me adjudicaba los puntos necesarios para sacarme de la mierda, por su forma de cambiar de tema.&lt;br /&gt;—¿Qué tal el trabajo? Debe irte fenomenal, porque últimamente sales poquísimo, ¿no?&lt;br /&gt;Le di una respuesta de circunstancia y aproveché para realizar un airoso mutis y dirigirme al encuentro de Antón que acababa de llegar, saboreando las mieles de mi exiguo triunfo.&lt;br /&gt;A partir de aquella noche, abandoné mi condición de pringada y alcancé el estatus necesario para que Güendy se tomara la molestia de odiarme y, a mayores, demostrármelo.&lt;br /&gt;El &lt;em&gt;Batik-ano&lt;/em&gt; ofreció su tradicional fiesta con motivo del &lt;em&gt;Día del orgullo gay&lt;/em&gt; a la que asistió la &lt;em&gt;crème de la créme&lt;/em&gt; del ambiente local. Evento que coincidió con una de las tropecientas rupturas definitivas que Clara y Angus habían perpetrado, prácticamente, desde el comienzo de su noviazgo. Aprovechamos la circunstancia para dedicarnos la noche.&lt;br /&gt;La exquisita cena a base de marisco y pescado, regado con una botella de vino blanco más el remate final en forma de chupitos de güisqui, nos proporcionaron ese punto etílico justo para disfrutar, aún más, de la noche.&lt;br /&gt;Primera parada, &lt;em&gt;Frida&lt;/em&gt;. El gesto de incredulidad de Carmen, Lola, Pilar, Lucía, Antón..., al vernos entrar solas, es decir, sin Angus, fue más que evidente. El único que osó preguntar directamente fue, como siempre, Antón:&lt;br /&gt;—¿Dónde habéis dejado a D’Artagnan?&lt;br /&gt;—En casa, con la regla —respondió Clara en el mismo tono.&lt;br /&gt;—Qué mala suerte, ¿no? —apuntó Carmen, mientras nos servía las copas—, con lo que le gustan a ella estas fiestas.&lt;br /&gt;—Ya —dijo Clara, en un tono con el que dejó muy claro que deseaba zanjar el tema.&lt;br /&gt;Segunda parada, &lt;em&gt;Batik-ano&lt;/em&gt;. Risas, empujones, más gestos de incredulidad... Nosotras, a lo nuestro. Sin Angus fiscalizando cada uno de nuestros movimientos, dimos rienda suelta a todo lo que nos veíamos obligadas a reprimir en circunstancias normales. Bailamos &lt;em&gt;a lo suelto&lt;/em&gt; y &lt;em&gt;a lo pegado&lt;/em&gt;, nos besamos, nos achuchamos… Vamos, que no nos cortamos ni un pelo.&lt;br /&gt;Hubo un momento, mientras bailábamos un romántico tema de Camilo VI en el que sentí la imperiosa necesidad de darme la vuelta y mirar hacia atrás. A escasos metros, camuflada entre el gentío, estaba Güendy. Sus ojos se clavaron en los míos durante unos breves e intensos segundos. El brillo que percibí en ellos, me produjo una sensación muy parecida a la que debió experimentar doña Ana Ozores al sentir sobre sus labios el beso del Magistral. Mantuve la mirada el tiempo suficiente para verla salir precipitadamente del local, abriéndose paso a empujones.&lt;br /&gt;No le comenté nada a Clara. Preferí guardar para mí aquel nuevo e inesperado triunfo. Su actitud me confirmaba que Güendy seguía &lt;em&gt;colgada&lt;/em&gt; de Clara, la única mujer a la que ella no había abandonado por otra.&lt;br /&gt;Un par de horas después, de la que nos íbamos, coincidimos con ella a la salida del bar. Tuvimos que esperar a que un fotógrafo de ocasión plasmara la instantánea de un grupo, enarbolando la bandera gay, en el que se encontraba Güendy, sin Viky, abrazada a una rubia explosiva.&lt;br /&gt;Entre los «Espera, que falto yo» y los «Juntaros un poco, que no entráis todas», la foto se retrasaba y el tapón, a la puerta del bar crecía por momentos.&lt;br /&gt;—Date prisa, Jose, que se me hiela la sonrisa —exigió Güendy, manteniendo la mueca.&lt;br /&gt;Flash. Disolución del grupo que se reintegra a la fiesta. Güendy que, de la que entra, me señala con el índice y escupe un despreciativo:&lt;br /&gt;—&lt;strong&gt;Tú&lt;/strong&gt;, me hielas la sonrisa —y dirigiéndose a Clara, con un gracioso mohín—, tú, no.&lt;br /&gt;Mutis por el foro.&lt;br /&gt;—Pero, ¿qué le pasa a esta? —preguntó Clara, al parecer ajena a todo el asunto.&lt;br /&gt;—Creo que no le ha gustado nada verme contigo.&lt;br /&gt;—Y a ella, ¿qué le importa?&lt;br /&gt;—Tú sabrás —respondí.&lt;br /&gt;—Ni sé nada, ni quiero saberlo —concluyó resuelta.&lt;br /&gt;No sé por qué me dio en la nariz que Clara no me lo había contado todo sobre Güendy y ella. Tampoco me importó mucho. En cuanto a Güendy, ni que decir tiene que sus sentimientos hacia mí me traían al pairo. Aún así, he de reconocer que tener la constancia de que alguien, ¡por fin!, le había pagado con su misma moneda, que ese alguien compartía una parte de su vida conmigo, que le constaba, y que le había afectado tanto como para tragarse su orgullo y hacérmelo saber, me produjo un agradable cosquilleo de placer.&lt;br /&gt;Nunca he sido rencorosa, y a Güendy la había olvidado hacía mucho, mucho tiempo, pero que alguien como ella se hubiera encontrado, aunque fuera por una vez, con la horma de su zapato, no dejaba de ser gratificante; aunque para mí no supusiera nada; aunque aquellos pequeños triunfos no borraran todo lo que sufrí cuando me abandonó, de un día para otro, sin la menor explicación.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7385103199703731123-8649964744788726185?l=bemeuve.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://bemeuve.blogspot.com/feeds/8649964744788726185/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7385103199703731123&amp;postID=8649964744788726185&amp;isPopup=true' title='12 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7385103199703731123/posts/default/8649964744788726185'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7385103199703731123/posts/default/8649964744788726185'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://bemeuve.blogspot.com/2008/04/encuentros-en-la-novena-fase-y-ii.html' title='Encuentros en la novena fase (y II)'/><author><name>Mármara</name><uri>http://www.blogger.com/profile/09935680480272505070</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='26' src='http://2.bp.blogspot.com/_f0jLUVPJA0s/SYIEZwYuKHI/AAAAAAAABTw/mne8UtHQK7I/S220/10-06-08.2.jpg'/></author><thr:total>12</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7385103199703731123.post-8322193073104050305</id><published>2008-04-24T20:57:00.010+02:00</published><updated>2008-04-25T10:59:01.643+02:00</updated><title type='text'>Encuentros en la novena fase (I)</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:130%;color:#993399;"&gt;Incluso antes de convertirnos en amantes oficiales, Clara se propuso hacer realidad mis mayores anhelos. Y no pude quejarme. ¿No estaba, yo, hartita de tanta paz, tanto equilibrio y tanto celibato? ¿Acaso no le pedí al Universo que, por favor, por favor, me mandara una novia mona, pija y muy activa, sexualmente? Pues me la mandó. Con lo que no conté fue conque si el Universo no te concede una de tus peticiones es porque no te conviene en absoluto, ahora bien, como te pongas pesada, te concede lo que le pidas, pero, ¡ojitísimo!, literal. Y, a mayores, por el mismo precio, te incluye en el &lt;em&gt;pack&lt;/em&gt; una, o varias oportunidades de aprendizaje y crecimiento personal.&lt;br /&gt;Mi relación con Clara me permitió hacer varios cursillos y algún que otro master, todos muy prácticos, todos muy instructivos:&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;1.Estulticia emocional&lt;/strong&gt;. Viaje a los entresijos de sus emociones. Visita guiada a &lt;em&gt;El Paraíso&lt;/em&gt;, alojamiento y desayuno. Estancia en &lt;em&gt;El Infierno&lt;/em&gt;, pensión completa, extras.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;2.Taller de escritura.&lt;/strong&gt; Cartas de amor. Nivel avanzado.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;3.Expresión artística.&lt;/strong&gt; &lt;em&gt;Collages&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;4.Psicología para torpes.&lt;/strong&gt; Descuide todos y cada uno de sus proyectos personales.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;5.Relaciones personales.&lt;/strong&gt; Masacre sin piedad a sus amistades con el relato pormenorizado de sus desventuras sentimentales, I y II.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;6.Economía del despilfarro&lt;/strong&gt;. Enriquezca a Telefónica y benefíciese de importantes gravámenes.&lt;br /&gt;Según avanzaba en mi nivel de formación, mi vida adquiría tintes de melodrama, pero yo, inasequible al desaliento, me esforzaba todo lo que me permitían mis (escasas) luces en alcanzar los objetivos propuestos y repetía lección tras lección, en un afán desmedido por alcanzar las cotas más altas de realización. No sé si a todo el mundo le pasará lo mismo pero lo que es a mí, que debo ser la más torpe de las mortales, me resultaba imposible pasar de tema. Hubo veces que hasta tuve la impresión de encontrarme de nuevo en el colegio, copiando, por enésima ocasión, cien veces, la misma palabra, bajo la severa mirada de la Madre Eugenia, después de que descubriera que había vuelto a equivocarme en su ortografía.&lt;br /&gt;—Desde luego, señorita Coreta, lo suyo es un caso—me reprendía, observando mi dictado con gesto de infinito hastío— ¡Ha vuelto a escribirla mal! Siéntese al fondo de la clase y ya sabe lo que tiene que hacer. Y, por supuesto, olvídese del recreo, hoy, y toda la semana.&lt;br /&gt;Y allá iba yo, pasillo adelante, con la cabeza baja, para no tener que encontrarme con las miradas burlonas de mis compañeras, mi libreta azul de dos rayas y mi resignación dispuesta a cumplir la condena.&lt;br /&gt;Estoy segura de que si la Madre Eugenia me hubiera visto en aquellos momentos, no podría reprimir el mismo gesto de disgusto con el que me obsequiaba cada día en clase de Lengua, al que añadiría otro de total satisfacción al constatar que, ya lo decía ella, que yo era bastante rarita y que de una cabecita como la mía no podía salir nada decente.&lt;br /&gt;No pretendo comparar al Universo con la Madre Eugenia, ¡Dios me libre!, aunque en ocasiones como las que relato, volví a sentirme como cuando tenía once años y me esforzaba en escribir la grafía correcta de aquella (jodida) palabra, mientras escuchaba la algarabía de mis compañeras disfrutando de un recreo al que raras veces tenía derecho.&lt;br /&gt;Para mayor escarnio, al mismo tiempo que me convertía en la amante de Clara, retornaron a mi vida algunos personajes del pasado, de los que estaba convencida me había librado, obligándome a desenterrar viejos e indeseables fantasmas.&lt;br /&gt;El primero de estos reencuentros lo protagonizó Rebeca, una antigua conocida a la que había tenido que echar de mi vida meses atrás, por pesada y, como diría Violeta, por intensa. Rebeca es caso típico de la persona a la que das la mano, te coge la otra, el pie y, si te descuidas, te arrastra por la melena. Lo hace de una forma tan sibilina que, cuando quieres darte cuenta, se ha colado en tu vida y no sabes cómo deshacerte de ella.&lt;br /&gt;La primera vez que me asaltó fue en la fiesta de mujeres que Carmen había organizado con motivo de un ocho de marzo, un par de años atrás.&lt;br /&gt;—Hola, Ana ¿te acuerdas de mí? —me preguntó, con la mejor de sus sonrisas.&lt;br /&gt;No, no me acordaba. Me refrescó la memoria inmediatamente.&lt;br /&gt;—El año pasado, cuando cumplí los treinta, tuve una crisis horrorosa. Me encontraba &lt;strong&gt;tan&lt;/strong&gt; mal, estaba &lt;strong&gt;tan&lt;/strong&gt; deprimida, que no me quedó más remedio que acudir a una profesional que me ayudara a salir del hoyo. Como te conocía de un curso que diste en el colegio de mis hijos, llamé a tu consulta. Hice seis meses de terapia con Sara. Nos vimos varias veces allí.&lt;br /&gt;— ¡Ah, sí! — mentí— ¿Qué tal te va?&lt;br /&gt;—Ideal —respondió ufana—. Me vino fenomenal. Gracias a lo que aprendí con vosotras estoy haciendo lo que siempre he querido hacer.&lt;br /&gt;—¿...?&lt;br /&gt;—Escribir —afirmó, dando por sentado que yo tenía que conocer los pormenores de su caso.&lt;br /&gt;Sin darme la menor oportunidad, me puso en antecedentes de toda su vida. Se había casado a los diecisiete a causa de un inoportuno embarazo. Tenían dos niños, César, como su padre, Antonio, como su abuelo paterno, de doce y trece años, respectivamente. Su marido pasaba mucho tiempo fuera de casa y ella, con los hijos casi criados y sin ningún problema económico, se sentía profundamente insatisfecha con su vida.&lt;br /&gt;—Mientras los niños son pequeños —aclaró—, te llevan mucho tiempo, ya lo sabes, pero luego, cuando crecen y ya no te necesitan tanto, te sientes como vacía, como sin nada que hacer. Yo lo pasé fatal, por eso me decidí a acudir a tu consulta, porque se me caía la casa encima, sólo pensaba en llorar y no tenía ganas de hacer nada. Hubiera preferido que me atendieras tú, porque me impresionaste mucho en aquel curso, pero luego estuve muy contenta con Sara. Gracias a ella, que me obligaba a llevar un diario personal, me di cuenta de que lo mío era escribir. Fíjate que hasta voy a presentarme a un concurso.&lt;br /&gt;Maldita, maldita vanidad. Aquel «me impresionaste mucho» fue suficiente para que le prestara más atención de la que hubiera debido. Eso, y el nada sutil coqueteo que me dedicó desde que comenzamos la charla.&lt;br /&gt;—No sabes la ilusión que me hace estar aquí, charlando contigo —dijo, desplegando todos sus encantos—. Cuando te conocí, pensé lo mucho que me gustaría que fuéramos amigas, pero te veía tan interesante, te admiraba tanto, que no me atreví a acercarme a ti.&lt;br /&gt;Insisto: maldita y jodida vanidad. Y maldita necesidad de sentirse importante.&lt;br /&gt;—Creo que exageras —le dije, halagada por tanto piropo.&lt;br /&gt;—No, Ana —respondió, negando con la cabeza, a la vez que me apretaba el antebrazo —, y tú lo sabes.&lt;br /&gt;A partir de ese momento, dejó de hablar de sus cosas para centrarse en las mías. Me hizo hablar de mí misma — ¡qué más quise!—, de mi trabajo, mis proyectos, incluso mi vida personal, de la que preferí no darle datos comprometedores, interesándose vivamente por todo lo que le contaba.&lt;br /&gt;Sólo gracias a Lucía, que me reclamó con un «Chica, Ana, que hace mil años que no te veo...» pude librarme de ella aquella noche.&lt;br /&gt;Una semana más tarde:&lt;br /&gt;—¿Ana?— reconocí su voz al otro lado del hilo, sin dar crédito—, soy Rebeca. ¿Cómo estás?&lt;br /&gt;—Bien —respondí mecánicamente—. ¿Y tú?&lt;br /&gt;—Oye, mira, perdona que te moleste —demasiado preámbulo—, es que... —Dime —pedí, sin sospechar lo que se me venía encima.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:130%;color:#993399;"&gt;—Quería pedirte un favor.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:130%;color:#993399;"&gt;—Tú dirás...&lt;br /&gt;—¿Te acuerdas que el otro día, en la fiesta, te comenté que pensaba participar en un concurso literario?&lt;br /&gt;¿Cómo no?, si me lo repetiste veinte veces, so pesada.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:130%;color:#993399;"&gt;—Si, claro.&lt;br /&gt;—Pues, es que —continuó, como si le costara verdadero esfuerzo decidirse a hablar—, me haría mucha ilusión que revisaras los cuentos que voy a presentar. Como me comentaste que te dedicas a traducir, he pensado que, a lo mejor, no te importaría corregir algunos errores que seguramente tendré.&lt;br /&gt;Volvió a pillarme. A mí, y a mi punto flaco. Tantos años sufriendo en silencio la prepotencia de Bárbara y sus constantes devaneos, me habían convertido en presa fácil para personas como Rebeca, o Clara, que saben como tratarte para conseguir que su presencia no te pase desapercibida. Accedí.&lt;br /&gt;—No sabes &lt;strong&gt;cómo&lt;/strong&gt; te lo agradezco —me dijo—, no tenía ni idea a quién recurrir. Podrás imaginar que, entre mis amistades, no tengo a nadie que pueda orientarme en ese terreno. ¿Cuándo te viene bien?&lt;br /&gt;Tal y como habíamos quedado, se presentó en mi casa al día siguiente, hecha un brazo de mar, con una voluminosa cartera de piel que contenía el total de su producción literaria.&lt;br /&gt;—He traído algunas cosas más —comentó muy ufana—, por si te apetece echarles un vistazo. Aunque, no quisiera molestarte...&lt;br /&gt;—La verdad es que no tengo mucho tiempo —me disculpé, horrorizada ante la posibilidad de tener que leerme toda su &lt;em&gt;obra&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;—No te preocupes, no tengo prisa —se apresuró a decir—, puedes quedártelo todo el tiempo que quieras. Lo que de verdad me interesa son los cuentos que voy a enviar al concurso.&lt;br /&gt;Leí la primera entrega tomando el café, provista de un lápiz, que ella misma me proporcionó, para poder efectuar las correcciones necesarias. Se trataba de una colección de seis cuentos cortos, escritos a máquina, de temática común: las consecuencias de una infancia desgraciada.&lt;br /&gt;Según me contó ese mismo día, su infancia había sido muy, pero que muy infeliz. Sus padres se habían divorciado, después de una larga y penosa convivencia, a causa del alcoholismo de su padre, que maltrataba, verbal y físicamente, a su madre y a sus dos hermanas, convirtiendo la vida familiar en un auténtico infierno.&lt;br /&gt;—Por eso me quedé embarazada, para que me obligaran a casarme —me explicó—, para salir de aquella casa, de aquel horror. Mi padre no asistió a mi boda —añadió compungida—, porque, como yo era la pequeña, mi madre pidió el divorcio en cuanto fijé la fecha de la boda.&lt;br /&gt;Para mi gusto, los cuentos no tenían pase, pero no le dije nada. Ella estaba muy ilusionada y yo no me sentía comprometida con ella hasta el punto de ser sincera. Corregí la ortografía, la sintaxis, añadí algún que otro conector que facilitara la cohesión textual, eliminé alguna redundancia, en fin, que me esmeré. Por último sugerí el empleo del ordenador para simplificar el trabajo.&lt;br /&gt;—Tienes razón —dijo con gesto de circunstancias—, pero no me decido. Y mira que, mientras los niños están en el colegio, que comen allí, lo tengo para mí sola, pero... no sé, me da miedo... Ahora que, pensándolo bien, puedo hacer un cursillo.&lt;br /&gt;—Te vendría estupendo —le aseguré—, no sólo por la ortografía sino por lo mucho que te facilita las correcciones.&lt;br /&gt;Nos despedimos, tres horas después, ella infinitamente agradecida, yo con la cabeza como un bombo.&lt;br /&gt;A partir de aquel día, Rebeca se convirtió en una presencia constante en mi vida. Un par de veces por semana, con cualquier pretexto, se presentaba en mi casa, siempre sin avisar, siempre con un «No quisiera molestarte», siempre hecha polvo por los innumerables problemas que le acarreaba aquel matrimonio que la abocaba a ocuparse sola de la educación de sus hijos —«Fíjate tú, en una edad tan delicada», pero, «Casi prefiero que no esté. Es de los que piensan que puede suplir sus ausencias con dinero, dándoles todos lo caprichos»— o, en su defecto, haciéndome partícipe de algunas confidencias que hubiera preferido no escuchar.&lt;br /&gt;Empezó quejándose de la cantidad de tiempo que pasaba sola y terminó confesándome que la crisis de la que me había hablado, la había motivado la atracción que sentía por una chica con la que coincidía en el gimnasio. Al principio no le dio importancia, hasta que se percató que se había enamorado perdidamente de ella. Cuando, después de mucho pensarlo, se decidió a sincerarse con la susodicha, ésta abandonó las clases de Pilates y Body-Balance y no supo nada más de ella. Hundida, se refugió en la terapia y en la escritura.&lt;br /&gt;—El caso es que, desde entonces —me dijo con su habitual gesto melodramático—, me he dado cuenta de que me atraen las mujeres, Ana. Y no sé qué hacer. Ahora mismo creo que me he enamorado de una, pero no me atrevo a decírselo.&lt;br /&gt;Le faltó tiempo para declararme su amor. Espantada con la posibilidad, utilicé los argumentos de rigor —«A lo mejor estás confundiendo la admiración con el amor», «Quizás te sientes muy sola y, como últimamente nos vemos tanto...»—, en un intento deseperado por persuadirla de que había errado el tiro; que, de acuerdo, yo era lesbiana, pero que eso no implicaba que tuvieran que gustarme todas las mujeres con las que me relacionaba y ella, sintiéndolo mucho, no me atraía en absoluto, aunque podíamos ser amigas, si a ella le parecía bien, pero nada más.&lt;br /&gt;Aceptó mis condiciones poniéndose más intensa que nunca. Ya no se conformaba con venir a casa y hablar de literatura, cine, los hijos o las dudas metafísicas sobre su orientación sexual, si no que empezó a insistirme para que saliera con ella y la llevara un bar de mujeres, incluso me invitó a Madrid, o Barcelona, para que pudiéramos movernos con más soltura. Así, lo que podía haber sido el principio de una bonita amistad, terminó por convertirse en una auténtica pesadilla. Llegó a agobiarme tanto que decidí librarme de ella lo antes posible.&lt;br /&gt;Inicié la operación despiste con la inestimable colaboración de Loli, que aceptó cambiar su horario para cubrirme la tarde. Dejé de coger el teléfono y contestar al telefonillo en las horas críticas. Concerté una contraseña con mis amistades más cercanas, para evitar que me cogiera por sorpresa y, cuando no pude evitarlo, le di tantas disculpas, que otra en su lugar se hubiera dado por enterada. Ella no.&lt;br /&gt;Pero, como &lt;em&gt;no hay mal que cien años dure, ni cuerpo que lo resista&lt;/em&gt;, una de aquellas tardes se me presentó la oportunidad de hacerle ver, de forma clara y contundente, cuanto interfería en mi vida y que poco respetaba mi intimidad. Coincidió que Violeta, que estaba trabajando en la decoración de una óptica, cerca de mi casa, me había avisado de que subiría a tomar el café en cuanto diera las instrucciones a los operarios. Esperé la llamada diaria de Rebeca —que llevaba colapsando el buzón de voz una semana—, cogí el teléfono y acepté tomar el café con ella, advirtiéndole, muy seriamente, que debería irse cuando llegara una amiga con la que había quedado a media tarde para hablar de un asunto muy importante, amén de privado.&lt;br /&gt;Tal y como imaginé hizo caso omiso de mi petición. Se apuntó al café que preparé para Violeta. Me pidió un chupito de güisqui, con dos piedras de hielo, porque, con tanta cafeína, casi necesitaba algo que le templara los nervios. Trató a mi amiga con la misma familiaridad que si la conociera de toda la vida, haciéndole partícipe de sus proyectos, le interesaran, o no. Cuando estuve segura de que no tenía ninguna intención de respetar nuestro pacto, me vi en la obligación de recordárselo y pedirle que, por favor, nos dejara solas.&lt;br /&gt;A pesar de que no fui lo contundente que me hubiera apetecido se sintió terriblemente ofendida por mi actitud y me lo demostró dejando de llamarme —¡Loado sea Dios!— y de presentarse en mi casa a la menor oportunidad —¡Loado sea su santo Nombre! Es decir, que desapareció de mi vida. No la eché de menos. Es más, me olvidé hasta de que existía.&lt;br /&gt;Pero... Casi un año después, una tarde en la que, como de costumbre, me dirigía hacia el &lt;em&gt;Frida&lt;/em&gt;, dando un paseo por el parque, después de una intensa jornada frente al ordenador, regresó sin avisar.&lt;br /&gt;Envuelta en una inmensa parca verde oliva, con el pelo cayéndole por la cara, los ojos ocultos tras unas gafas de sol, a todas luces innecesarias a aquellas horas de la tarde, los hombros hundidos y la expresión más dramática que le había visto, avanzó hacia mí.&lt;br /&gt;—Hola, Ana —dijo, con una voz directamente salida de ultratumba.&lt;br /&gt;—¡Rebeca! —exclamé más por la impresión que por la alegría del inesperado encuentro— ¡Cuánto tiempo! ¿Qué es de tu vida?&lt;br /&gt;—Precisamente estaba pensando en suicidarme&lt;br /&gt;—Pero, ¿qué dices, mujer —pregunté sin saber hasta que punto me hablaba en serio.&lt;br /&gt;Para avalar lo auténtico de su declaración extrajo, de uno de los bolsillos de la parca, varios folios doblados que me tendió.&lt;br /&gt;—Es mi despedida ¿Quieres leerla?&lt;br /&gt;—No, deja —respondí horrorizada—, casi prefiero que me lo cuentes.&lt;br /&gt;—No quisiera molestarte...&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:130%;color:#993399;"&gt;¡A la mierda con tus «No quisiera molestarte», si no quieres molestarme, suicídate y déjame en paz! En vez de eso, insistí:&lt;br /&gt;—Venga, mujer…&lt;br /&gt;—Es que, no sé si debo…&lt;br /&gt;¿Habrá alguien capaz de aprovechar semejante oportunidad y responder «De acuerdo, como quieras, hasta luego, que te suicides bien»? Yo sí, desde luego. Aunque eso era lo que debería haber hecho. Primero, porque aún no he conocido a nadie que habiendo decidido suicidarse, ande avisando por ahí y, segundo, porque, conociéndola como la conocía, no debería haber caído en la trampa. Pero, ¿y si se suicidaba?, ¿podía arriesgarme a vivir con semejante responsabilidad?, ¿qué resultaba más penoso, cargar con un suicidio o con ella? A la vista del cariz que tomaron los acontecimientos puedo decir, por duro que resulte, que me hubiera resultado más liviano correr el riesgo. Entonces, quizás por la punzada de culpabilidad que sentí al verla en tal estado, opté, una vez más, por escucharla, no sin antes haberme encomendado a mi ángel de la guarda y a todos mis espíritus protectores.&lt;br /&gt;—A ver, Rebeca, cuéntame qué es eso de que estás pensando en suicidarte —pedí resignada a mi suerte.&lt;br /&gt;—No tengo otra salida, Ana, no tengo otra salida —manifestó, acentuando su habitual tono melodramático—. Soy un desastre. Todo me sale mal. Sólo sirvo para hacer sufrir a las personas que tengo a mi alrededor.&lt;br /&gt;Previendo que ni la caridad iba a librarme de ser depositaria de todas sus desgracias y como empezaba a refrescar, le sugerí que nos fuéramos a mi casa.&lt;br /&gt;—Nos tomamos un café y me lo cuentas con calma.&lt;br /&gt;—Me había jurado no volver a tu casa, después de lo que pasó...&lt;br /&gt;Cualquiera, con dos dedos de frente, no hubiera dejado pasar la oportunidad y hubiera respondido: «Tú misma, bonita» — porque, vamos a ver, si una persona te asalta amenazando con que tiene la intención de suicidarse, le tiendes la mano, le ofreces cobijo, café y compañía, ¿a qué viene echarte en cara antiguas diferencias?, máxime cuando &lt;em&gt;de lo que pasó&lt;/em&gt; la única responsable era ella—, no yo. Me la llevé a casa, le preparé una tila alpina, le enjareté dos valerianas y me dispuse a escuchar.&lt;br /&gt;El motivo de su desesperación no era otro que haber asumido, ¡por fin!, su orientación sexual y habérselo comunicado a su marido a bocajarro, con la consiguiente sorpresa de éste que, a renglón seguido, la amenazó con divorciarse y quitarle a sus hijos, por infiel y por depravada.&lt;br /&gt;Según me explicó, se había enamorado de una joven directora de cortos, a la que había conocido en el &lt;em&gt;Batik-Ano&lt;/em&gt; poco después de que yo la echara de mi casa. Al cabo de varios meses de intenso, pero infructuoso cortejo, Vanessa, le había declarado su amor y el deseo de que se conocieran más íntimamente, justo en el momento en el que César había decidido coger una semana de vacaciones. Como la chica vivía con sus padres, la única posibilidad de consumar, como Dios manda, era utilizar la casa de Rebeca. La típica solución del hotel de las afueras ni se les pasó por la mente. La presencia de César abortó sus planes, por lo que ambas se dedicaron a beber como cosacas durante toda la noche. A las nueve de la mañana, cuando los niños estaban en el colegio, Rebeca regresó al hogar enrabietada por no haber podido follar con su amor y borracha como una pioja.&lt;br /&gt;Ante los naturales reproches de su marido, producto de la lógica preocupación por unas ausencias nocturnas que se repetían con demasiada frecuencia, no pudo por menos que desahogar su enojo, haciéndole culpable de su frustración a la vez que le confesaba su pasión por Vanessa. Él, desesperado, la arrastró hasta el baño, la metió en la bañera, vestida y todo, abrió el grifo del agua fría y le quitó la borrachera por la vía rápida. Amenaza de divorcio. La custodia de los hijos, por supuesto para él. La pensión, ni soñarla.&lt;br /&gt;Para colmo de males, Vanessa, enterada del drama familiar que había provocado, huyó de su lado. De nada sirvieron las súplicas de Rebeca ni sus promesas de separación ni el desprecio por la custodia de los hijos o la pensión compensatoria. La chica afirmó que no quería cargar con semejante tragedia sobre sus espaldas y que, por lo tanto, lo suyo se había acabado sin remisión.&lt;br /&gt;Rebeca, desesperada y despechada, aceptó las condiciones de César que consistían en:&lt;br /&gt;1º) No volver a hablar del tema de su pretendido lesbianismo.&lt;br /&gt;2º)Acudir a un consultor matrimonial que les ayudara a superar el trauma. Y,&lt;br /&gt;3º)Que ella se pusiera en manos de un psicólogo que la ayudara a reconducir su extraviada conducta, sexual.&lt;br /&gt;Como era lógico no pudo cumplir ni una de las condiciones. La sola idea de tener que relacionarse sexualmente con su marido le producía repulsión. Su continua presencia en casa —él aprovechó la circunstancia para coger una baja por depresión y así tenerla controlada—, la enervaba, a pesar de que el pobre hombre retiró sus amenazas y, entendiendo que ella estaba enferma, se mostró comprensivo y solícito. Lo único que aceptó fue ponerse en manos de una especialista, Sara, por supuesto.&lt;br /&gt;Acuciado por su propia desesperación, César, recurrió a su familia en busca de consejo y consuelo. Escándalo familiar. Los niños, a casa de su abuela paterna, mientras se solucionara la situación. Más incomprensión, más reproches, más depresiones de la madre, la suegra, hermanos, primos, cuñados, y demás familia.&lt;br /&gt;—Lo tengo todo en contra, Ana —afirmó entre suspiros—. Nunca voy a poder ser feliz como quiero, por eso he decidido quitarme del medio.&lt;br /&gt;Sentí lástima por ella. Me conmovieron sus lágrimas, la tremenda tristeza que leí en sus ojos, su indefensión. Me solidaricé tanto con ella, que volví a admitirla en mi vida. Craso error.&lt;br /&gt;Nunca me arrepentiré bastante de esta vis pseudo-samaritana que me aboca a convertirme en adalid de causas imposibles, en consejera sentimental, o matrimonial, o sexual, o lo que sea, con tal de sentirme importante y reconocida. Nunca me arrepentiré bastante de haberme implicado en un asunto que no me concernía. Nunca me arrepentiré bastante de haberme sentido culpable por haberla echado de mi vida. Nunca me arrepentiré bastante de haberle permitido que volviera a colarse en mi vida, esta vez acompañada.&lt;br /&gt;Sí, sí, acompañada. No contenta con aprovecharse de mi debilidad para martirizarme con sus propios avatares, me convenció para que, como profesional que era, ayudara a su marido a superar el trance y, de paso, lo persuadiera para que le concediera un divorcio digno.&lt;br /&gt;Aclaremos lo del divorcio digno. Durante el tiempo en el que no tuvimos contacto, Rebeca descubrió que estaba perdiéndose lo mejor de la vida, a saber: noches eternas, alcohol, alguna que otra droga blanda y menos blanda, coqueteos a go-go, sexo seguro —es decir, sin posibilidades de embarazo—, vocación con glamur y, sobre todo, ¡libertad, libertad, sin ira libertad!, a la vez que se percataba de lo dura que había sido su vida como ama de casa abnegada, madre amantísima y esposa fiel. Una vez aceptada su sexualidad —que según ella se había obligado a soterrar por su situación familiar—, decidió que aquello de levantarse a las siete y media de la mañana, atender a los hijos y llevar la casa, no le permitía realizarse como mujer y, mucho menos, como escritora, por no entrar en el tema de cumplir con sus obligaciones como esposa. También decidió que los larguísimos años de matrimonio le daban derecho a una indemnización en forma de piso de ciento cincuenta metros cuadrados y un subsidio que le permitiera desarrollar su vocación de escritora, a la que había tenido que renunciar por su condición de esposa y madre precoz. Aclarado todo ello, le cedió a César la custodia de sus hijos, que vivirían con su abuela paterna mucho mejor que con ella porque «Las escritoras llevamos una vida muy anárquica, Ana. Yo, por ejemplo, escribo mucho mejor de noche, pero si tengo que levantarme a las siete de la mañana para ocuparme de los niños, no puedo pasarme la noche escribiendo».&lt;br /&gt;Me llevó casi dos meses descubrir cuáles eran sus verdaderas intenciones. En el ínterin, ejercí de consejera matrimonial y mantuve varias conversaciones con su marido, que requirió mis servicios gratuitos en media docena de ocasiones, una de ellas, acompañado de un íntimo amigo suyo, un domingo por la tarde que me pilló en casa a causa de que Clara había tenido una bronca monumental con Angus y no había podido escaparse.&lt;br /&gt;Una vez que consiguió el divorcio digno y una novia, estudiante de psicología, dejó de llamarme con la misma asiduidad. Pasado un tiempo prudencial, incluso dejó de llamarme.&lt;br /&gt;Lo único que me salvó de enloquecer, durante los meses en los que actué como consejera sentimental de Rebeca y su angustiado esposo, fue la vorágine a la que me arrastró mi relación con Clara. Tras el obligado periodo de reposo y recogimiento cuasi místico al que me habían abocado mi divorcio de Bárbara, y los episodios que tuvieron lugar a continuación, su presencia en mi vida fue, más que un soplo de aire fresco, un auténtico vendaval, y la excusa que me permitió resarcirme de tanto encierro, tanta tranquilidad y tanto celibato que, las cosas como son, llegó un momento en que ya me pareció excesivo. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:130%;color:#993399;"&gt;Por si fuera poco, me proporcionó alguna que otra satisfacción de ésas que no tienen precio.&lt;br /&gt;Uno de los pequeños inconvenientes de vivir en una ciudad de provincias es que, en los círculos demasiados cerrados como el nuestro, medio mundo está al cabo de la calle de la vida y milagros del otro medio, y viceversa. Los datos recogidos en las tertulias sirven como baremo para adjudicar a cada cual su puesto en el escalafón ambiental, que incluyen categorías que van de pringada a divina, pasando por varios estadios intermedios sin relevancia. Estas listas de popularidad, escritas en el aire, idénticas a las publicadas por cualquier revista americana, tienen tanto peso que, según sea tu lugar en el escalafón así te tratan, incluso aquellas personas que consideras cercanas. Años de experiencia y observación sistemática me han permitido concluir que los aspectos a tener en cuenta, si te interesa elevarte a la cima, son los siguientes:&lt;br /&gt;a)Dejarte ver todos los fines de semana en los bares de moda, cinco puntos.&lt;br /&gt;b)Saludar a diestro y siniestro de la que entras en el bar, cinco puntos.&lt;br /&gt;c)Ir mona de la muerte y cambiar de modelo en cada aparición pública, cinco puntos.&lt;br /&gt;d)Pasar un &lt;em&gt;güiquén&lt;/em&gt; en el campo o la playa, rodeada de amistades exquisitas, cinco puntos.&lt;br /&gt;e)Codearte con celebridades locales, diez puntos.&lt;br /&gt;f)Cerrar el bar con la dueña, o, en su defecto, que la propia dueña te invite a las copas, diez puntos.&lt;br /&gt;g)Un par de semanas al año en cualquier capital europea, o NY, diez puntos.&lt;br /&gt;h)Tener pareja, cincuenta puntos.&lt;br /&gt;i) Que tu pareja sea más que deseable, cien puntos.&lt;br /&gt;Si logras mantenerte en un promedio de ciento sesenta o setenta puntos, entre uno y otro, no tienes más problemas que el de despertar una mezcla de insana envidia y secreta admiración, amén de los consabidos comentarios, de la más diversa índole, especulaciones varias y tal, y pascual. Pero como bajes de los ciento cincuenta, chungo. Pueden llegar a tacharte de las agendas. Es más, te arriesgas a que cualquier mindundi se crea en el derecho de aconsejarte y, si te pilla desprevenida, darte alguna lección gratuita sobre psicoanálisis argentino, por ejemplo.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7385103199703731123-8322193073104050305?l=bemeuve.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://bemeuve.blogspot.com/feeds/8322193073104050305/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7385103199703731123&amp;postID=8322193073104050305&amp;isPopup=true' title='16 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7385103199703731123/posts/default/8322193073104050305'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7385103199703731123/posts/default/8322193073104050305'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://bemeuve.blogspot.com/2008/04/encuentros-en-la-novena-fase-i.html' title='Encuentros en la novena fase (I)'/><author><name>Mármara</name><uri>http://www.blogger.com/profile/09935680480272505070</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='26' src='http://2.bp.blogspot.com/_f0jLUVPJA0s/SYIEZwYuKHI/AAAAAAAABTw/mne8UtHQK7I/S220/10-06-08.2.jpg'/></author><thr:total>16</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7385103199703731123.post-2691577491908816715</id><published>2008-04-13T22:48:00.012+02:00</published><updated>2008-04-14T10:15:55.214+02:00</updated><title type='text'>Algunas sonrisas y varias lágrimas</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:85%;"&gt;En el capítulo anterior, que no he colgado completo, Ana, Angus y Clara, se hacen inseparables, a raíz de la noche de conficencias en el &lt;em&gt;Frida&lt;/em&gt;. Angus intenta converitr a Ana en su cómplice para que la ayude a liarse con Carmen y así compensar las múltiples infidelidades de su mujer. Clara, por su parte, se dedica a coquetear con Ana. Ana siente reverdecer su antigua atración por Clara.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Cuántos problemas nos evitaríamos, si en vez de tanta matemática, tanta lengua y tanta historia, incluyéramos en el currículo escolar la forma de controlar nuestras emociones negativas y potenciar la autoestima, para enfrentarnos a la vida con alguna posibilidad de éxito. Pero no. Te sueltan en este mundo traidor sin proporcionarte las instrucciones de uso y ¡hala!, allá te las compongas. Ensaya, equivócate, cae, levántate, estréllate, vuelve a levantarte. Las crisis fortalecen el espíritu, la letra con sangre entra, como mejor se aprende es a golpes, quien bien te quiere te hará llorar...&lt;br /&gt;¡Habrase visto semejante sarta de estupideces! ¿No sería mucho más práctico que las ancianas de la tribu nos advirtieran de los peligros reales y la mejor forma de afrontarlos? O, ya que estamos en pleno siglo XXI, ¿por qué no inventan un chip que nos ponga sobre aviso de que ciertos sentimientos pueden abocarnos al desastre?&lt;br /&gt;Si yo hubiera dispuesto del susodicho chip, quizás hubiera podido evitar enamorarme de Clara o, en su defecto, asumir el enamoramiento sin tener que sufrir las nocivas consecuencias que la culpabilidad tiene en mi precario equilibrio emocional.&lt;br /&gt;Pero, en fin, la vida es así, no la he inventado yo, y hay que vivirla como mejor se pueda, por lo general a salto de mata.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Aparte de hacernos inseparables, Angus y Clara decidieron convertise en mis celestinas, a fin de que encontrara una pareja y me recuperara, lo antes posible, de mi aventura con Belén. Que ésa es otra. En esta sociedad no vales ni un pimiento si no tienes una pareja estable, a pesar de que la mayoría cambie de pareja con la misma facilidad que de calcetines, por ejemplo.&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;br /&gt;¿Quién me habría mandado quejarme de mis vicisitudes sentimentales? ¿Cómo se me ocurrió comentarles mis dificultades para enamorarme? Si hubiera cerrado el pico, ellas habrían seguido ocupándose de sus problemas, que no eran pocos, en vez de entretenerse ocupándose de los míos. Yo hubiera terminado con mi temporada sabática, hubiera vuelto a mis quehaceres y, si os he visto ni me acuerdo. Pero no, &lt;em&gt;eché la lengua a pacer&lt;/em&gt;, y me perdí. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Tan preocupadas como estaban por ayudarme a encontrar a mi alma gemela me propusieron asistir a la fiesta del 8 de marzo, seguras de que, entre tantas mujeres, encontraría a una que colmara mis ansias de amor.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Me negué. Nunca me han gustado esas fiestas, he de confesarlo, y menos cuando me pillan en pleno periodo de reflexión, pero insistieron tanto, sobre todo Clara, que no me quedó más remedio que aceptar. Y allá me fui, acompañada de mis dos mosqueteras, con la secreta intención de cumplir con el expediente y retirarme a mis cuarteles a la menor ocasión.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;El &lt;em&gt;Batik-ano&lt;/em&gt; estaba de bote en bote. Decenas de mujeres, charlaban animadamente por los rincones, jugaban a la máquina de petacos o, bailaban, pegadas —como recomienda Sergio Dalma—o separadas, según sus preferencias y necesidades. No faltaba casi nadie y, por supuesto, tampoco Güendy, con su inseparable Viky. Güendy, despepitándose en la pista frente a una rubia explovisa, Viky, discretamente sentada en un sofá con más cara de aburrimiento que de otra cosa. Tal circunstancia nos sorprendió gratamente. El &lt;em&gt;modus operandi&lt;/em&gt; de Viky, en su asuntillo con mis colegas y en la forma de cancelar su relación con Silvia, le había granjeado un buen número de enemistades. Verla sola y aburrida, mientras Güendy intentaba seducir con sus contoneos a rubia explosiva ante sus narices, nos pareció el justo pago a su desfachatez.&lt;br /&gt;Clara, Angus y yo, nos situamos al fondo del local, desde donde se divisaba un panorama más completo.&lt;br /&gt;En cuanto tuvimos las copas en la mano, Clara, según su costumbre, se dedicó a mariposear, coqueteando con unas y con otras, motivo que indujo a Angus a quejarse dolorosamente y a reiterar lo harta que estaba de aquel comportamiento y, en general, de Clara.&lt;br /&gt;Ese fue el mi primer gran error. Escucharla. Ser depositaria de sus cuitas y, para más inri, intentar convencerla de que fuera comprensiva con las maniobras de Clara que, a mi entender, sólo ejecutaba para reforzar su escasa autoestima.&lt;br /&gt;El jueves siguiente, frente al tapete verde, les hice a mis chicas la crónica completa del evento.&lt;br /&gt;—Pero, ¿lo pasaste bien? —preguntó Raquel, que siempre procura ver el lado positivo.&lt;br /&gt;—Lo pasé bárbaro —admití—. Entre las dos consiguieron que me sintiera como una reina, pendientes de mí constantemente, rivalizando por acaparar mi atención. Pero, no sé, me da un poco de miedo el juego que se traen entre manos.&lt;br /&gt;—Tú siempre tan optimista —dijo Raquel —¿Qué te hace pensar que están jugando y a qué?&lt;br /&gt;—No es que lo piense, es que fue Clara la que me lo advirtió.&lt;br /&gt;Tuve que relatar todos los pormenores de la fiesta. La forma en que, me hicieron pasar de unos brazos a otros, bailando conmigo, Angus, en plan de demostrar sus habilidades como danzarina, Clara arrebatándome de los brazos de Angus, para pegarse a mí e intentar seducirme con toda su artillería.&lt;br /&gt;—Lo que más me divirtió fue la forma en la que me apartó de Güendy—comenté—. Me acerqué a la barra para pedir una copa y me la encontré allí, un poco cabizbaja. Como ya sabéis que, otra cosa no, pero a educada no hay quién me gane, me entretuve un poco con ella. No habían pasado cinco minutos cuando Clara, sin mediar palabra, me cogió de la mano y arrancó de su lado. Tuve que disculparme con Güendy con un «Perdona, le debo una pieza a esta amiga», por dejarla con la palabra en la boca, mientras Clara me arrastraba hacia la pista. Fue entonces cuando me advirtió: «No nos hagas caso, nos encanta jugar», a lo que respondí, haciendo gala de un dominio de la situación propio de mi edad y condición «No te preocupes, soy ludópata.»&lt;br /&gt;—Pues yo creo que lo hiciste estupendo —dijo Sara —. A ellas les apetecía jugar, y les seguiste el juego.&lt;br /&gt;—Sí —puntualizó Raquel—, lo malo es que, para tu desgracia, ambas lo sabemos, todo ese aplomo no es más que una fachada. Ten cuidado, Anita, por Dios, que te estoy viendo venir.&lt;br /&gt;Yo también me veía, la verdad, pero me negué a admitirlo.&lt;br /&gt;—Despreocúpate, no voy a ser tan tonta como para dejarme embaucar.&lt;br /&gt;Según pronuncié la frase, vino a mi memoria otra similar, pronunciada en circunstancias parecidas.&lt;br /&gt;—A ver si es verdad —sentenció Raquel.&lt;br /&gt;—No voy a negaros que Clara me guste como el caramelo —admití—, pero de ahí a que me embarque en una aventura con ella, va un abismo. Lo primero, porque no creo que yo sea su tipo y lo segundo, por Angus.&lt;br /&gt;—Y, ¿qué tiene de malo una aventura? —preguntó Raquel—, si la reduces a eso. Déjate querer, folla con ella, si se te presenta la oportunidad, y no te compliques la vida.&lt;br /&gt;—Pero... —protesté—está Angus.&lt;br /&gt;—Angus no es tu problema —se apresuró a decir Sara—, si le gustas a Clara, será ella la que tenga que decidir.&lt;br /&gt;—Y sopesar si eso supone o no un problema —completó Raquel—. Tú vete a lo tuyo, y cada palo que aguante su vela.&lt;br /&gt;¿Ves? A eso no te enseña nadie, al contrario, el bienestar ajeno siempre debe estar por encima del tuyo. Como esa lección la tengo muy bien aprendida, la posibilidad de perjudicar a Angus, pasó a constituir un verdadero problema para mi conciencia. Problema y coartada, que me servían para disfrazar mi inseguridad respecto a mis posibilidades reales de seducir a Clara.&lt;br /&gt;Un poquitín más de seguridad, un nivel de autoestima aceptable, me hubieran permitido ver, desde el primer momento, que era Clara quien intentaba conquistarme y que yo sólo tenía que darle un empujoncito, para que se decidiera a declararme sus intenciones. Un poco más de perspicacia me hubiera permitido interpretar sus señales de forma más objetiva, pero, como me ha ocurrido en tantas ocasiones, sólo vi lo que quise ver, o lo que es lo mismo, me convencí de que Clara era una tímida redomada, aunque, eso sí, su timidez no le impedía insinuarse a la primera oportunidad o sobarme en cuanto podía, animada por la cantidad de copas que consumíamos en aquellas noches interminables.&lt;br /&gt;La verdad es que lo pasábamos estupendamente las tres, o las cuatro, porque Carmen solía apuntarse, cuando cerraba el bar, aprovechando que su novia se levantaba tempranísimo y no podía trasnochar.&lt;br /&gt;No recuerdo haberme reído tanto como una vez que a Clara se le ocurrió jugar al &lt;em&gt;Y a ti, ¿qué te pone?&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;Nos habíamos pasado la noche en el Frida, esperando que Carmen terminara de trabajar, para asistir a la fiesta del fresón con cava, que Toñi, una antigua conocida nuestra, propietaria del &lt;em&gt;Ártico&lt;/em&gt;, uno de los &lt;em&gt;after hours&lt;/em&gt; más frecuentados de nuestra ciudad, organizaba en su bar, con el ánimo de adelantar el horario de su parroquia.&lt;br /&gt;Debían ser algo más de las tres de la mañana cuando llegamos al Ártico que, como suele ocurrir en esas ocasiones, estaba de bote en bote. Nada más entrar, Clara, cogió un par de fresones, de uno de los numerosos cuencos de la barra, y dos copas de cava. Mordió uno y me ofreció la otra mitad. Hizo lo mismo con el otro, introdujo los trozos en las copas y brindó conmigo, bajo la atenta mirada de Angus. Me azaré. Ni las tres copas que me había tomado en el Frida, fueron capaces de impedir que me afectara una parálisis de tamañas proporciones. Menos mal que Clara, haciendo gala de un perfecto dominio de la situación, tomó las riendas y propuso que iniciáramos el juego declarando, por orden, nuestras preferencias.&lt;br /&gt;—Empieza tú, que eres la mayor —me dijo.&lt;br /&gt;Como siempre me ha dado un poco de vergüenza airear mis fantasías sexuales, opté por señalar algo que no me comprometiera mucho.&lt;br /&gt;—Los escotes —dije pensando directamente en el suyo—, me ponen mucho los escotes.&lt;br /&gt;—¿Alguno en particular? —preguntó con picardía.&lt;br /&gt;Tendría que haberme arriesgado y contestarle «el tuyo, bombonazo», pero me contuve y opté por un «en general», más aséptico, que no me comprometiera ante Angus, sobre todo. Ella no se cortó.&lt;br /&gt;—Pues a mí, lo que más me pone son las intelectuales, y si son cuarentonas, mejor que mejor.&lt;br /&gt;¡Toma!, la primera, en la frente. Aún me quedaban unos días para cumplir los cuarenta, pero he cargado con sambenito de intelectual desde que una de mis íntimas amigas de la facultad, me bautizó con el cariñoso apodo de &lt;em&gt;Rata de Biblioteca&lt;/em&gt; que, con el tiempo, y gracias al gracejo de Carmen y su habilidad para adjudicar motes, se convirtió en Ana &lt;em&gt;Larousse&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;—Pues a mí —dijo Angus—, lo que más me pone son unos buenos pezones —y añadió, mirando a Clara con arrebatada pasión—, como los tuyos, cariño.&lt;br /&gt;—Coincidimos —corroboró Carmen.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;—¿También te gustan los pezones de mi novia?—preguntó Angus guiñándole un ojo.&lt;br /&gt;—Eso no vale —protestó Clara, que se había constituido en jueza del certamen—. Aquí cada una tiene que decir algo diferente.&lt;br /&gt;—Pues, unas buenas tetas —insistió Carmen, que quería dejar bien claro cuáles eran sus preferencias.&lt;br /&gt;—Eso le pone a cualquiera —comentó Angus, metida de lleno en el juego—. Hay que arriesgar un poco más. A mí, me pone muchísimo la ropa interior negra, sobre todo si es con tanga.&lt;br /&gt;—Sin embargo yo, prefiero el algodón blanco —puntualizó Clara.&lt;br /&gt;Van dos, pensé para mis adentros. No hacía mucho que habíamos tocado el tema y yo les había mencionado que echaba de menos, entre mi lencería, un conjunto negro, más sexi de los que acostumbraba a usar.&lt;br /&gt;—A mí —continuó Carmen, decidida a subir el tono—, lo que de verdad me pone son los ascensores, y si son de cristal transparente, mejor que mejor. Una de mis fantasías favoritas tiene lugar en el ascensor de un hotel, con todo el mundo esperando en la planta baja, mientras yo me lo hago con una desconocida.&lt;br /&gt;—Yo prefiero una alfombra frente a la chimenea —aseguré, dispuesta a impedir que nos lanzáramos a una espiral morbosa.&lt;br /&gt;—¡Qué romántico! —se burló Clara—Resulta mucho más divertido en público, aunque yo, prefiero la mesa de un despacho, sobre todo, si es de cristal y aluminio.&lt;br /&gt;Tres. La única vez que había estado en mi casa, había alabado mi buen gusto al escoge la mesa del estudio. Agradecí al cielo que Angus no hubiera estado y desconociera ese detalle.&lt;br /&gt;A partir de ese momento, las declaraciones adquirieron la calificación de Triple X, que no voy a reproducir, por no atentar contra la sensibilidad de las posibles lectoras. Pero me veo en la obligación de señalar, que un noventa por ciento de las preferencias de Clara, fueron alusivas a mi persona. El otro diez por ciento, si no logró escandalizarme, estuvo muy cerca.&lt;br /&gt;¿Debería haberme dado por enterada y haber aprovechado la ocasión para, en un momento en el que Carmen y Angus se dedicaron a hablar de sus cosas, facilitarle el camino a Clara? Seguramente sí, pero no fui capaz.&lt;br /&gt;—Tú es que pareces tonta —me recriminó Carmen, cuando le comenté mis sospechas—. Si, hasta yo, que no me entero de nada, me di cuenta de cómo te las estaba tirando...&lt;br /&gt;—Pero, chica, &lt;em&gt;Mari&lt;/em&gt;, estaba Angus delante...&lt;br /&gt;—A tu edad deberías ser un poco más espabilada, guapa. Si te lanza todas las que te lanzó, sin importarle que su novia esté delante, es porque le trae al fresco su opinión. Y si a ella no le importa ¿por qué tiene que importarte a ti?&lt;br /&gt;—Ya lo sé—reconocí apesadumbrada—, pero, ya sabes cómo soy.&lt;br /&gt;—¿Una cobarde sin solución? Bueno —me concedió—, no te preocupes, me parece que las oportunidades no te van a faltar.&lt;br /&gt;El ojo clínico de Carmen se mostró tan acertado como siempre. Una semana después se me presentó susodicha oportunidad, cómo no, en el &lt;em&gt;Frida&lt;/em&gt;, cómo no a las tantas. Clara aprovechó un momento que Angus nos dejó solas para ir al baño, para preguntarme, mirándome como si quisiera leer mi pensamiento.&lt;br /&gt;—¿Por qué nos pasamos las noches en la calle? Tú nunca has trasnochado tanto y ahora no hay quien te meta en casa antes de que amanezca.&lt;br /&gt;Lo directo de la pregunta y la posibilidad de tener que responderle sinceramente, poniendo en evidencia mis sentimientos, lograron descolocarme.&lt;br /&gt;—Podríamos decir lo mismo de ti —respondí para ganar tiempo.&lt;br /&gt;—No es igual, Ana, yo siempre he salido hasta las tantas...&lt;br /&gt;—Ya sabes que me gusta beber —reconocí—. Además, me lo paso estupendamente con vosotras y como estoy de vacaciones no tengo que preocuparme por el despertador.&lt;br /&gt;—¿Estás segura de que no hay algo más? —insistió, sin que cediera ni un ápice la intensidad de su mirada.&lt;br /&gt;Estuve en un tris de contestarle que el único motivo que me empujaba a pasarme las noches en vela, emborrachándome como un cosaco del Volga, era pasar el mayor tiempo posible con ella, pero mi cobardía y el temor a hacer el ridículo, me hicieron responder:&lt;br /&gt;—¿Qué crees tú que hay?&lt;br /&gt;—¿Por qué no te decides de una vez y acabamos con esta historia?&lt;br /&gt;No me dio tiempo a preguntar a qué se refería, porque volvió Angus del baño y nos fuimos a tomar la siguiente al &lt;em&gt;Batik-ano&lt;/em&gt;, donde nos dedicamos, como era habitual, a bailar pegadas —con Clara, por supuesto, que con Angus era otra cosa— y ella a sobarme todo lo que podía, sin que yo me atreviera a responder, como se merecía, a sus insinuaciones.&lt;br /&gt;—No sé por qué tienes tantas dudas, Ana —me dijo Raquel, cuando las puse al corriente de los últimos acontecimientos—. Está claro que le atraes, pero, como ya imagino en qué actitud te pones, no se atreve a dar el primer paso.&lt;br /&gt;—No estoy tan segura. A esta chica le gusta mucho jugar y me niego a entrar en esa dinámica.&lt;br /&gt;—Y, si está jugando, ¿qué? Tampoco es tan malo. Es más —añadió—, por lo que cuentas, es lo mejor que te puede ocurrir. Ella tiene una relación estable que resiste todo lo que le echen encima, porque si no, hace tiempo que debería haberse acabado. A ti te gusta que te mueres, pero, no sólo no te atreves ni a insinuárselo, si no que, cuando ella se insinúa, te pones todo lo tiesa y distante que puedes, para quitarle toda esperanza. Así no vas a ningún sitio. ¿O no, Sara?&lt;br /&gt;—Yo lo que veo es que te está pasando lo mismo que con Belén —dijo Sara—. Mucho coqueteo, muchas copas, muchas noches interminables y tú sigues sin resolver nada. Y lo que es peor, muriéndote de ganas de acostarte con ella.&lt;br /&gt;Eso era verdad. Me estaba ocurriendo lo mismo que con Belén y lo mismo que con Bárbara, que me pasé un año cortejándola antes de decidirme a llevármela a la cama. El único detalle que distinguía ésta de la historia de Belén, era que yo me negaba a admitir que me había enamorado hasta los tuétanos. Primero porque Clara me daba miedo y, conociéndome como me conozco, temía convertirme en un juguete en sus manos; y segundo, los problemas de conciencia que suponía mi relativa amistad con Angus, me hacían recriminarme constantemente mi debilidad al haberme enamorado de una mujer que ya estaba comprometida.&lt;br /&gt;—Arriésgate, Ana —insistió Raquel—. Y si luego resulta que es verdad lo que temes, que lo dudo, cierras capítulo, y a otra cosa.&lt;br /&gt;—Tienes razón —admití—, tenía que haber aprovechado su pregunta del otro día para decirle claramente lo que siento. Ahora no sé cómo voy a hacerlo.&lt;br /&gt;—¿Qué nos apostamos a que te lo vuelve a preguntar? —dijo Raquel— Y te lo digo muy seriamente, o le contestas lo que tienes que contestarle, o no vuelvas a hablarme de este asunto, que ya me tienes aburrida.&lt;br /&gt;Efectivamente, tal y como previera Raquel, la oportunidad se me presentó al fin de semana siguiente. Como siempre, quedamos en el Frida, en esta ocasión después de cenar porque ellas tenían un compromiso.&lt;br /&gt;Para evitar pasarme el día destrozándome el cerebro, quedé con Marina para jugar los dieciocho hoyos de nuestro club, a razón de los nueve primeros por la mañana y los nueve segundos después de comer. A las siete de la tarde, exhausta pero satisfecha de mis resultados en el campo y con la moral por las nubes, llegué a casa dispuesta a diseñar un perfecto plan de ataque, por si Clara, contradiciendo las previsiones de Raquel, no me repetía la pregunta que me diera pie a confesarle mis sentimientos.&lt;br /&gt;Metida en la bañera, con el Concierto nº 2, para piano y orquesta, de Rachmaninoff de fondo, que siempre ha actuado en mí como un bálsamo, redacté mentalmente el diálogo al completo. Me puse una mascarilla. Peiné la melena, pinté el ojo, me vestí con lo mejorcito de mi guardarropa y, a las doce en punto, me instalé en el &lt;em&gt;Frida&lt;/em&gt;, a esperar la llegada de las chicas, más nerviosa que una debutante.&lt;br /&gt;Me dio tiempo a tomar dos copas, durante la tensa espera, porque aquella noche, mira tú por dónde, Clara y Angus se retrasaron más de lo normal. Carmen, detrás de la barra, intuyó mi nerviosismo y, cuando iba a pedirle la tercera me dijo:&lt;br /&gt;—¡Huy!, se me olvidaba. Hace un rato que llamó Angus para avisarte de que no podían venir, por no sé qué complicaciones del bufete.&lt;br /&gt;—¡No me jodas! —exclamé seriamente afectada.&lt;br /&gt;—¿Qué pasa, tenías algún plan especial para hoy? —continuó, riéndose descaradamente en mi cara.&lt;br /&gt;No respondí porque, en aquel mismo momento, vi la cabeza de Clara sobresalir entre las decenas de personas que atestaban el local. Miré a Carmen, que me guiñó un ojo con picardía, al tiempo que esbozaba una sonrisa de complicidad.&lt;br /&gt;—Eres una guarra —dijo Clara, a modo de saludo, mientras me atraía hacia ella, para besarme morbosamente, muy cerca de la comisura de los labios—, me he pasado la tarde esperando que llamaras.&lt;br /&gt;—Como ya habíamos quedado ayer... —me disculpé, más que afectada por la proximidad de su generoso escote.&lt;br /&gt;—No intentes disculparme —continuó, sin quitar el brazo de mi cintura—. Si no te llamo yo, eres incapaz de descolgar el teléfono.&lt;br /&gt;—¿Cómo es que llegáis tan tarde? —pregunté, para cambiar de tema.&lt;br /&gt;—Porque hemos cenado con estas amigas —respondió señalando hacia donde se había quedado Angus, con un par de mujeres que no conocía—. Pero yo contaba contigo.&lt;br /&gt;—¿Por qué no me has llamado tú? —quise saber, presintiendo que, a pesar de todo, no hubiera sido bien recibida en una cena de parejas.&lt;br /&gt;—No cambies de tema. Te gusta hacerte de rogar, y punto.&lt;br /&gt;Gracias a la intervención de Angus, que se acercó para presentarme a sus acompañantes, pude zafarme del apretado abrazo de Clara, que, para variar, había conseguido alterar hasta la última fibra de mi ser.&lt;br /&gt;Fue gracias a esas amigas, que se dedicaron a hablar con Angus, como Clara consiguió hacer un aparte para, según había predicho Raquel, volver a plantearme la pregunta, esta vez con más insistencia.&lt;br /&gt;—Bueno —me dijo muy seria—, tenemos una pregunta pendiente. ¿Quieres decirme, de una vez, por qué nos pasamos las noches en la calle? Porque eso de que te encanta beber y de que te lo pasas muy bien con nosotras, ya no cuela.&lt;br /&gt;Hice acopio de todo el valor que pude encontrar, rebusqué en mi memoria la frase que tan cuidadosamente había preparado y le respondí:&lt;br /&gt;—Lo hago para poder estar contigo.&lt;br /&gt;—¿Conmigo? —preguntó, y supe que su sorpresa era auténtica.&lt;br /&gt;—Sí —confirmé, y añadí, para no dejar lugar a dudas—, contigo, porque me gustas muchísimo.&lt;br /&gt;Pude apreciar que mis palabras la habían afectado por el modo en que se bebió medio güisqui, antes de decir:&lt;br /&gt;—Yo creí que la que te gustaba era Angus...&lt;br /&gt;Esta si que es buena. O sea, piensa que la que me gusta es su novia y ella no para de coquetaer conmigo. ¿Cómo se come esto? En vez de trasladarle mis dudas y, de paso, soltarle un par de frescas, le dije:&lt;br /&gt;—Ahora ya lo sabes. Puedes hacer lo que quieras con ello.&lt;br /&gt;—Nada malo —me aseguró y desapareció entre la marabunta que llenaba el local.&lt;br /&gt;Inmóvil, cual estatua de sal, y tan perpleja como puede suponerse ante una reacción de ese tipo, permanecí unos minutos, en la misma postura, sin saber a ciencia cierta a qué atenerme. ¿Qué significaba aquella espantada? ¿Tanto le había horrorizado mi declaración? Poniéndome en lo peor, que es lo que mejor sé hacer, me deprimí inmediatamente. Con la disculpa de lo tardío de la hora y el cansancio de los dieciocho hoyos jugados durante la tarde, abandoné el bar de Carmen, sin esperar el regreso de Clara, para llorar mi desgracia en la soledad de mi hogar y proporcionarme una buena sesión de autocompasión.&lt;br /&gt;Sí, había hecho el ridículo más espantoso. Y lo que era peor, sus coqueteos no iban dirigidos a mí, sino a evitar que me liara su novia. ¿Cómo podía haber sido tan torpe? ¿Cómo no había sido capaz de adivinar sus verdaderas intenciones? Por eso me había dicho aquel “decídete de una vez y acabemos cuanto antes”, que no había logrado procesar en su momento.&lt;br /&gt;Me sentí tan desdichada que me negué a salir de casa y a ver a nadie en tres días. Alterné el ordenador, intentando superar mi propio record del &lt;em&gt;Tetrix&lt;/em&gt;, con varias películas que me permitieran llorar a moco tendido, hasta agotar la última de mis lágrimas. &lt;em&gt;La buena estrella&lt;/em&gt;, &lt;em&gt;Los puentes de Madison&lt;/em&gt;, El &lt;em&gt;Club de la buena estrella&lt;/em&gt;, y &lt;em&gt;E.T&lt;/em&gt;., por ese orden, me permitieron descargar toda la tristeza que aplastaba mi alma como una losa.&lt;br /&gt;A los dos días me encontraba bastante recuperada. La proximidad de mi cumpleaños me facilitó la tarea de volver a mis cabales y dejar la autocompasión para fechas menos significativas. Me obligué a ver la parte positiva del asunto diciéndome que era preferible que la historia hubiera acabado antes de empezar. Así tendría la oportunidad de estrenar década sin lastre alguno. Sola, pero tranquila.&lt;br /&gt;Preparé con cuidado el paso de los treinta y nueve a los cuarenta. Metí una bolsa de palomitas en el microondas y escogí &lt;em&gt;Amanece, que no es poco&lt;/em&gt;, con la sana intención de realizar tan importante trámite con la sonrisa en los labios y el ánimo en alza.&lt;br /&gt;A las doce en punto sonó el teléfono. Al otro lado del hilo, dos voces conocidas, entonaron al unísono el cumpleaños feliz. Estuve a punto de atragantarme con las palomitas que no me había dado tiempo a tragar antes de levantar el auricular. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;—¿Qué tal te sientan los cuarenta? —preguntó Clara, haciéndose cargo del aparato.&lt;br /&gt;—No me habéis dado tiempo —respondí, procurando disimular la conmoción.&lt;br /&gt;—¿No me digas que pensabas quedarte en casa, precisamente esta noche?&lt;br /&gt;No respondí, pero tampoco me dio la oportunidad porque añadió:&lt;br /&gt;—Te esperamos en el &lt;em&gt;Cristian-dos&lt;/em&gt;, no tardes.&lt;br /&gt;No hubiera hecho falta que lo dijera. En cuanto colgué, me metí en la ducha, me bañé en mi colonia favorita, escogí un modelo favorecedor, pedí un taxi y, antes de media hora, me encontraba brindando con las chicas con una botella de cava. Ellas, que habían empezado la fiesta sin esperarme, ya tenían un puntito gracioso. Nos reímos muchísimo. Bailamos todas las horteradas con las que el pincha tuvo a bien obsequiarnos, incluidas varias joyas de los setenta y alguno que otro tema lento, que Clara me dedicó.&lt;br /&gt;Aprovechando la ausencia de Angus, Clara se abrazó a mí y me susurró al oído:&lt;br /&gt;—¿Por qué te fuiste? ¿Por qué me dejaste sola?&lt;br /&gt;No esperaba ni el abrazo ni la pregunta, pero salté, como empujada por un resorte.&lt;br /&gt;—Fuiste tú la que me dejó plantada, en medio del bar, si no recuerdo mal.&lt;br /&gt;—Pero volví, y ya no estabas.&lt;br /&gt;—Y, ¿ qué querías que hiciera? Me dejaste con la palabra en la boca, sin saber qué hacer ni qué pensar.&lt;br /&gt;—Salí a buscarte —continuó—, cuando me dijeron que te habías ido, salí detrás de ti, casi llegué a tu casa.&lt;br /&gt;—Podías haber llegado del todo….&lt;br /&gt;—Hubiera preferido que te quedaras conmigo y me dieras tiempo a reaccionar —y añadió dolida—, estaba convencida de que era Angus la que te gustaba, como siempre hablas más con ella que conmigo...&lt;br /&gt;—Porque tú no paras de coquetear ni un minuto con todas las que se te ponen a tiro—le recordé.&lt;br /&gt;—Lo hago para llamar tu atención —confesó.&lt;br /&gt;Angus volvió del baño y, como nos ocurriera en tantas ocasiones, dejamos la conversación a medias y volvimos a la barra. Tuve que sujetarme al taburete para no salir volando de la emoción. Sí, era cierto, ella también se había fijado en mí. No, no había hecho el ridículo declarándome. Sentí que era el mejor regalo de cumpleaños que pudiera tener y me dediqué a beber todo el cava que pude para celebrarlo.&lt;br /&gt;Pero la noche, aún me deparaba otra sorpresa. Esta vez fue Angus quien, aprovechando una ausencia de Clara, se sentó frente a mí y me dijo, muy seria:&lt;br /&gt;—¿Puedo hacerte una pregunta?&lt;br /&gt;—Desde luego. Que te la responda o no, es otra cosa —contesté con ese desparpajo que proporcionaba el nivel etílico que ya había adquirido—. Que ,sí mujer, que sí —tuve que matizarle al observar su cara de desconcierto—, que te contesto.&lt;br /&gt;—A ti te gusta Clara, ¿verdad?&lt;br /&gt;¡Vamos, no me jodas! ¿Se habrían puesto de acuerdo para tirarme de la lengua?&lt;br /&gt;—¿Y a ti?&lt;br /&gt;—¡Es mi novia! —exclamó ofendida.&lt;br /&gt;—Pues eso, Angus, pues eso. Es tu novia, así que lo que yo pueda sentir, o dejar de sentir por ella, perdóname, no tiene la menor relevancia.&lt;br /&gt;—O sea, que te gusta.&lt;br /&gt;—Realmente, Angus, ¿qué importancia tiene lo que yo sienta?&lt;br /&gt;—Lo que tú sientas, no lo sé, lo que ella siente por ti, mucha.&lt;br /&gt;Como ya he comentado los nocivos efectos que la culpabilidad tiene sobre mi existencia no voy a incidir más en el tema, pero he de constatar que la declaración de Angus me dejó fuera de combate. No tardé ni diez minutos en despedirme de ellas. Una vez en casa me dediqué a rumiar los acontecimientos de la noche. Me recriminé mil veces por haberme enamorado de Clara. Me sentí culpable. Mala, retorcida y culpable. Esa culpabilidad me impidió darme cuenta, hasta bastante avanzado el asunto, del papel que jugaba en su relación y hasta que punto Angus se apoyaba en mí para demostrar, una vez más, que Clara no era una persona digna de confianza, que ella estaba totalmente entregada a la causa de aquella relación con una abnegación digna de encomio y que el inmenso amor que sentía por ella era suficiente para resignarse al sufrimiento que conllevaba estar unida a una esposa infiel e inestable. ¿Cómo aumentar aún más su sufrimiento?&lt;br /&gt;Al día siguiente decidí darle unas merecidas vacaciones a Loli y, de paso, huir de la quema. No sería yo quien forzara ninguna situación. No sería yo la que se metiera en medio de una pareja, por mucho que Clara se me insinuara a la menor ocasión. Si realmente le interesaba, que se mojara ella. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;En esta ocasión, como en muchas otras opté, después de haber consultado mi futuro sentimental al Tarot y al I Ching —que es lo que tenemos las esotéricas, que no damos un paso sin haber consultado uno o varios oráculos—, opté por una retirada prudente que me permitiera reorganizar las ideas. Con la excusa de la Semana Santa, corrí a refugiarme en los amorosos brazos de Marta, aún a costa de soportar los sarcasmos de Pelayo, muy acertados, casi siempre.&lt;br /&gt;—Bienvenida al refugio —fue el saludo de mi amigo— ¿Qué nuevo descalabro amoroso te trae por aquí?&lt;br /&gt;—¡Pelayo! —exclamó Marta, ofendiéndose por mí— No empieces, déjala en paz.&lt;br /&gt;—No te preocupes —afirmé, sonriendo—, en esta ocasión &lt;strong&gt;aún&lt;/strong&gt; no tenemos descalabro.&lt;br /&gt;Los puse al corriente de las últimas novedades durante la cena. De las novedades, de las dudas, de los cargos de conciencia, de la inseguridad..., en fin, de todas las trabas que suelo ponerme a mí misma en cuanto siento que el amor llama a mi puerta.&lt;br /&gt;—Por si lo dudabas —dijo Marta, cuando nos quedamos solas frente a la chimenea—, a esa chica le gustas, y mucho. Pero el &lt;em&gt;handicap&lt;/em&gt; de esa novia eterna me parece un escollo difícil de salvar.&lt;br /&gt;—Me da igual su novia —afirmé rotunda—. No tengo ninguna intención de casarme, de momento.&lt;br /&gt;—Ya me conozco tus intenciones momentáneas —respondió ella, que me conoce como pocas personas en este mundo—. Empiezas a lo tonto, como te pasó con Belén, y terminas enamorándote como una quinceañera.&lt;br /&gt;—Eso no te lo discuto, pero no creo que Clara quiera arriesgar su matrimonio por mí.&lt;br /&gt;—Ya lo ha arriesgado antes —manifestó—. Y nada menos que con Viky y con Güendy, sucesivamente. Mira —añadió con un gesto de desagrado—, eso es lo que menos me gusta de ella, porque a la otra no la conozco, pero Güendy, como sabes por propia experiencia, es un mal bicho.&lt;br /&gt;—Por eso, Marta, por eso. Después de los follones que tuvieron con ese par, no creo que Clara tenga ganas de más historias.&lt;br /&gt;—Si no las tuviera —me corrigió—, no se comportaría así contigo. De todas formas, Ana, ¿cuál es el verdadero problema? Sabes perfectamente lo que esa chica siente por ti, pero no estás dispuesta a aceptar que es así. No tienes la suficiente confianza en ti misma como para reconocer que por muy atractiva que sea ella, que no dudo que lo sea, pueda fijarse en alguien como tú y por eso te buscas disculpas y más disculpas para no arriesgarte. Por favor, Ana —continuó sin dejarme intervenir—, que ya no eres una adolescente... Si ella se ha fijado en ti es porque algo habrá encontrado en ti que la atraiga, ¿no crees?&lt;br /&gt;Los certeros comentarios de Marta influyeron positivamente en mi ánimo. Era cierto, Clara me hacía sentirme insegura y buscaba disculpas para no tener que aceptar las evidencias, para no tener que arriesgarme, como me pasaba siempre.&lt;br /&gt;—No seas tonta —me dijo cuando le comuniqué mis reticencias respecto a Angus—. Si la atracción es mutua no te pongas a pensar en el daño que puedas hacerle a Angus, eso no es cosa tuya, si no de Clara, y de la propia Angus que, por lo que parece, sigue empeñada en esa relación, a pesar de lo mucho que se queja de ella.&lt;br /&gt;Marta tenía razón. Angus no era cosa mía. Ni era mi amiga ni yo tenía porque implicarme en sus problemas, pero era a mí a quien Angus había confiado su desesperación cuando Güendy irrumpió en sus vidas y eso me traía muchos quebraderos de cabeza.&lt;br /&gt;—Es que —protesté—, lo ha pasado fatal. La historieta entre Güendy y Clara fue muy fuerte, y muy desquiciante para las dos. Ya sabes cómo es de intensa.&lt;br /&gt;—Eso te pasa por meterte a redentora —exclamó Marta indignada—. ¿Cuándo aprenderás, Anita, cuándo aprenderás? Porque, vamos a ver, ¿a quién se le ocurre convertirse en confidente de una rival?&lt;br /&gt;—Cuando la escuché por primera vez no éramos rivales —protesté débilmente—, es más, apenas nos conocíamos, ya lo sabes.&lt;br /&gt;—Y menos —continuó haciendo caso omiso a mis palabras— tratándose de Güendy. ¡Joder, Ana! ¿Qué os da?&lt;br /&gt;Eso mismo me preguntaba yo, a pesar de reconocer que había estado enamorada de ella hasta las trancas.&lt;br /&gt;—Siempre busca personalidades débiles como la mía —reconocí—, con la autoestima por los suelos, y demasiado necesitadas de cariño y atención. Pero —añadí —, hay que reconocérselo, maneja como nadie el arte de la seducción.&lt;br /&gt;—Pero, mira, no sedujo a Angus que será muy mona y muy interesante, pero no tiene ni el dinero ni las conexiones de Clara —objetó—. De todas formas, la que lleva ahí la voz cantante, es Clara.&lt;br /&gt;—Y Angus lo sufre, como me pasaba a mí con Bárbara.&lt;br /&gt;—¡Déjate de tonterías! Como te solidarices con Angus, estás perdida, Anita —me advirtió muy seria—. Me permito recordarte que nadie se mete donde no quiere y que nunca es la tercera persona la que llega a estropear nada. Como te pasó a ti con Bárbara, cuando se busca fuera, es que lo que se tiene en casa, por lo que sea, ya no te llena.&lt;br /&gt;No me quedó más remedio que aceptar sus argumentos. Y recordar una frase con la que Pelayo, en un intento de ayudarme a salir del marasmo en el que me encontraba a raíz de mi separación matrimonial, había conseguido remover todos mis cimientos. «Mírate —me había dicho—. ¿En qué te has convertido? ¿Qué puedes ofrecerle a Bárbara para que continúe a tu lado? Nada.» «Mi fidelidad y mi entrega —había respondido, convencida de que aquellas eran virtudes de innegable valor— ¿Te parece poco?» «Nada, Ana —me contestó—, eso no vale nada. La abnegación sólo hace que la otra persona se sienta culpable y huya. Mira dentro de ti y busca la persona que fuiste antes de convertirte en la esposa perfecta, aburrida y plañidera».&lt;br /&gt;¡Cuánto maldije entonces sus palabras¡ Y cuánto tuve que agradecerle después, cuando fui capaz de observarme a mí misma con un mínimo de objetividad, que me hubiera abierto los ojos de aquella manera.&lt;br /&gt;—Tú —continuó Marta—, vete a lo tuyo y olvídate de Angus. Que Clara, si tanto valora su matrimonio, se ocupe de ella.&lt;br /&gt;Pasé la semana como en una nube. Evoqué todos los momentos que había pasado con Clara. Analicé una por una sus palabras, sus gestos, sus insinuaciones, para terminar deduciendo que sí, que quería vivir aquel amor, a costa de lo que fuera.&lt;br /&gt;El domingo de Resurrección, a media tarde, sonó el móvil. Era Clara.&lt;br /&gt;—¿Se puede saber dónde estás? Llevamos toda la semana llamándote a casa.&lt;br /&gt;—Relajándome en la costa —respondí, fastidiada por el plural.&lt;br /&gt;—¿Cuándo piensas volver? —preguntó, con cierta inquietud.&lt;br /&gt;—Aún no lo he decidido. Me apetece aprovechar los últimos días de asueto al aire libre. Que luego tengo que ponerme a trabajar todo lo que no he trabajado en estos meses y me esperan muchas horas de encierro.&lt;br /&gt;—Entonces nos vamos a cenar contigo esta noche —ella, como siempre, tan decidida.&lt;br /&gt;Y cenamos. Ni el marisco ni el vino lograron romper la tensión del reencuentro. Angus, que tenía muy bien preparado el tema que le interesaba tocar, hizo una declaración de intenciones digna de encomio, que Clara suscribió con un discreto silencio. El sacrosanto matrimonio, el valor de los compromisos adquiridos, la fidelidad...&lt;br /&gt;Mientras Angus desgranaba sus teorías, haciendo una defensa a ultranza de aquello en lo que se sustentaba su propia seguridad, recordé un fragmento de un libro que solía recomendar en mis tiempos de psicóloga clínica que, en el capítulo dedicado a los deberes decía: “Considere el valor &lt;em&gt;el matrimonio debe ser para siempre&lt;/em&gt;. Como regla que rige la conducta no es realista: no se basa en resultados. No tiene en cuenta el hecho de que la lucha por mantener un compromiso matrimonial puede hacerle a usted y a su cónyuge infelices, con tal de no divorciarse. La regla el matrimonio debe ser para siempre se basa en el principio inflexible de que el matrimonio es el supremo bien. Su felicidad es irrelevante. Su dolor es irrelevante. &lt;strong&gt;Todo lo que cuenta es hacer lo correcto&lt;/strong&gt;».&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Efectivamente, lo que cuenta es hacer lo correcto. Lo correcto para una misma.&lt;br /&gt;No le entré al trapo a Angus, que recitaba su lección como para un examen. Preferí callarme lo que pensaba, al menos hasta que volviera a quejarse del sufrimiento que le causaban las infidelidades de &lt;em&gt;su señora&lt;/em&gt;. Entonces, sí que me iba a oír. No obstante, y como no quería dar pávulo a sus fundadas sospechas, prefería tranquilizarla. Le aseguré que me encontraba muy feliz en mi actual estado y que no deseaba complicarme la vida embarcándome en ningún tipo de aventura amorosa que, recalqué, me distraería del ímprobo trabajo que me esperaba a la vuelta de los meses sabáticos que me había concedido. En mi fuero interno, decidí esperar acontecimientos.&lt;br /&gt;Tal y como había supuesto, las propuestas de trabajo se apilaban sobre la mesa de mi estudio. La traducción de un nuevo manual del psicólogo canadiense en el que me había especializado, me obligó a ponerme las pilas y a encerrarme en casa para poder asistir a un curso sobre la psicología de fantasía, que tendrían lugar en Madrid dos semanas después de mi vuelta a la normalidad.&lt;br /&gt;Bendije a mi padre por su buen criterio al proporcionarme una educación bilingüe y a mi agencia por confiarme reiteradamente las traducciones del mismo autor, a quien he llegado a conocer tanto que apenas me supone esfuerzo verter sus obras al castellano, con la economía de tiempo que ello me supone.&lt;br /&gt;Durante aquellas tres semanas, apenas tuve noticias del mundo exterior. Vi a las chicas un par de veces, casi de pasada, en el Frida, en las dos únicas ocasiones en las que me permití salir a cenar con Antón y Belén, por un lado y Violeta, por otro. Pero hablé mucho con Carmen, por teléfono.&lt;br /&gt;—Mucho me extraña —me dijo Carmen, en una de aquellas ocasiones—, que dedicándote a lo que te dedicas y aconsejando como nos aconsejas a las demás, tengas tantas dudas sobre tus asuntos.&lt;br /&gt;—Ya sabes —le respondí resignada, consciente de mi paradójica realidad—, En casa del herrero...&lt;br /&gt;—Déjate de refranes y ponte a ello —me aconsejó—. Por lo que llevo viendo, no hay ninguna duda de que le interesas a Clara mucho más de lo que tú te crees. Si no hay más que verla, cuando venís juntas, que no te deja ni a sol ni a sombra.&lt;br /&gt;—Por eso no ha dejado de llamarme en todo este tiempo —objeté, sarcástica.&lt;br /&gt;—Llámala tú. Bastante tiene ella con el control exhaustivo al que la somete Angus.&lt;br /&gt;—Otras veces, cuando le interesó, llamó, con o sin Angus.&lt;br /&gt;—Desde luego, Anita, qué cómoda eres. No te la juegas así te piquen. Fíjate lo que te digo, yo creo que no te gusta tanto como quieres hacerme creer.&lt;br /&gt;—¡Qué sí! —protesté indignada por la duda— Lo que pasa es que, como metí la pata con Angus, ahora no sé qué hacer.&lt;br /&gt;—Si te interesa, ya encontrarás la forma —me aseguró.&lt;br /&gt;Y la encontré, vaya si la encontré. A mi regreso de Madrid, como hago siempre, corrí a reencontrarme con el mar. Un paseo por la playa, sintiendo el agua del mar y la arena bajo mis pies, han tenido siempre la virtud de sosegar mi ánimo y recargar mis gastadas energías. La tarde amenazaba lluvia. Negros nubarrones oscurecían el cielo, mientras que la ausencia de viento proporcionaba una tensa calma al ambiente y a las olas, que llegaban mansas hasta la orilla. Pasadas resacas habían llenado la marca de la última marea de los más diversos objetos, incluidos grandes troncos y un sinnúmero de piedras de todas las clases y tamaños, convirtiéndola en un variopinto muestrario.&lt;br /&gt;Aquel día, quizás porque no pude apartar a Clara de mis pensamientos, el paseo tuvo un efecto contrario en mí. El recuerdo de su sonrisa, del tacto de su piel, de su olor, me llenaron de melancolía. Pensé que nunca sería capaz de enfrentarme a las circunstancias que parecían atarla Angus, que me faltaba valor para luchar, contra aquel matrimonio que ella definía como indisoluble y del que, con su actitud, renegaba constantemente. Ni tan siquiera me encontraba con fuerzas para pensar en mí y olvidarme de todo lo que no tuviera que ver directamente con Clara y conmigo. La melancolía dio paso a la tristeza y sentí las lágrimas aflorar a mis ojos. Me paré un momento contemplando el horizonte gris plomo. Me sentí sin fuerzas, derrotada. Tanto, que me dejé caer sobre la arena para llorar a gusto. Fue entonces cuando reparé en una de las muchas piedras que dibujaban la sinuosa curva dejada por la marea. Tenía la forma exacta de un corazón. Un pétreo y diminuto corazón. La cogí y la apreté en mi mano, convencida de que era la señal que estaba esperando para no rendirme. Esa pequeña piedra, desgastada y rota, en cuya superficie se dibujaba, de forma tan precisa, un corazón, sería la disculpa que me acercaría a Clara.&lt;br /&gt;Volví a casa por el carril izquierdo de la autopista, espoleada por el contacto de la piedrecilla que había guardado en el bolso del pantalón. Me senté ante el ordenador y redacté una romántica carta, más propia de una adolescente que de una persona hecha y derecha, en la que explicaba las circunstancias de mi hallazgo y el significado que le atribuía. Estaba segura de que Clara, con quien había hablado muchas veces de estos temas esotéricos, compartiría conmigo la importancia de lo que yo había interpretado una señal del cielo. Busqué una caja que se adecuara al tamaño de mi regalo, deposité en ella la piedra, protegiéndola con algodón y la envolví con todo el primor de que fui capaz. Llamé a Carmen.&lt;br /&gt;—¿Que qué me parece? —me respondió ella, mucho más práctica que yo— Que si quieres saber el efecto que tiene sobre ella, no se la mandes, llámala por teléfono y dásela en persona.&lt;br /&gt;Destruí la copia de la carta, deshice el paquete, me metí la piedra en el bolso del pantalón y marqué el número del bufete. Milagrosamente ni se hallaba hablando por la otra línea ni estaba ocupada con ningún cliente y se encontraba de un humor excelente. Sorprendida, según dijo, muy agradablemente por mi llamada, escuchó lo que tenía que decirle al respecto de la piedrecilla sin hacer el mínimo comentario. No pude calibrar el efecto de mi declaración porque la llegada de un cliente nos obligó a interrumpir la conversación con el socorrido «Ya nos llamamos», pero colgué muy satisfecha de mí misma y segura de haber dado el paso adecuado.&lt;br /&gt;Con el ánimo elevado bastantes enteros, me dispuse a traducir uno de los artículos que tenía pendientes. A eso de las doce llamó Carmen.&lt;br /&gt;—Me veo en la obligación de darte una mala noticia, Anita querida —dijo a modo de saludo, con un tono que no me gustó nada.&lt;br /&gt;—No me asustes —pedí, intuyendo que se trataba de algo muy negativo para mis intereses.&lt;br /&gt;—Acaban de irse Angus y Clara —aclaró rápidamente para no alargar más la intriga—. Nos hemos pasado la noche hablando de ti.&lt;br /&gt;—Vaya —dije sin sorprenderme mucho por su revelación—. ¿Y?&lt;br /&gt;—Pues que me parece que la jugada de la piedra te ha salido fatal. Clara estaba bastante ofendida por tu atrevimiento y confesó no entender a qué se debía tu llamada y el interés por regalarle algo que no tiene nada que ver con ella.&lt;br /&gt;¡Mierda! ¿A qué coño estaba jugando aquella estúpida? ¿Quién le daba derecho a ponerme en evidencia ante Angus y Carmen?&lt;br /&gt;—¿Quieres decir que Angus sabe lo de la piedrecita? —pregunté indignada.&lt;br /&gt;—¿Tú qué crees?&lt;br /&gt;No respondí. El hecho de que se discutieran mis asuntos en comandita me produjo tal grado de indignación que preferí guardar silencio, antes que poner verde a Carmen por haber entrado al trapo.&lt;br /&gt;—Lo siento, &lt;em&gt;Mari&lt;/em&gt;, pero me parece que no tienes nada que hacer.&lt;br /&gt;—Eso ya lo veremos —contesté decidida—. Lo que me ha pasado entre nosotras durante estos dos meses, no tiene más que un significado, bien lo sabes, que has sido testiga. Que ahora quiera cubrirse las espaldas con Angus, cargándome con toda la responsabilidad, me parece muy poco digno y bastante cobarde, eso, por lo suave.&lt;br /&gt;—Ya, chica, pero una cosa es coquetear y otra jugarse el matrimonio.&lt;br /&gt;Comprendí que las palabras de Carmen encerraban una gran sabiduría, así como una realidad que no me era ajena. Maldije mi suerte por haber caído, una vez más, en aquel tipo de juego.&lt;br /&gt;—Pero ya le dije —continuó— que mejor lo aclaraba contigo, porque no se puede ir por ahí metiendo morbos, para luego agarrarse al tan manido &lt;em&gt;donde dije digo, dije Diego&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;Agradecí a mi amiga su valioso gesto y me despedí asegurándole que la tendría al corriente de cualquier novedad.&lt;br /&gt;No es que estuviera enfadada, no. Colgué el teléfono indignada conmigo misma, por haber caído en sus redes, declarándole mis intenciones, y con aquella sinsustancia que se había pasado casi dos meses coqueteando conmigo, para luego publicar que yo tenía una imaginación desbordante y que todo su juego carecía de significado. Me juré a mí misma que, en cuanto le echara la vista encima, iba a enterarse de quién era Ana Coreta. Para obligarme a no darle más vueltas al asunto, volví a mi trabajo con renovadas energías. A la una en punto sonó el timbre de la puerta.&lt;br /&gt;Todos mis sistemas de alarma se dispararon al unísono, acompañados por una fuerte descarga de adrenalina que convirtió mi corazón en un potro desbocado y mi estómago en una coctelera.&lt;br /&gt;—Hola, soy Clara. ¿Puedo subir?&lt;br /&gt;Accioné el interruptor sin responder y aguardé la llegada del ascensor, intentando acallar el coro enloquecido que atronaba mi cerebro.&lt;br /&gt;—¿No estarías acostada? —preguntó, a pesar de que mi atuendo indicaba claramente que esa posibilidad era nula, a no ser que, entre mis extrañas costumbres, se incluyera la de dormir vestida.&lt;br /&gt;—Pues no —respondí con cierto retintín.&lt;br /&gt;—¿Me invitas a una copa?&lt;br /&gt;—Claro. ¿Qué te apetece?&lt;br /&gt;Serví dos güisquis con hielo y agua intentando adivinar los motivos de su visita a aquellas horas de la noche. Si mi ánimo no se hubiera hallado en semejante estado de alteración, podría haber leído las señales de su nerviosismo. Eso me hubiera ayudado a tranquilizarme y afrontar con ciertas garantías de éxito al &lt;em&gt;toma y daca&lt;/em&gt; al que me sometió desde el primer momento. Pero cuando una es como es y tiene delante al objeto de su deseo, de nada sirve la experiencia ni los años ni lo mucho que se ha leído ni nada de nada. Los recursos se quedan a cero y sólo cabe esperar que la magnificencia de tu contrincante te evite una vergonzante derrota&lt;br /&gt;—¿Qué quieres de mí, Ana? —preguntó mirándome fijamente, en cuanto apuró el primer sorbo, sentada en el borde del sofá.&lt;br /&gt;Entre las, por lo menos, ciento cincuenta formas de iniciar la conversación que había imaginado mientras esperaba a que se decidiera a hablar, la única que no había previsto era aquella: directa, contundente, agresiva. Justo lo que necesitaba para terminar de descolocarme. Intenté ganar tiempo.&lt;br /&gt;—¿A qué te refieres?&lt;br /&gt;—Vamos, Ana —respondió con un gesto cargado de ironía.&lt;br /&gt;Aún no sé como conseguí encontrar el suficiente valor para un contraataque digno.&lt;br /&gt;—Tienes razón. Ambas sabemos a qué te estás refiriendo —acepté haciendo gala de una seguridad muy lejana a la realidad—, pero, creo que esa pregunta me corresponde hacerla a mí. Tú —recalqué el tú— eres la que has venido a mi casa a una hora bastante intempestiva, así que comprenderás que sea yo quien quiera saber qué es lo que pretendes.&lt;br /&gt;—De acuerdo —admitió—. He venido porque tenemos que hablar.&lt;br /&gt;La interrogué con la mirada.&lt;br /&gt;—Me parece —continuó— que ha habido un mal entendido entre nosotras y quiero aclararlo.&lt;br /&gt;Me puse en guardia, no sólo porque Carmen me hubiera puesto en antecedentes de la conversación que habían mantenido, sino porque la cuestión del malentendido me sonó mucho peor que mal.&lt;br /&gt;—Creo que te has confundido conmigo —declaró muy seria—. No sé que te ha hecho pensar que entre tú y yo podría haber algo más que una simple amistad.&lt;br /&gt;—¿No me digas? —pregunté sin dar crédito a lo que estaba oyendo.&lt;br /&gt;—En ningún momento te he dado pie para que pensaras que me interesabas más allá de eso.&lt;br /&gt;¡Hay que joderse!, pensé buscando en mi cabeza una respuesta digna de tal desfachatez.&lt;br /&gt;—Si tú llamas no dar pie a pasarte dos meses coqueteando conmigo, insinuándote sin ambages y metiéndome mano a la menor oportunidad, entonces sí, te he interpretado mal.&lt;br /&gt;Encendió un pitillo antes de responder.&lt;br /&gt;—Yo no he coqueteado contigo, Ana. Si no recuerdo mal, fuiste tú quien se declaró. Lo único que he hecho es ser cariñosa contigo, como lo soy con todo el mundo. Nada más.&lt;br /&gt;Lo que me faltaba, que se me repitiera la historia por tercera vez consecutiva. Estaba visto que no había otra más torpe que yo, que confundía las muestras de amistad pura y dura con descarados coqueteos. Me indigné. Vaya si me indigné.&lt;br /&gt;—De acuerdo —admití—, he cometido un error.&lt;br /&gt;—Pero no pasa nada —me interrumpió—, no te preocupes. Podemos seguir siendo amigas.&lt;br /&gt;¡Ah, no! Eso sí que no.&lt;br /&gt;—Lo siento—dije procurando controlar la rabia—, el cupo de mis amistades lo tengo cubierto. Me parece que te dejé muy claro que no era, precisamente, una amistad lo que yo pretendía tener contigo y como parece que eso no es posible, no quiero nada más de ti.&lt;br /&gt;Tuve la impresión de haber dado en el blanco porque el gesto de displicencia, con el que me había obsequiado desde su llegada, dio paso a otro menos altivo.&lt;br /&gt;—No te entiendo —dijo—. ¿Es que no lo hemos pasado muy bien juntas?&lt;br /&gt;—Por supuesto —reconocí sin abandonar mi actitud—. Me he divertido mucho con vosotras —hice especial hincapié en el vosotras— y, probablemente, podamos repetirlo en un futuro, cuando ya no sienta nada por ti; pero, de momento, hasta aquí hemos llegado.&lt;br /&gt;—¿Por qué no podemos ser amigas? —insistió.&lt;br /&gt;—Porque me gustas, Clara, porque me gustas mucho, pero, como también es evidente que mis deseos no coinciden con los tuyos, así que no tenemos nada más que hablar.&lt;br /&gt;—¿Me estás echando de tu casa? —preguntó, aparentemente muy afectada.&lt;br /&gt;—Si prefieres llamarlo así —respondí deseando realmente que se fuera y me dejara sola.&lt;br /&gt;—Pues lo siento, pero no voy a irme hasta que aclaremos esto.&lt;br /&gt;—No hay nada más que aclarar —dije decidida a zanjar la conversación, y de paso aquella historia absurda, lo antes posible—. Me has dicho que me he equivocado contigo, que te he interpretado mal, en otras palabras, que he cometido un terrible error. De acuerdo, lo admito, pero comprenderás que si lo he cometido, voy a solucionarlo a mi manera. Y la única manera que entiendo es que tú sigas por tu camino, yo por el mío y acabemos lo más rápidamente posible con esta farsa.&lt;br /&gt;La miré fijamente esperando una respuesta acorde con la dureza de mis palabras. Una respuesta que me permitiera liberar la frustración y la rabia producidas por lo que consideraba un juego absurdo y cruel. Pero, contra todo pronóstico contemplé asombrada como sus ojos se llenaban de lágrimas al decirme:&lt;br /&gt;—Siempre me pasa lo mismo. Todo el mundo me echa de su lado.&lt;br /&gt;Completamente desarmada por una reacción que no esperaba, intenté acercarme a ella y consolarla. Me rechazó con un gesto, se levantó y se dirigió decidida a la puerta.&lt;br /&gt;—No te vayas así —pedí—. Espera un poco.&lt;br /&gt;—Déjalo, Ana, no pasa nada, estoy acostumbrada. Me tomaré unos cuantos güisquis y se me pasará.&lt;br /&gt;—Como quieras —le dije, en un arranque de frialdad que me sorprendió a mí misma.&lt;br /&gt;Antes de que pudiera darme cuenta de lo que estaba pasando, me encontré en sus brazos.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;—Te quiero —le confesé.&lt;br /&gt;—¿Por qué te ha costado tanto decírmelo? —preguntó escondiendo la cabeza en mi cuello.&lt;br /&gt;Aquella pregunta me dejó total y definitivamente descolocada. No hacía ni media hora que me había asegurado que, entre ella y yo sólo cabía una amistad y, de repente, me recriminaba por no haber sido capaz de confesarle mis auténticos sentimientos. Los últimos resquicios de cordura se esfumaron y me rendí sin condiciones a lo que interpreté como un signo inequívoco de su amor.&lt;br /&gt;—Tenía miedo —admití, ya sin ningún reparo—. Miedo de que estuvieras jugando conmigo, de que sólo te divirtieras conquistándome para luego reírte de mis sentimientos.&lt;br /&gt;—¿Cómo puedes decirme eso, Ana? Si he hecho lo imposible porque te fijaras en mí...&lt;br /&gt;Bueno, vale, de acuerdo, no tuve en cuenta tamaña contradicción, es más, la obvié, obnubilada por el impacto de su declaración.&lt;br /&gt;—Y porque tienes una pareja...&lt;br /&gt;—Angus no tiene nada que ver en todo esto —me atajó, muy seria—, sólo nos incumbe a ti y a mí. Lo que siento por ella, lo que tengo con ella no va a cambiar.&lt;br /&gt;¿Qué fue lo que me impidió procesar aquella última frase? ¿Cómo pude obviar la importancia capital de sus palabras? ¿Cómo pudieron nublarse mis sentidos hasta el punto de pasar por alto tal declaración? Sea como fuera, mis embotados sentidos no percibieron la luz de alarma que, sin ninguna duda, debió encenderse en algún punto de mi cerebro y pasé por alto el contenido último de su mensaje. Si no fuera como soy, si no hubiera tenido, desde siempre, esa absurda necesidad de amar y ser amada, a cualquier precio, podría haber reaccionado. Podría haber huido en aquel mismo momento. Podría haber salido corriendo sin mirar atrás y haberla olvidado. Podría haber hecho justo lo contrario de lo que hice, si hubiera sido capaz de reconocerme a mí misma hasta dónde me había calado su amor y lo que, de verdad, quería tener con ella. Pero no. Desoí la voz de la razón, me dejé llevar por el estruendo de los fuegos artificiales que acompañaron nuestro primer beso y la llevé, directamente, a la cama, no sin antes enviarle un mensaje al móvil de Loli advirtiéndole de que no fuera a trabajar a la mañana siguiente.&lt;br /&gt;La primera noche que pasamos juntas no podría inscribirse en los anales de mi historia sexual. Estaba demasiado nerviosa, demasiado alterada para dejarme llevar por algo que no fuera la inmensa emoción que me produjo sentir — ¡por fin!— su cuerpo junto al mío. Había esperado tanto aquel momento, deseaba tanto poder abrazarla, que me hubiera conformado con besarla un millón de veces y permanecer a su lado simplemente sintiéndola.&lt;br /&gt;Tal era mi turbación, que salí del baño en pijama. Ella, que me esperaba desnuda sobre la cama, no pudo evitar un comentario sarcástico, a la vez que me quitaba la camiseta y me ayudaba a deshacerme del pantalón sin despegar sus labios de mi cuerpo.&lt;br /&gt;No puedo precisar el tiempo que dormimos aquella noche, pero fue muy poco. Apenas un par de horas para reponer fuerzas y volver a la carga hasta que, bien entrada la mañana, le confesé la necesidad imperiosa que tenía de tomarme un café y meter algo en el cuerpo que acallara las protestas de mi estómago.&lt;br /&gt;Mientras ella llamaba al despacho para advertir que llegaría un poco tarde, preparé un abundante desayuno que le llevé a la cama.&lt;br /&gt;—Y ahora, ¿qué vas a hacer? —preguntó con una timidez que no se correspondía con la fogosidad de la que había hecho gala hasta hacía pocos momentos.&lt;br /&gt;—Eso depende de ti —respondí deseando que aquella noche fuera sólo el principio la historia de amor que siempre había soñado —. Yo no tengo ningún compromiso, nada que me impida verte cada vez que nos apetezca.&lt;br /&gt;—Por cierto, ¿dónde tienes esa piedra que querías darme?&lt;br /&gt;Descubrir a Carmen me impidió responderle como hubiera deseado, así que rebusqué en los bolsillos del pantalón y se la di.&lt;br /&gt;—Puedes tirarla si quieres —dije sin poder evitar un cierto tono de acritud—. Cuando la encontré pensé que nos traería suerte, pero...&lt;br /&gt;—Y nos la ha traído —afirmó besándome—. Si no hubiera sido por ella, quizás no hubiéramos compartido esta noche. Y no, no pienso deshacerme de ella, será mi talismán.&lt;br /&gt;Cuando se fue, sólo tuve fuerzas para quedarme en la cama, repasando uno por uno los intensos momentos que habíamos vivido, empapándome con su olor, impregnado en las sábanas, deseando retener en la memoria cada una de las sensaciones vividas, soñando con volver a tenerla a mi lado.&lt;br /&gt;Un par de horas después sonó el teléfono.&lt;br /&gt;—No puedo dejar de pensar en ti —afirmó sin más preámbulos—. Necesito volver a verte. ¿Me invitas a tomar el café?&lt;br /&gt;Apenas me tuve tiempo de darme una ducha y preparar la bandeja, cuando ya la tenía otra vez en casa, dispuesta a retomar el asunto donde lo habíamos dejado.&lt;br /&gt;—Sólo tengo una hora —dijo antes de besarme y despojarme del modelín que había elegido tan cuidadosamente— y no quiero desperdiciar ni un momento.&lt;br /&gt;De nuevo deshicimos la cama, entregadas a un frenesí sexual de proporciones indescriptibles, que nos dejó definitivamente exhaustas.&lt;br /&gt;—Me encantaría quedarme contigo toda la tarde —confesó —, pero tengo un montón de trabajo. ¿Qué vas a hacer?&lt;br /&gt;—Intentaré dormir un poco, a ver si me recupero...&lt;br /&gt;—No vas a poder —me interrumpió —yo también lo intenté, y ya ves.&lt;br /&gt;Efectivamente, no pude dormirme. Estaba tan emocionada, tan alterada, que me fue imposible conciliar el sueño. Intenté trabajar, pero tampoco logré concentrarme. Raquel y Sara no estarían disponibles hasta últimas horas de la tarde, así que decidí descargar la tensión en el campo de golf.&lt;br /&gt;Como suele ocurrir en estos casos pude comprobar que, a pesar del agotamiento físico, mi juego ganaba muchos enteros gracias a la euforia resultante de tanta actividad sexual. Hasta el día de hoy no he logrado repetir los resultados de aquella tarde mágica en la que cada uno de los golpes que ejecuté se ajustó exactamente a los objetivos previstos. Cuando me disponía a patear en el green del hoyo nueve, observé una silueta conocida contemplándome sonriente desde la terraza de la casa club. No podía dar crédito a lo que veían mis ojos. ¡Era ella! Haciendo gala de un aplomo digno del mismísimo Josemari Olazabal, completé el hoyo como mandan los cánones, dos golpes en &lt;em&gt;green&lt;/em&gt;, y conduje el carrito hasta la terraza embargada por la inmensa emoción. No sólo porque estaba encantada de verla, si no porque interpreté que el hecho de que hubiera sabido dónde encontrarme demostraba hasta dónde llegaba su interés por mí.&lt;br /&gt;—Supuse que estarías aquí —dijo sonriendo.&lt;br /&gt;—Como no podía dormir...&lt;br /&gt;—Ya te lo advertí —afirmó besándome en la mejilla—. Si quieres terminar el recorrido, te acompaño.&lt;br /&gt;—No—respondí, decidida a aprovechar su inesperada visita—, me parece que ya he hecho bastante ejercicio por hoy.&lt;br /&gt;—Estupendo —declaró aliviada—. Entonces, vamos a tomar una copa. He quedado a las once con Angus, así que tenemos tiempo.&lt;br /&gt;No recuerdo nada de lo que hablamos aquella tarde. Sé que nos miramos embelesadas un par de horas y que, durante el tiempo que permanecimos juntas, no dejé de sonreír y de sentirme en el séptimo cielo. Cuando nos separamos con un «No sé si podré resistirme y tendré que ir a verte esta noche», fui consciente de que me había enamorado perdidamente de ella.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7385103199703731123-2691577491908816715?l=bemeuve.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://bemeuve.blogspot.com/feeds/2691577491908816715/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7385103199703731123&amp;postID=2691577491908816715&amp;isPopup=true' title='19 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7385103199703731123/posts/default/2691577491908816715'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7385103199703731123/posts/default/2691577491908816715'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://bemeuve.blogspot.com/2008/04/algunas-sonrisas-y-varias-lgrimas.html' title='Algunas sonrisas y varias lágrimas'/><author><name>Mármara</name><uri>http://www.blogger.com/profile/09935680480272505070</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='26' src='http://2.bp.blogspot.com/_f0jLUVPJA0s/SYIEZwYuKHI/AAAAAAAABTw/mne8UtHQK7I/S220/10-06-08.2.jpg'/></author><thr:total>19</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7385103199703731123.post-4458598333374867010</id><published>2008-04-09T23:49:00.003+02:00</published><updated>2008-04-10T09:18:02.916+02:00</updated><title type='text'>El retorno de Güendy</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Sin apenas tiempo para la especulación, Güendy protagonizó un par de episodios que dejaron bien claras sus intenciones: convertirse, una vez más, en miembro destacado de nuestra pequeña comunidad. La casualidad quiso que Lucía, una de mis múltiples conocidas &lt;em&gt;de toda la vida&lt;/em&gt;, clienta asidua del &lt;em&gt;Frida&lt;/em&gt;, fuera testiga de excepción de uno de esos episodios y le diera la publicidad necesaria para elevar a Güendy a la dudosa categoría de &lt;em&gt;personaje indeseable de la temporada&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;Silvia y Viky formaban una de las parejas más atractivas de la ciudad. Antes de jurarse amor eterno y compartir casa y recursos, ambas habían pasado por sendas relaciones con mujeres que las superaban con creces en edad y experiencia, de las que habían salido desengañadas, a la par que maltrechas. Lucía, secretamente enamorada de Silvia, aprovechó la ocasión para acercarse a ella. Le ofreció su amistad y la habitación de invitadas de su casa, así como un hombro en el que llorar y una oreja dispuesta a escuchar sus cuitas amorosas. Cuitas que disolvieron el amor de Lucía, pero dieron paso a una bonita amistad.&lt;br /&gt;Viky, por su parte, había buscado consuelo en los brazos de Carmen, con quien mantuvo un corto e intenso idilio, antes de que Silvia se cruzara en su camino y ambas iniciaran una prometedora relación, para desesperación de la cohorte de admiradoras que esperaban una ocasión para conquistarla.&lt;br /&gt;Cuando Güendy llegó a la ciudad no pudo por menos que fijarse en Viky, que trabajaba como camarera en el &lt;em&gt;Batik-ano&lt;/em&gt; mientras su novia se dejaba las pestañas en los libros de medicina. Noche tras noche se apostaba en una esquina de la barra acechando a su presa. Noche tras noche, Silvia recogía a Viky, cuando acababa de estudiar, y Güendy debía conformarse con un casto beso de despedida y la promesa de un &lt;em&gt;hasta mañana&lt;/em&gt; con la que Viky compensaba las horas de espera infructuosa.&lt;br /&gt;Pero como todo llega en esta vida, a Güendy también le llegó su oportunidad. Silvia, empeñada en acabar la carrera, decidió recluirse en la casa familiar a preparar una asignatura que arrastraba desde primero.&lt;br /&gt;Una llamada telefónica, dos días antes del comprometido examen, acabaron con sus posibilidades de aprobar la asignatura y con la promesa de amor eterno de Viky, que le exigió que saliera de su vida sin hacer preguntas y se llevara sus cosas de la casa que habían compartido.&lt;br /&gt;Silvia abandonó la concentración y volvió a la ciudad resignada a su suerte. Temiéndose lo peor, le pidió a Lucía que la acompañara a recoger lo imprescindible hasta encontrar un lugar en el que instalarse con todos su enseres. Enseres que había adquirido a medias con Viky y que, llegado el momento, sería preciso repartir civilizadamente. La primera sorpresa se la llevó al encontrarse con la cerradura cambiada. La segunda, cuando Viky le abrió la puerta y, sin mediar palabra, le tiró al descansillo un par de bolsas de basura, en las que había metido su ropa y algunos objetos personales. Silvia, que era una chica de carácter templado, pretendió iniciar un diálogo, por aquello de aclarar qué pasaba con el resto de las cosas que habían adquirido juntas. Desde el fondo del pasillo un grito estentóreo respondió a su pregunta.&lt;br /&gt;— ¡No la escuches! ¡Échala!&lt;br /&gt;La voz en &lt;em&gt;off&lt;/em&gt; de Güendy unida a un rotundo portazo puso fin a la escena y a la prometedora relación que habían iniciado un año antes.&lt;br /&gt;Tal y como estaba previsto, Silvia se refugió en casa de Lucía donde, poco a poco y gracias a los solícitos cuidados de su anfitriona, se recuperó y se lió con Lola. Pero ésa es otra historia.&lt;br /&gt;Ni que decir tiene que Silvia hizo públicos los términos de la ruptura. El ambiente en pleno se solidarizó con la despechada y aprovechó la ocasión para despellejar a las traidoras, sobre todo a Güendy, que contaba con una caterva de víctimas similar a las que produce un tsunami. Víctimas entre las que, he de admitirlo, me encontraba yo.&lt;br /&gt;La segunda actuación de Güendy me tocó de refilón. Aislada de la vorágine nocturna, mantenía los contactos justos con el ambiente para no quedarme descolgada. Carmen y Violeta, con quienes solía cenar de vez en cuando, me mantenían al día de las novedades.&lt;br /&gt;En una de las cenas que compartí con Carmen le pregunté, como quien no quiere la cosa, por Clara y por Angus.&lt;br /&gt;—No sé nada de ellas —me contestó con un cierto deje de preocupación—. Hace muchísimo que no pasan por el bar y me extraña, ya sabes que son asiduas ¿Por qué me lo preguntas?&lt;br /&gt;—Por nada en especial —respondí, intentando aparentar indiferencia—. Como hace tanto que no me hablas de ellas...&lt;br /&gt;No tragó. Soltó los cubiertos, arqueó la ceja y dijo:&lt;br /&gt;—La que nunca me hablas de ellas eres tú. ¿Hay algo que deba saber?&lt;br /&gt;Me resistí unos momentos antes de claudicar.&lt;br /&gt;—El otro día cenaron con Güendy y con Viky —la informé, sin citar mis fuentes.&lt;br /&gt;—¡No me jodas! —exclamó indignada —Ahora me explico por qué no aparecen por el bar.&lt;br /&gt;—¿Y eso? —pregunté sin entender la relación.&lt;br /&gt;—Güendy y Viky no han vuelto al bar desde el día que celebraron el cumpleaños de Viky. ¿Te acuerdas que te comenté lo mucho que me extrañó que se dignaran a terminar la fiesta en el Frida y que tuve que pedirles que se marcharan, porque pretendían que me uniera a ellas? Bueno, pues, desde entonces, Viky anda comentando por ahí que le niego la entrada.&lt;br /&gt;—Sí, sí, me acuerdo, pero sigo sin entender qué tiene que ver una cosa con la otra.&lt;br /&gt;—¡Chica, Ana, a veces me da la impresión de que no te enteras de nada! Si Güendy y Viky han hecho pandilla con Clara y Angus y, ni unas ni otras pisan mi bar, es que se han hecho íntimas.&lt;br /&gt;—Pero que se hayan hecho íntimas, no implica que Clara y Angus se enfaden contigo, ¿no? —objeté, creo, con bastante lógica.&lt;br /&gt;—Eso ya lo veremos —sentenció—. Objetivamente no tiene ninguna importancia, todas somos muy libres de salir con quien nos apetezca, pero me jode que esas dos se alíen con Clara y con Angus, porque estoy segura de que va a traer cola. Y no lo digo por Güendy, sino por Viky, que me pone verde por ahí, la muy cretina.&lt;br /&gt;—Y a ti, ¿qué más te da lo que diga?&lt;br /&gt;—Mientras no me afecte, me da igual —afirmó—, todo el mundo sabe quien es y de qué pie cojea, pero no me apetece nada que me deje mal ante Clara y Angus.&lt;br /&gt;No tuve que esperar mucho tiempo para comprobar que las sospechas de Carmen no iban desencaminadas. Por motivos que no vienen al caso, abandoné mi retiro en dos ocasiones. En ambas acabé la noche en el Batik-ano y, en ambas, coincidí con Clara y con Angus, que, de forma incomprensible para mí, se mostraron muy distantes. En una de las ocasiones, estaban con Güendy y Viky, a quienes también note un poco frías conmigo.&lt;br /&gt;Me faltó tiempo para llamar a Carmen y contárselo. Una vez que te metes en la vorágine de los dimes y diretes, cualquier ocasión es buena para dar rienda suelta a la lengua.&lt;br /&gt;—Iba a llamarte yo para decirte lo mismo. El sábado pasado me las encontré en el &lt;em&gt;Batik-ano&lt;/em&gt; y, ¿puedes creer que desviaron la mirada? —me comentó, mosqueada—Lo que más me fastidia es que quedé como una estúpida, con la sonrisa en los labios mirando al vacío.&lt;br /&gt;—¡Huy, pues sí, vas a tener razón —admití—, aquí pasa algo raro.&lt;br /&gt;¡Hala, ya la teníamos armada! Güendy en acción, y las demás haciéndole la ola y convirtiéndola en el centro de nuestras conversaciones. Me maldije a mí misma por no haber sido capaz de sujetarme la lengua, pero el mal ya estaba hecho.&lt;br /&gt;—Nada raro, Anita, nada raro, estando Viky por el medio, que no te extrañe nada —y añadió—. Desde luego, esa niña merece que le partan la cara.&lt;br /&gt;—Si me permites que te corrija, a ambas, porque seguro que Güendy también tiene algo que ver.&lt;br /&gt;Carmen siempre había defendido a Güendy contra viento y marea, so pretexto de que había sido muy feliz con ella y no quería estropear los buenos recuerdos que conservaba de aquella época. Nunca quise llevarle la contraria, a pesar de que Carmen omitía, sistemáticamente, el desastroso final de su relación.&lt;br /&gt;—Prefiero pensar que es cosa de la otra —Carmen, en sus trece—. Güendy siempre ha sido muy discreta.&lt;br /&gt;—Lo habrá sido contigo, guapa —puntualicé—, porque conmigo, desde luego, se cubrió de gloria. O, ¿no te acuerdas de que, pesar de que fue ella la que me dejó tirada sin previo aviso, se dedicó a contar barbaridades de mí a quien quisiera escucharla, incluida tú? Además, ¿qué pueden haberles contado para que, de repente, nos tachen de su agenda?&lt;br /&gt;—Ni lo sé ni me importa —aseguró—, pero lo que más me jode en la postura de Clara y Angus. Al fin y al cabo, las conocieron por mí.&lt;br /&gt;—Pues, perdóname que te diga que si se dejan influir por ese par de arpías, no son muy amigas tuyas.&lt;br /&gt;No debería haber sido tan tajante. Sabía por experiencia que los manejos de Güendy eran capaces de socavar la más firme de las adhesiones, aunque, tarde o temprano, ella misma descubría su juego y las incautas, terminaban blasfemando en arameo y acudiendo a darse cabezazos contra el muro de las lamentaciones por haberse dejado arrastrar por semejante embaucadora. Múltiples episodios, que no vienen al caso, servirían para avalar mis palabras, pero no creo que merezca la pena perder el tiempo con ello.&lt;br /&gt;El caso es que, tal y como había sospechado Carmen, Clara y Angus se hicieron íntimas de Güendy y Viky y se alejaron de ella y del Frida. Como el tiempo lo pone todo en su sitio, y, en un círculo tan cerrado como el nuestro, acabas enterándote de todo, las propias afectadas nos aclararon meses después, las causas de su inexplicable comportamiento. Pero, no adelantemos acontecimientos.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Después de pasarme varios trabajando a destajo para, entre otras cosas, paliar los efectos que mis descalabros sentimentales tenían sobre mi ánimo, decidí celebrar mi cuarenta cumpleaños regalándome un par de meses sabáticos. Dos preciosos meses de pura y dura hibernación que pensaba dedicar a recuperarme de todos mis excesos, lejos del teléfono, los aeropuertos, el ambiente y, por supuesto, de la búsqueda de mi media naranja, que no me había traído más que rompederos de cabeza.&lt;br /&gt;Me tomé tan en serio esta decisión que hasta evité empezar el año con las doce uvas de rigor para evitar que el eterno deseo de enamorarme se me colara en el pensamiento y estropeara un año que intuía decisivo. Un mes antes de la fecha señalada me retiré a mis cuarteles. Aumenté el horario de trabajo a Loli, al objeto de no tener que preocuparme de las ingratas tareas del hogar y me dispuse a disfrutar del merecido descanso lejos de todo lo que pudiera comprometer mi decisión. Sin embargo, una vez más, tuve que rendirme a la evidencia de que los caminos del Señor son inescrutables, las casualidades no existen y los seres humanos, algunos, como yo, más que otros, somos juguetes en manos del destino.&lt;br /&gt;Durante primeros quince días me mantuve fiel a mi plan. Loli, casi perfecta en su papel de factótum, me llevaba el desayuno y el periódico a la cama, en la que remoloneaba hasta el medio día. Matizo el casi. No hubo un sólo día en el que pudiera saborear al cien por cien el inmenso placer de desayunar en la cama leyendo la prensa. Ella se sentaba frente a mí, cajetilla en mano, dispuesta a amenizar mi despertar con el relato pormenorizado de sus vicisitudes sentimentales. Cuando no tocaban las faenas de su ex marido, que no la dejaba ni a sol ni a sombra, a pesar de haberse ido ella de casa, harta ya de estar harta, tocaban las de los muchos pretendientes que la asediaban. El caso era que no había día en el que mi Loli me dejara desayunar tranquila. Hubiera deseado que, ya que me hacía la gracia, me permitiera disfrutar el momento, pero como no tuve valor para desengañarla no me quedó por más que resignarme.&lt;br /&gt;Eso sí, en cuanto terminaba el desayuno, Loli continuaba con las tareas de mi hogar y yo permanecía en la cama, agotada, hasta que se iba. Un baño, seguido por una sesión de relajación, completaban la mañana que, entre unas cosas y otras, se me ponía en las tres de la tarde. A veces venían Raquel y Sara a tomar el café y jugar una partidita antes de acudir a su trabajo, otras era Violeta la que se encargaba de que no estuviera sola tanto tiempo. El resto de la tarde lo dedicaba a leer, navegar, hablar por teléfono, o las tres cosas a la vez según estuviera de humor. Dos veces a la semana recibía clases de golf, destinadas a mejorar mi &lt;em&gt;swing&lt;/em&gt;, pulir el &lt;em&gt;approach&lt;/em&gt; y dominar la difícil técnica del pateo. En las noches alternaba el chat con el cine, acompañada por Violeta, o mis chicas, y alguna que otra cena casera. Los jueves, como siempre. Ni un sólo día me dejé caer por el &lt;em&gt;Frida&lt;/em&gt; ni salí a cenar con Violeta, Antón y compañía. Pero, una de aquellas tardes perfectas me llamó Carmen.&lt;br /&gt;—Tengo que decirte, Anita querida, que eres una indeseable —me espetó a modo de saludo—. Una cosa es que te retires y otra que me abandones de esta forma, ¡coño!, que llevo casi un mes sin verte el pelo, jodida.&lt;br /&gt;—Yo también pensé que habías perdido mi número —le respondí con cierto retintín—. Porque si no te llamo yo...&lt;br /&gt;—No empecemos, que aquí la teléfono adicta eres tú y la que has decidido aislarte, también eres tú —contestó con la misma indignación, o más —. No seré yo quien ose interrumpir tu estricto retiro.&lt;br /&gt;—Entonces, ¿a qué debo el honor de esta llamada? —pregunté con más retintín.&lt;br /&gt;—Si la montaña no va a Mahoma...&lt;br /&gt;—De acuerdo, tienes razón —concedí—, me he despistado un poco. Pero podría habérsete ocurrido pasar por aquí, si no te apetece llamar, sabiendo como sabes que me paso el día en casa.&lt;br /&gt;—La verdad es que he tenido un poco de lío —admitió en un tono más pausado—. Patricia se ha cambiado de casa, hemos tenido que pintarla, hacer el traslado, en fin, ya sabes. Y con lo nerviosa que se pone ella, por poco nos divorciamos.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Sonreí al imaginar a Patricia en semejante trance, instalada en sus tacones de ocho centímetros, con mono de trabajo y pañuelo, &lt;em&gt;ad hoc&lt;/em&gt;, protegiendo su impecable melena rubio platino. Aproveché el lance para lanzar una puñaladuca trapera a mi amiga, eso sí, sin ánimo de zaherir.&lt;br /&gt;—Querrás decir que &lt;strong&gt;has tenido&lt;/strong&gt; que pintar y &lt;strong&gt;has tenido&lt;/strong&gt; que hacer el traslado, porque no me imagino a esa novia tuya arriesgándose a romperse una uña.&lt;br /&gt;—¡Ya te vale, Anita! —respondió riéndose— De todas formas, no te llamo para quejarme de mis trabajos forzados, sino para contarte una jugosa novedad.&lt;br /&gt;—Cuéntamelo todo, sin omitir detalle —pedí ligeramente ansiosa, imaginando por dónde me iban a caer los tiros.&lt;br /&gt;—Intrigada, ¿eh?&lt;br /&gt;—Bueno...&lt;br /&gt;—Ayer, que por cierto tuve una jornada desastrosa en el bar, aparecieron Clara y Angus. Ya habían estado un día, la semana pasada, intentando darme palique, pero no les entré al trapo. Me di cuenta de que tenían mucho interés en darme explicaciones de su actitud y pasé de todo, porque, de verdad, no me interesa lo más mínimo.&lt;br /&gt;Clara y Angus otra vez en el candelero, intentando disculparse con Carmen...&lt;br /&gt;—Pero ayer —continuó—, que no había casi nadie en el bar, no me quedó más remedio que escucharlas. ¿Adivinas?&lt;br /&gt;Sí. Adiviné que nuestra Güendy había vuelto a hacer de las suyas y que las chicas, como tantas antecesoras en su misma situación, volvían al redil arrepentidas. Pero, a pesar de que siempre he presumido de una imaginación prodigiosa, el relato de Carmen superó con creces mis sospechas.&lt;br /&gt;—¿Recuerdas aquel día que viniste a buscarme para ir a cenar y te tomaste una copa con ellas mientras llegaba la camarera?&lt;br /&gt;Habían pasado casi tres meses, pero la imagen volvió nítida a mi cabeza. Clara, Angus y Güendy, estaban sentadas en una mesa a la entrada del bar y no pude evitarlas. Lo primero que me llamó la atención fue la expresión de sus rostros, tensos y ojerosos; lo segundo, la cantidad de alcohol que consumieron en los escasos veinte minutos que compartimos. Lógicamente comentamos su extraña presencia, después los injustificados desplantes que le dieran a Carmen tiempo atrás.&lt;br /&gt;—Debe ser algo gordo —había comentado, entonces, Carmen— porque, el jueves, tuvieron una bronca morrocotuda en el &lt;em&gt;Batik- ano&lt;/em&gt; y Viky se pasó toda la noche consolando a Clara.&lt;br /&gt;—¿Y Angus?&lt;br /&gt;—Se marchó sola.&lt;br /&gt;—¿Y Güendy?&lt;br /&gt;—A ésa no le vi el pelo. No sé por qué me da que la cosa anda entre Viky y Clara.&lt;br /&gt;Sus suposiciones, según le contaron a dúo, fueron ciertas. Viky, harta de aguantar los dramas de Güendy, que pasaba por una de sus temporadas de fatalismo, y atraída por los múltiples encantos de Clara, se había enamorado de ella y, aquella misma noche, le había propuesto que abandonara a Angus. Ésta, sorprendida, le había respondido que, de momento, su matrimonio con Angus era indisoluble, entre otras cosas porque el bufete que habían montado juntas le impedía deshacer la sociedad.&lt;br /&gt;La respuesta de Viky merece pasar a los anales de la historia.&lt;br /&gt;—Estoy dispuesta a esperar por ti y por tu &lt;em&gt;bemeuve&lt;/em&gt; hasta los cincuenta, si hace falta.&lt;br /&gt;Clara, incapaz de rechazar cierto tipo de proposiciones, aceptó el amor de Viky, por ella y por su &lt;em&gt;bemeuve,&lt;/em&gt; y vivieron un tórrido romance que terminó en el mismo momento en el que Angus tomó cartas en el asunto y puso a Clara en la conocida tesitura de &lt;em&gt;o ella, o yo&lt;/em&gt;. Cuando Güendy, ajena a los tejemanejes de su novia, regresó de uno de sus viajes y encontró vacío su nido de amor —Viky, aprovechando su ausencia y las promesas de amor de Clara, había abandonado el hogar llevándose todas sus cosas—, recurrió a Clara y a Angus. Momento que Carmen y yo presenciamos la noche de autos.&lt;br /&gt;—Me fascina la frase. Si algún día escribo una novela, no me va a quedar más remedio que utilizarla.&lt;br /&gt;—Sinceramente —aseguró Carmen—, no me esperaba menos de Viky.&lt;br /&gt;—Y, ¿cómo acabó la historia? —quise saber, verdaderamente intrigada.&lt;br /&gt;—¿Cómo va a acabar, chica? Como un culebrón. La noche que las vimos en el &lt;em&gt;Frida&lt;/em&gt;, Güendy acababa de encontrarse con todo el pastel. Cuando entró en casa y vio que Viky se lo había llevado todo, llamó a las chicas hecha un mar de lágrimas, para preguntarles si sabían lo que había pasado. Angus no tuvo el menor inconveniente en relatarle la película completa de los hechos. Güendy se lo tomó a la tremenda y amenazó con hacer un disparate, a pesar de que Angus le aseguró que no tenía nada que temer, que ya se había encargado ella de poner las cosas en su sitio y que estaba segura de que Viky volvería a su lado arrepentida.&lt;br /&gt;—Me encanta que Viky se haya tropezado con alguien como Angus —afirmé divertida—, que la ponga en su sitio.&lt;br /&gt;—Calla, calla, que la cosa no quedó ahí —continuó Carmen—. Tan desesperada la vieron que Clara le ofreció que se instalara en su casa, mientras las aguas volvían a su cauce. Y... —añadió, como si estuviera contándome el argumento de una novela de suspense—, esa misma noche, sedujo a Clara.&lt;br /&gt;—¡Anda, Carmen, te lo estás inventando! —dije, aunque cualquier cosa que me contara de Güendy no me extrañaba en absoluto.&lt;br /&gt;—Ni una palabra —me aseguró, seria.&lt;br /&gt;—Pensándolo bien y conociendo como conozco a Güendy, me imagino que quiso vengarse de Viky arrebatándole a su amor y, de paso, liarse con Clara, que tiene una posición económica más acorde con sus aspiraciones. Me parece todo como de...&lt;br /&gt;—Culebrón —me interrumpió—, culebrón argentino. ¿A que era eso lo que ibas a decir?&lt;br /&gt;—¡Me lo has quitado de la boca! Pero, Clara y Angus siguen juntas, ¿no?&lt;br /&gt;—Por supuesto —afirmó rotunda—. Buena es Angus. No le quedó más remedio que consentir una temporada, pero, en cuanto pudo, tomó las riendas del asunto, sacó a Güendy de casa de Clara y, aquí paz y después gloria.&lt;br /&gt;—O sea —concluí—, que han acabado como el rosario de la aurora.&lt;br /&gt;—Y me alegro —aseguró Carmen—, porque, sinceramente, lo de Viky no tiene pase. Además, ya sabes que a Clara y a Angus les tengo mucho cariño y me dolió mucho que se distanciaran de mí por culpa de ese bicho.&lt;br /&gt;—¿Te refieres a Güendy, ¿no?&lt;br /&gt;—Sí, Ana, me refiero a Güendy —aceptó, por primera vez.&lt;br /&gt;—Si es que, siempre pasa lo mismo con ella, Carmen. Menos mal que, por una cosa u otra, se le ve el plumero y ella misma se descubre. Lo peor es que mientras tanto, consigue llevarse a todo el mundo a su terreno, que es algo que no me explico.&lt;br /&gt;—Pues si hay alguien que debería entenderlo eres tú, que estuviste enamorada de ella hasta las trancas —la puñalada de Carmen impactó, directamente, en mi hígado.&lt;br /&gt;—No me lo recuerdes. De todas formas, en aquella época, yo era joven, inexperta y con una necesidad tremenda de enamorarme —y añadí, para evitarme su coletilla—, como siempre.&lt;br /&gt;Un par de días después de esta conversación decidí pasar por el Frida, después de cenar en casa con Violeta. Me lo encontré de bote en bote. Si hubiera tenido que pasar lista no hubiera podido poner ni una falta. Antón, Belén Lucía, Lola…, en fin, la &lt;em&gt;crême de la crême&lt;/em&gt; del ambiente local.&lt;br /&gt;Charlé con unas y con otros, respondí a las obligadas preguntas sobre mi ausencia y, cuando me disponía a acabar mi copa y retirarme, aparecieron Clara y Angus.&lt;br /&gt;Con una sonrisa de oreja a oreja se dirigieron directamente a mí.&lt;br /&gt;—¡Ana, qué sorpresa! —dijo Clara, dándome un beso.&lt;br /&gt;—¿Se puede saber dónde te metes, que no se te ve el pelo?—continúo Angus.&lt;br /&gt;Expliqué en dos palabras mi situación.&lt;br /&gt;—¡Joder, qué suerte! —exclamó Angus— Ya quisiera yo poder permitirme ese lujo.&lt;br /&gt;—Cuando cumplas los cuarenta, a lo mejor puedes regalarte un poco de tiempo—respondí.&lt;br /&gt;—Y, ¿no te aburres, todo el día en casa, sin hacer nada? —preguntó Clara.&lt;br /&gt;—¿Aburrirme? Ni lo más mínimo—le aseguré—, más bien al contrario. Sólo con leer todo lo que tengo atrasado podría ocupar un año entero.&lt;br /&gt;Para que la noche fuera completa, apareció Bárbara, mi ex, sin Cari, la mujer por la que me había abandonado. Por alguna razón que nunca llegué a descubrir, Bárbara, se atacaba cada vez que nos encontramos y si podía evitar saludarme, lo evitaba. En aquella ocasión no le quedó más remedio que darme un par de besos y cruzar las típicas frases de compromiso, antes de perderse en el fondo del bar, lo más lejos posible de mi campo de visión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El encuentro dio paso a una interesante conversación el tan traído y llevado tema, amistad sí, amistad, no, tras la ruptura. De ahí, sin que sea capaz de recordar cómo, salió el tema de Viky y Güendy. Clara, que estaba bastante animada, gracias a la velocidad con la que se bebía las copas, me contó, con pelos y señales todo lo que ya sabía por Carmen. Para no descubrir a mi amiga mostré la sorpresa que correspondía, lo cual me permitió enterarme de algunos detalles que Carmen, no sé si por prudencia o por desconocimiento, no me había comentado. Angus asistió a la declaración completa sin pronunciar palabra.&lt;br /&gt;Cuando llegamos al momento de la famosa frase, que Clara repitió textual, no pude reprimir una carcajada y preguntar:&lt;br /&gt;—¿Puedo utilizar la frase en mi próxima novela?&lt;br /&gt;—Por mí —dijo Angus—, como si utilizas la historia completa.&lt;br /&gt;—Es que la encuentro absolutamente fascinante, la frase y la historia.&lt;br /&gt;—Más fascinante es lo que pretendía.&lt;br /&gt;—¿...?&lt;br /&gt;—Que echara a Angus del bufete y la metiera a ella.&lt;br /&gt;—Pero si no ha estudiado Derecho...—observé, cada vez más sorprendida.&lt;br /&gt;—Pero ha hecho un cursillo de Office—aclaró Angus con el tono más ácido que pudo conseguir.&lt;br /&gt;Nueva carcajada. Podía intuir que Viky, que desde que la había conocido me había parecido una auténtica trepa, pretendiera sacar tajada de cualquiera de sus relaciones, pero aquella pretensión me pareció excesiva.&lt;br /&gt;—No doy crédito a lo que me estáis contando —admití.&lt;br /&gt;—Y no sabes lo mejor —afirmó Clara aumentando el suspense—. ¿Te acuerdas de aquella noche que nos encontraste aquí?&lt;br /&gt;Otra vez la famosa noche. Asentí. Clara continuó su relato.&lt;br /&gt;—Me dio muchísima pena y me sentía muy culpable por haberle provocado aquella situación —confesó— que no se me ocurrió otra cosa que llevármela a casa y atenderla. Al fin y al cabo éramos amigas y yo había traicionado su confianza, acostándome con su novia.&lt;br /&gt;Aquella misma noche acompañaron a Güendy a su casa a recoger lo imprescindible.&lt;br /&gt;—Lo que más me jode —dijo Angus— es que fui yo la que la ayudó a hacer la maleta.&lt;br /&gt;Tuve que morderme los labios para no hacer un comentario intempestivo que hubiera puesto a Carmen en evidencia.&lt;br /&gt;—¿Por?&lt;br /&gt;—Porque esa misma noche —respondió Angus con rabia contenida —, se acostó con Clara.&lt;br /&gt;Miré a Clara procurando cargar las tintas en una expresión de asombro que tenía mucho de auténtica. Ella, con un gesto cargado de picardía, admitió:&lt;br /&gt;—La carne es débil. ¿Qué otra cosa podía hacer, si se metió en mi cama?&lt;br /&gt;—Y pretendió colarse en tu vida —añadió Angus.&lt;br /&gt;Volví a interrogar a Clara con la mirada&lt;br /&gt;—Es que esto es muy fuerte, Ana.&lt;br /&gt;—¿Más? —pregunté realmente sorprendida.&lt;br /&gt;Clara miró a Angus, Angus asintió con la cabeza y Clara continuó con la exposición sistemática de los hechos.&lt;br /&gt;—Al día siguiente se presentó en el bufete para decirle a Angus que ella y yo estábamos enamoradas y que, a partir de aquel momento ella era mi pareja, pero que si Angus quería, podía hacer lo mismo con Viky. Al parecer, tenían un plan.&lt;br /&gt;—¿Un plan? —pregunté, ya sin dar crédito a lo que oía.&lt;br /&gt;—Un plan, Ana, un plan —respondió Clara—. Nada de lo que pasó fue casual. Güendy lo tenía todo planeado.&lt;br /&gt;Viky debía seducir a Angus, mientras Güendy se liaba con Clara y así componer un cuarteto perfecto. De paso, las dos podrían beneficiarse de la holgada posición económica de Clara que, aparte del famoso &lt;em&gt;bemeuve &lt;/em&gt;descapotable, asientos de cuero blanco,  y un cuatro por cuatro, incluía un duplex en el centro de la ciudad y una tarjeta de crédito que su propietaria manejaba con soltura.  Pero Viky no se conformó con lo que ella consideraba la peor opción. Aprovechó la ausencia de su novia, se adelantó a los planes previstos y conquistó a Clara en una maniobra digna de Hari, Mata Hari.&lt;br /&gt;Sólo una mente como la de Güendy podía maquinar un plan de aquel calibre. Su interpretación aquella famosa noche, tantas veces mencionada, sólo tuvo un objetivo, castigar la osadía de Viky y dar &lt;em&gt;una vuelta de tuerca&lt;/em&gt; más a sus planes. Al instalarse en casa de Clara y seducirla, mataba dos pájaros de un tiro: se hacía con el control de la situación y se aseguraba el cobro de la pieza más codiciada. Para completar el círculo, sólo quedaba convencer a Angus, pero ésta no entró al trapo y poco tiempo después, las aguas volvieron, aparentemente, a su cauce.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7385103199703731123-4458598333374867010?l=bemeuve.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://bemeuve.blogspot.com/feeds/4458598333374867010/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7385103199703731123&amp;postID=4458598333374867010&amp;isPopup=true' title='6 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7385103199703731123/posts/default/4458598333374867010'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7385103199703731123/posts/default/4458598333374867010'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://bemeuve.blogspot.com/2008/04/el-retorno-de-gendy.html' title='El retorno de Güendy'/><author><name>Mármara</name><uri>http://www.blogger.com/profile/09935680480272505070</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='26' src='http://2.bp.blogspot.com/_f0jLUVPJA0s/SYIEZwYuKHI/AAAAAAAABTw/mne8UtHQK7I/S220/10-06-08.2.jpg'/></author><thr:total>6</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7385103199703731123.post-6166886794921965779</id><published>2008-03-29T01:37:00.005+01:00</published><updated>2008-03-29T11:22:06.933+01:00</updated><title type='text'>Intermezzo I</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;El asuntillo con Belén me abocó, para variar, a un nuevo retiro espiritual. Podría haber elegido la casa que mis padres tienen en la costa, pero me instalé en la de Marta y Pelayo, dos de mis amigos de la infancia, segura de que la &lt;em&gt;oreja&lt;/em&gt; de Marta y los sarcasmos de Pelayo, me ayudarían a pasar página definitivamente.&lt;br /&gt;Tranquilidad, sosiego, orden, disciplina, largas caminatas con Marta a la orilla del mar, veladas eternas frente a la chimenea, varios cartones de tabaco, alguna que otra botella de güisqui y muchas horas de sueño, sosegaron mi ánimo y permitieron llegar a las siguientes conclusiones:&lt;br /&gt;a) Se imponía un periodo de descanso, lejos del bullicio nocturno, a fin de recuperarme mental y físicamente de los últimos excesos.&lt;br /&gt;b) La proximidad de mi cuarenta cumpleaños, exigía una preparación concienzuda, a fin de afrontar el trance en las mejores condiciones posibles.&lt;br /&gt;c) Si mis relaciones amorosas estaban cortadas por el mismo patrón, no podía responsabilizar a nadie, más que a mí, de tanto disparate.&lt;br /&gt;d) El celibato era el mejor estado posible en mis circunstancias —siempre decido lo mismo y siempre vuelvo a caer, dado mi natural enamoradizo. Y que,&lt;br /&gt;e) Iban a tardar en verme el pelo por los bares de &lt;em&gt;ambiente&lt;/em&gt; por aquello de &lt;em&gt;aleja la tentación y alejarás el peligro&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;Satisfecha y convencida de haber tomado las decisiones adecuadas, me dispuse a dar un giro radical a mi vida.&lt;br /&gt;Convencí a Marina, una nueva adquisición, procedente del ámbito laboral, muy apañada y graciosa que, para más señas, era hetero y no sabe nada de mi vida, ni falta que le hacía, para que hiciera conmigo a un cursillo de iniciación al golf. No me apunté al gimnasio, porque no me dio la gana. Cambié el móvil por uno con tecnología punta. Hice un par obras en casa, que llevaba postergando demasiado tiempo. Sustituí la melena cuadrada por otra más moderna y favorecedora. Contacté con una masajista alternativa. Empecé a practicar, a diario, técnicas de meditación orientales y occidentales. Me deshice del PC y me compré portátil de última generación. Renové el vestuario, con la ayuda imprescindible de &lt;em&gt;Váyolet&lt;/em&gt;. Y, para que no me faltara de nada, me aboné a Canal Plus.&lt;br /&gt;Por último, sopesé cuidadosamente la posibilidad de meter muchacha o ponerme a servir. Opté por lo primero y amplié los servicios de Loli de dos a cinco días por semana, a fin de liberarme por completo del enojoso papel de ama de casa, que siempre he detestado profundamente.&lt;br /&gt;Dice Antón que él nunca le desea mal a nadie porque se vuelve contra ti como un boomerang. Loli elevó la teoría de Antón a categoría de axioma, aunque no he de quejarme por ello. Perteneciente al tipo locución continua y espoleada por la confianza que deposité en ella, irrumpió en mi vida con la fuerza de un cataclismo, haciéndome partícipe de su intensa problemática personal y sentimental. A cambio me entregó su inagotable energía en forma de solícita atención, convirtiéndose en una auténtica &lt;em&gt;factótum&lt;/em&gt;: doncella, cocinera, secretaria, consejera sentimental y madre. ¿Lo del boomerang? Muy sencillo. Durante toda mi vida he martirizado a mis amistades, relatándoles con pelos y señales mi vía crucis sentimental. La vida me lo devolvió con varios nombre propios entre los que cabe destacar uno: Loli.&lt;br /&gt;Con todo este montaje, me dispuse a hacer frente a la década que se me venía encima, en soledad, pero con la intendencia en perfecto estado de revista.&lt;br /&gt;Algunas de mis amistades apoyaron y aplaudieron mi decisión. Otras me echaron en cara mi egoísmo. Entre las primeras, Sara y Raquel —a las que había tenido bastante abandonadas con tanto ajetreo— y Violeta, por las mismas razones. Entre las segundas, Carmen.&lt;br /&gt;—Chica, &lt;em&gt;Mari&lt;/em&gt; —me dijo cuando le comuniqué mis intenciones—, con el juego que me das en el bar... Además, ¿con quién voy a cenar los sábados?&lt;br /&gt;—No dramatices, Carmen. Que deje de vivir en tu bar, no significa que no nos veamos en la calle. Podemos seguir cenando como siempre y, para variar, puedes venir a verme a casa, que parece que viva en Pernambuco, guapa.&lt;br /&gt;—¡Joder, cómo te pones! ¿Necesitas ser tan tajante?&lt;br /&gt;—Lo necesito. Ya sabes que cuando zanjo una historia, el periodo de reflexión no me lo quita ni mi madre. Y esta vez es más grave, Carmen, que voy a cumplir cuarenta y mira que panorama tengo.&lt;br /&gt;—Lo de Belén, si lo dices por eso, se veía venir.&lt;br /&gt;—Más a mi favor. ¿Tú crees que es plan que sigan pasándome estas cosas, a mi edad?&lt;br /&gt;—No, la verdad es que...&lt;br /&gt;—¡Deja, deja! No hurgues más en la herida—la corté en previsión de un previsible y cicatero &lt;em&gt;ya te lo decía yo&lt;/em&gt;—. El tema de Belén está muerto y enterrado. Primero voy a recuperarme de batacazo, luego, ya veremos.&lt;br /&gt;—Bueno, pues nada, tendré que resignarme. Por cierto, y perdona que cambie de tema, ¿a que no adivinas quién apareció ayer por el bar?&lt;br /&gt;Antes de darme tiempo a contestarle anunció triunfal:&lt;br /&gt;—Güendy.&lt;br /&gt;—¿Nuestra Güendy?&lt;br /&gt;—La misma que viste y calza.&lt;br /&gt;—¿Y? —pregunté expectante.&lt;br /&gt;—Nada, nada, a mí ni me miró... Venía con un grupo de gente, totalmente desconocida, se sentaron en la entrada y mandó a uno a por las copas. Por supuesto, ella, ni se acercó a la barra.&lt;br /&gt;¡Santo Cristo de la Agonía!, que diría mi abuela. ¿Qué coño se le habría perdido a Güendy por el &lt;em&gt;Frida&lt;/em&gt;?&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7385103199703731123-6166886794921965779?l=bemeuve.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://bemeuve.blogspot.com/feeds/6166886794921965779/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7385103199703731123&amp;postID=6166886794921965779&amp;isPopup=true' title='18 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7385103199703731123/posts/default/6166886794921965779'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7385103199703731123/posts/default/6166886794921965779'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://bemeuve.blogspot.com/2008/03/intermezzo-i.html' title='Intermezzo I'/><author><name>Mármara</name><uri>http://www.blogger.com/profile/09935680480272505070</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='26' src='http://2.bp.blogspot.com/_f0jLUVPJA0s/SYIEZwYuKHI/AAAAAAAABTw/mne8UtHQK7I/S220/10-06-08.2.jpg'/></author><thr:total>18</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7385103199703731123.post-6690750042918638003</id><published>2008-03-27T22:25:00.002+01:00</published><updated>2008-03-27T23:30:40.754+01:00</updated><title type='text'>Rápida y mortal (y II)</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;No fui a tomar la copa. Lo que menos me apetecía, después de haber rememorado mi divorcio, era seguirle el juego a Belén. Sin embargo, sus coqueteos, insinuaciones y jueguecitos al por mayor, no me dejaron indiferente. ¿Realmente había coqueteando conmigo?¿Me estaría jugando una mala pasada la imaginación? ¿Me habría sentado mal el vino de la cena? Para salir de dudas llamé a Antón nada más despertarme.&lt;br /&gt;—¡Pasa de ella en quinta! —me advirtió mi amigo—. No le hagas ni caso. Parece mentira que no la conozcas, ¡pero si coquetea hasta con las piedras, Ana, por Dios!&lt;br /&gt;—No, si ya lo sé, pero me pareció tan descarado, tan evidente…&lt;br /&gt;—Ella es así —sentenció—. No le des más vueltas.&lt;br /&gt;—Además, no entiende, ¿no?&lt;br /&gt;—Bueno, eso de entender o no entender, ya lo sabes tú, es muy relativo. Yo creo que si se le pone a tiro, entra. Pero, te lo advierto, tú no le entres al trapo, que te conozco, guapina, y caes con todo el equipo.&lt;br /&gt;—No pienso —le aseguré, convencida—. Era lo que me faltaba, una divorciada con dos hijos. El colmo de los colmos.&lt;br /&gt;Pero, como una es tan sensible a las atenciones ajenas edité, yo solita, sin que nadie me lo mandara, un nuevo hito de colmos históricos que añadir a los muchos que orlaban mi azarosa vida sentimental y: comí en su casa, le eché las cartas, me regaló el libro, hablamos de lo divino y lo humano, fuimos a cenar a Gijón —No me apetece encontrarme con nadie, Ana, hoy te quiero para mí sola—, tomamos tropecientas copas, puso en riesgo mi vida conduciendo ciega como una pioja por la autopista—yo también, ciega, como una pioja— y nos hicimos inseparables.&lt;br /&gt;Siendo como soy,  de moral más bien frágil y quebradiza, en lo que a los amoríos se refiere,  fui enamorándome poquito a poco, a la vez que mantenía una encarnizada lucha con el poquito de razón que me quedaba.&lt;br /&gt;Se nos pasó lo que quedaba del año entre libros, excursiones, aperitivos, comidas, meriendas, cenas —regadas con abundantes riojas, riberas o albariños, dependiendo del menú— y litros de gin-tonic, arrastrándonos por los locales de media provincia, hasta altísimas horas de la madrugada, de borrachera en borrachera, de calentón en calentón.&lt;br /&gt;A mediados de verano el completo de mis amistades estaba a la orden del día de mis andanzas con Belén. No faltaron avisos, consejos, recomendaciones, incluso alguna que otra amenaza (todo, todo, por mi bien). Una de las más tajantes fue Violeta. La noche en la que salimos a cenar, para celebrar que se iba a dar una &lt;em&gt;vueltecita&lt;/em&gt; por la zona de Madagascar, salimos a cenar. La velada fue monotemática.&lt;br /&gt;—Me parece que te estás metiendo en un berenjenal, Anita querida, y no me queda más remedio que advertírtelo —me dijo, muy seria, en cuanto nos sentamos a la mesa.&lt;br /&gt;—No es que me esté metiendo —puntualicé—, es que ya me he metido.&lt;br /&gt;—Pero bueno, tía, recapacita, joder. ¿Dónde pretendes llegar con esta historia?&lt;br /&gt;—Si te digo la verdad, no me lo he planteado. Me estoy dejando llevar.&lt;br /&gt;—¿Dejándote llevar? Vamos, Ana, ¡no me jodas! —indignada—¿Hasta dónde, hasta que te pase lo de siempre? Mira, no quiero ser agorera, que ya sabes que yo siempre soy muy negativa para todo, pero, en este caso, me parece que todo lo que pueda decirte es poco.&lt;br /&gt;—Le gusto, lo sé.&lt;br /&gt;—¿Y qué? No es eso de lo que yo te estoy hablando. Lo que te digo es que ya te veo enamorada hasta las trancas, sin solución de continuidad. Y no sería la primera vez.&lt;br /&gt;—Ya veremos —yo, en mis trece.&lt;br /&gt;—Chica, &lt;em&gt;Márgarez&lt;/em&gt;, me desesperas —durante los primeros años de nuestra amistad, allá, por os albores de nuestra existencia, Violeta y yo nos adjudicamos mutuamente un nombre de guerra que solíamos utilizar en las más variopintas ocasiones, casi siempre intentando darle un toque de frivolidad a conversaciones o situaciones demasiado intensas. El mío era &lt;em&gt;Márgarez&lt;/em&gt; , el suyo, &lt;em&gt;Váyolet&lt;/em&gt;—. No vas a ver nada, porque no tienes ningún futuro con ella y lo sabes.&lt;br /&gt;—Cómo eres —protesté, aunque en mi fuero interno me veía obligada a admitir que tenía más razón que una santa.&lt;br /&gt;—Ya me lo contarás. Belén nunca va a darte lo que quieres por la sencilla razón de que jamás ha sido capaz de dárselo a sí misma.&lt;br /&gt;Hay veces que tengo la impresión de que no vivo en este mundo o de que los demás ven cosas que a mí se me escapan. Y es que, cuando me enamoro soy como la de aquella canción que decía: Cuando me enamoro doy toda mi vida a quien se enamora de mí. Con el agravante de que, aunque no se cumpla la segunda parte de la coplilla, a mí me da lo mismo y entrego la vida, la bolsa y lo que haga falta. O lo que es lo mismo: ciego, de amor.&lt;br /&gt;Con Belén, como con otras, cegué. O me dejé colocar la venda sobre los ojos, que para el caso, arroz.&lt;br /&gt;Y en esto, como en un suspiro, llegaron las navidades. &lt;strong&gt;Adoro&lt;/strong&gt; la Navidad. Sé que la mayoría no comparte mi gusto por estas fechas, pero yo soy así, bastante tradicional para ésta y otras cuestiones. Me encanta reencontrarme con las amistades, cenar cada día con alguien diferente, y, sobre manera, disfruto como una niña pequeña con las compras de Reyes.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;El día de los inocentes cené con Nacho, uno de mis más antiguos y queridos amigos, bailarín de profesión, que se vio en la penosa obligación de exiliarse en Amsterdan desde que se cansó de hacer de chico de conjunto en una compañía de la capital y probó, con éxito, fortuna allende nuestras fronteras. Cada vez que viene salimos a cenar, y, cómo no, todo el tiempo es poco para ponernos al día de nuestras respectivas vidas. Entre bocado y bocado, le conté mi historia con  Belén, con pelos y señales, sin omitir detalle. Le encantó saberme enamorada, aunque torció el gesto cuando se enteró de cómo llevábamos el tema sexual.&lt;br /&gt;Después de una inmensa y bien aprovechada sobremesa, nos fuimos al Frida, que en esa época del año era más salita de casa que en ninguna otra. Tomamos un par de copas, quitándonos la palabra de la boca, y sonó el teléfono.&lt;br /&gt;—Era Belén —me informó Carmen—. Quería saber si estabas aquí. Me ha dicho que no te muevas, que viene a buscarte.&lt;br /&gt;—¿A las tres de la mañana? —pregunté asombrada.&lt;br /&gt;—No te pongas nerviosa, nena. Y a ver si aprovechas la ocasión. Si viene a buscarte a estas horas es porque algo quiere.&lt;br /&gt;No habían pasado diez minutos cuando Belén hizo una de sus  apariciones estelares. Abrigo de visón hasta los pies, melena al viento, minifalda de escándalo, escote de  vértigo, tacones de ocho centímetros, sonrisa &lt;em&gt;profidén&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;—Si no llegas a estar, creo que me da un soponcio, Anita —dijo, al tiempo que se colgaba de mi cuello y me estampaba un beso en su sitio favorito, la comisura de mis labios—. Fíjate como es este sinsustancia de amigo que tenemos —por Antón—, que ahora se ha empeñado en que la coca le sienta fatal y me ha dejado tirada con este colocón.&lt;br /&gt;—¿Os conocéis? —pregunté mirando a Nacho, con la intención de presentárselo y, de paso, por frenarla un poquito.&lt;br /&gt;—No, pero como si te conociera de toda la vida, Ana me ha hablado muchísimo de ti.&lt;br /&gt;Acto seguido se abrazó a mí.&lt;br /&gt;—¿Que te has hecho hoy, que estás guapísima? ¿A qué sí, Nacho?&lt;br /&gt;Lo dejó con la palabra en la boca porque, en el momento en que Nacho iba a responderle, entró una vendedora de rosas, le compró una, se la colocó entre los labios y la puso entre los míos.&lt;br /&gt;Las caras de Carmen, detrás de la barra, no tenían desperdicio. Me interrogó con la mirada y yo le devolví un gesto tipo que le voy a hacer si las arrebato.&lt;br /&gt;—Perdonadme, voy a empolvarme la nariz —dijo con un guiño de complicidad.&lt;br /&gt;—¿Pero qué es esto?—preguntó Carmen, al otro lado de la barra— No me digas que Belén y tú... Ya me habían comentado que os habían visto en el Cristian-dos bailando muy acarameladas...&lt;br /&gt;—Tonterías, Carmen, la gente que ve demasiado y, sobre todo, habla demasiado.&lt;br /&gt;—Ya te vale, guapa, ¿no pensabas contarme nada?&lt;br /&gt;—Es que, no hay nada qué contar. Exclusivamente lo que ves —mentí—. Parece mentira que no sepas cómo es, que coquetea consigo misma a través del espejo.&lt;br /&gt;—Una bomba, reina, eso es lo que es—aseguró Nacho—. No sé porque me da que va a volverte loca, en todos los sentidos.&lt;br /&gt;Premonitorias palabras, las de mi amigo. Efectivamente,  me volvió. Sin el menor escrúpulo me obligó a despedirme de Nacho, me sacó del Frida y, sin pedirme opinión, se lanzó a la carretera. Ni rechisté.&lt;br /&gt;—Quiero enseñarte un sitio —dijo, ya en plena autopista—. Un círculo mágico que he encontrado en una guía de lugares sagrados de los celtas. Quiero amanecer allí contigo.&lt;br /&gt;Amanecer con ella en un círculo mágico celta o en Pénjamo, formaba parte de mis esperanzas y mis sueños, no tan secretos. Me dejé llevar, con la música de Los Panchos como fondo, hasta el lugar elegido, presa de una emoción sin límites y con un ejército de abejas zumbándome en el estómago.&lt;br /&gt;Una hora después aparcó en el arcén de una carretera, mucho más que, secundaria y me advirtió de que no nos moveríamos de allí hasta que empezara a amanecer. Ella, raya va, raya viene,  yo, apurando el gin-tonic que me había llevado del Frida y fumando como un carretero sin conseguir templar los nervios. Con las primeras luces del alba nos adentramos en un bosque de robles centenarios, dispuestos misteriosamente en círculos de ocho.&lt;br /&gt;—Concéntrate, escúchalos y elige uno. Abrázate a él y deja que te hable —me dijo antes de abandonarme en medio de la niebla.&lt;br /&gt;Seguí sus indicaciones al pie de la letra. Escogí, no sé por qué, uno de ellos y me abracé a él. En ese momento volvió a mi cabeza un sueño que ya no recordaba, en el que paseaba cogida de su mano,  por un lugar muy parecido al que nos encontrábamos. Lo que son las cosas de la magia, o de la mente, el sueño se cumplió, tal cual.&lt;br /&gt;En el extremo del bosque había una pequeña ermita, derruida, donde me llevó cuando terminamos el ritual con el árbol.&lt;br /&gt;—¿A que merecía la pena venir? —preguntó, mientras me abrazaba por la espalda, envolviéndome en el visón, enterrando su cara en mi cuello.&lt;br /&gt;No pude responder. La emoción me secó la garganta y paralizó mi capacidad de respuesta, dejándome a su merced.&lt;br /&gt;—Vamos a desayunar, estoy helada —aseguró, unos momentos después, no sé si decepcionada por mi falta de iniciativa o porque la inquietud,  que siempre la embarga, no le permite permanecer más de diez minutos seguidos en el mismo sitio.&lt;br /&gt;Tal y como ocurriera en mi sueño, caminamos cogidas de la mano, entre los árboles, envueltas en una densa capa de niebla. Interpreté la coincidencia como una señal de buen augurio.&lt;br /&gt;Hay veces que me equivoco tanto, tanto, que no puedo por menos que dudar de mis capacidades adivinatorias. Una de esas veces fue ésta.&lt;br /&gt;Después de desayunar en un bar de carretera, acabamos, a las doce del medio día, en un hotel rural, a más de cien quilómetros del Frida. Nos tumbamos sobre la cama, compartiendo el calor de su abrigo de visón, sin atrevernos a aproximarnos la una a la otra, agotadas por la falta de sueño, el exceso de alcohol y el viaje. Por supuesto, no pasó nada de lo que tenía que haber pasado. Ni ésa, ni las innumerables noches que compartimos a lo largo de aquella agitada temporada.&lt;br /&gt;Los enamoramientos platónicos tienen su gracia, hasta que dejan de tenerla. Después del infructuoso periplo navideño caí en la cuenta de que Violeta tenía razón, entre Belén y yo nunca podría haber nada, sexual. No porque ella fuera incapaz de asumir una relación de este tipo, sino porque la veía incapaz de asumir ninguna.&lt;br /&gt;Al principio no me importó demasiado, me divertía mucho con ella y me daba una caña de tal calibre que me permitía afrontar el trabajo con el ánimo suficiente como para no desesperar. Dada como soy a disculpar y justificar los actos ajenos, que no los propios, encontraba muy natural que a Belén le costara dar  semejante paso y así se lo hice saber a Violeta cuando, muy en su estilo, pretendió, de una vez por todas, abrirme los ojos.&lt;br /&gt;—A Belén no le van las tías, Ana, desengáñate.&lt;br /&gt;—Pero si es ella la que me llama constantemente y la que me mete mano a la menor oportunidad —protesté, ante la avalancha de advertencias que, con seguridad, se me venía encima—. Ya sabes que yo para eso soy muy respetuosa.&lt;br /&gt;—Eso no quiere decir nada, una cosa es jugar, que a todo el mundo nos chala, y otra, muy distinta, enamorarte y estar dispuesta a dar el campanazo. Voy a serte sincera, yo creo que te está tomando el pelo.&lt;br /&gt;—Tú es que eres muy negativa, Váyolet.&lt;br /&gt;—Pero, Ana, ¡por Dios! Si llevas un año contemplándola y no has conseguido llevártela a la cama.&lt;br /&gt;—¿Tiene tanta importancia? No veo por qué hay que reducirlo todo al follar o no follar.&lt;br /&gt;—Tú me dirás... Y si no explícame por qué me has llamado hoy, hecha unos zorros. Voy a decírtelo claramente, que eres mi amiga y estoy harta de que cualquiera, un poco más espabilada que tú, te traiga al retortero para, encima, ponerte verde por ahí. Belén nunca, óyeme, nunca va a tener contigo la relación que tú quieres tener.&lt;br /&gt;—Nunca te he dicho que pretendiera casarme con ella —protesté.&lt;br /&gt;—Ni falta que me hace, como si no te conociera. Desde que te separaste de Bárbara has buscado a alguien con quien compartir tu vida, que me parece muy loable, pero, esta vez, has errado el tiro.&lt;br /&gt;—Es que estoy enamorada —me vi en la obligación de admitir.&lt;br /&gt;—Pues desenamórate —me exigió, rotunda—. Y cuanto antes, mejor, porque como sigas por este camino, te van a dar los cincuenta y ni siquiera habrás conseguido echar un polvo. Si fueras capaz de tomártelo a la ligera, no te diría nada, pero como no es así, me veo en la obligación de abrirte los ojos, Anita querida. Lo mejor que puedes hacer es olvidarla.&lt;br /&gt;Ante la contundencia de las recomendaciones de Violeta, abrí ronda de consultas, empezando por Carmen.&lt;br /&gt;—Chica, Ana,  te vi tan entusiasmada, que me dio no sé qué decirte lo que todo el mundo ha visto.&lt;br /&gt;Lo dicho, parece que viva en el limbo. Y es que, en este mundo, como te retires una temporada, te pierdes la mitad de los capítulos y luego, pasa lo que pasa.&lt;br /&gt;—A ver, cuéntame —pedí resignada, poniéndome en lo peor.&lt;br /&gt;—Lo que está haciendo contigo, lo hizo antes con Lola. Y que conste que si te lo digo es porque todo el mundo las ha visto, lo mismo que os ven a vosotras ahora.&lt;br /&gt;—Ya, pero Antón me dijo, que le había dicho Pilar, que Lola comentaba, que Belén era una fiera en la cama.&lt;br /&gt;—Una estrategia para meterle morbos a Pilar —aseguró Carmen.&lt;br /&gt;—No te sigo. Pilar y Lola hace años que lo dejaron. Y Lola lleva no sé cuánto viviendo con Montse y liada con Silvia...&lt;br /&gt;—Pero Lola—me interrumpió—, sigue considerándola algo suyo, sin importarle con quién esté Pilar y no pierde la ocasión para lanzar sus dardos. El caso es que Lola, por mucho que vaya diciendo por ahí, tampoco logró consumar.&lt;br /&gt;—Y tú, ¿cómo lo sabes?&lt;br /&gt;—Chica, porque las bar-woman somos a la modernidad lo que los curas a los católicos. Además, ya sabes que mi bar es el campo de operaciones del ambiente y a mí no se me escapa ni una.&lt;br /&gt;—Podrías habérmelo dicho antes —me quejé, cayendo en la cuenta de que estaba haciendo el ridículo, delante  todo el mundo y ante mí misma, que era lo peor.&lt;br /&gt;—Para qué, si cuando se te mete algo en la cabeza, no hay manera de hacerte entrar en razón. Y, compréndeme, Ana, tampoco voy a ir pregonando lo que veo aquí, o lo que me cuentan.&lt;br /&gt;—Me lo estás contando ahora...&lt;br /&gt;—Porque me jode que te esté tomando el pelo de esa manera, que tú te lo dejes tomar y, además, no quiero que sigas perdiendo el tiempo.&lt;br /&gt;Carmen tenía razón. Yo, para mis cosas, soy muy particular. Hasta que no lo veo con mis propios ojos, ya me pueden decir misa cantada, que yo, en mis trece.&lt;br /&gt;Terminé la ronda de consultas con mis amigas del alma, un jueves por la noche, frente al tapete verde, baraja francesa de por medio.&lt;br /&gt;—Tienes que hacer algo —me dijo muy seria Raquel—. Vas a volverte tarumba.&lt;br /&gt;—Esa mujer acaba contigo —apuntilló Sara—. Como sigas a este ritmo te nos vas a alcoholizar, y para nada, que es lo peor.&lt;br /&gt;—¿Pero qué hago? Si ya lo he intentado todo y no pasamos del magreo puro y duro.&lt;br /&gt;—¡Viólala, tía!—Raquel, rotunda.&lt;br /&gt;—Qué bestia eres.&lt;br /&gt;—Estoy con Raquel. Lo que está claro es que no puedes seguir así, poniéndote como una moto, sin resolver.&lt;br /&gt;—No tengo manera —admití resignada—. A mi casa no quiere ir, por culpa de los niños. En su casa no puede ser, porque le da no sé qué. En el coche, ya me contaréis...&lt;br /&gt;—Tendría su morbo —comentó Sara.&lt;br /&gt;—Llévatela a pasar un fin de semana fuera, a ver qué pasa —propuso Raquel, como última solución.&lt;br /&gt;Dicho y hecho. Aprovechando los tres o cuatro días que suelo tomarme de relax, al terminar una traducción importante, le sugerí a Belén que nos fuéramos a un hotelín rural, que tenía muchas ganas de conocer. Para mi sorpresa, aceptó a la primera. Es más, le entusiasmó la idea.&lt;br /&gt;—Con una condición —me dijo—. Hay otro hotel al que tengo muchas ganas de ir,  a un par de horas del tuyo. Es un palacete de indianos, con unas vistas al mar maravillosas y unas habitaciones de quitar el hipo. ¿Pasamos allí la primera noche?&lt;br /&gt;Nos pusimos en camino un martes, después de comer. En el cargador de compactos de su coche, un cuatro por cuatro, último modelo, Miguel Bosé, Mina y los boleros de Luis Miguel, por ese orden. Eligió la carretera de la costa para conducir sin prisas y poder contemplar la puesta de sol en un faro, que le hacía a ella mucha ilusión.&lt;br /&gt;Yo, en un estado de nervios similar al de mi primera cita, ella, dominando situaciones. Todo el mundo se había equivocado y yo había sido una estúpida por no haber provocado antes esta situación.&lt;br /&gt;Cada momento que pasaba me convencía de que había sido terriblemente torpe, que lo que Belén necesitaba era un simple empujón, que estaba tan enamorada de mí como me hacía entender —por mucho que se lo negara a Antón— y que aquel viaje sería la culminación de todos mis deseos y el principio de una relación sólida y duradera.&lt;br /&gt;Ella no se privaba, aprovechando la menor ocasión para dispensarme toda clase de atenciones, arrumacos, caricias, y demás parafernalia amorosa. Hasta paró el coche en medio de una curva, sólo para coger una flor y ofrecérmela...&lt;br /&gt;—Esta es silvestre —dijo al dármela—. Mucho más bonita que la que te regalé en Frida aquella noche. ¿Me prometes que la guardarás como recuerdo de estos días?&lt;br /&gt;Eternamente, la guardaré eternamente, me dije a mí misma, evocando el bonito tema de Gloria Stephan, &lt;em&gt;Ayer encontré la flor que tú me di-iste&lt;/em&gt;...&lt;br /&gt;Llegamos al hotel de indianos hacia las nueve de la noche, después de un romántico trayecto digno de una novela rosa fucsia.&lt;br /&gt;Me invitó a cenar en un pequeño restaurante marinero, donde nos pusimos tibias de marisco y  de Albariño. Paseamos por una playa cercana, cogidas de la mano y rematamos la noche con un par de gin-tonics, en la cafetería del hotel, antes de subir a la habitación. ¿Se puede pedir más? Sí, se puede.&lt;br /&gt;Mientras ella preparaba una copa, me metí en el baño, me duché, que yo soy muy pulcra, me puse el pijama y esperé acontecimientos. En algún lugar de la mente, algo me decía que no debía ser yo quien tomara la iniciativa, que todo iba muy bien y que no era conveniente precipitar acontecimientos.&lt;br /&gt;Su salida del baño fue triunfal, digna de, por ejemplo, Kim Bassinger en Nueve semanas y media. No podía dar crédito a lo que veían mis ojos. Yo, que había escogido un pijama discreto —pantalones de Klavin Klein, camiseta de algodón, pelín masculino, antítesis de la lujuria, por no provocar, me encontré frente a una Belén exuberante que, por el contrario, se había decidido por un picardías rojo burdeos, adornado con un escote que mostraba generosamente todos sus encantos. Temblé. Tragué saliva, en un intento desesperado por humedecer mi reseca garganta. Pero seguí a la expectativa.&lt;br /&gt;Ella, muy segura de sí misma, se sentó en mi lado de la cama, me ofreció la copa y, sin mediar palabra, se abalanzó sobre mí.&lt;br /&gt;—¿Te importa que apaguemos la luz? Me da un poco de apuro...&lt;br /&gt;Apagué y nos entregamos al frenesí sexual. Ya fuera por el efecto del alcohol, ya porque debía tener las mismas ganas que yo, se desinhibió completamente y fue ella la que me despojó del pijama, con un ansia completamente desconocida en ella. Ternura y pasión, el cóctel perfecto. Nos acariciamos y besamos durante no sé cuanto tiempo, alimentando el deseo, preparando concienzudamente la tan esperada culminación. Cuando me disponía a iniciar el asalto final:&lt;br /&gt;—Bueno, corazón, ya es hora de dormir.&lt;br /&gt;—¡Belén! —exclamé entre asombrada e indignada.&lt;br /&gt;—Dame tiempo, por favor, dame tiempo —me pidió, zalamera—. Nos quedan muchos días, no quieras precipitar nada. Todo llegará, te lo prometo. Anda, sé buena y duérmete.&lt;br /&gt;¡Duérmete! ¡Pretendía que me durmiera, después de haberme llevado a aquel nivel de excitación! No podía creer lo que me estaba ocurriendo. No daba crédito. Contemplé la posibilidad de levantarme e ir a dar un paseo por la playa para disipar el calentón. Deseché la idea. Me levanté, sí, pero a darme una ducha fría. Cuando volví a la cama dormía como una bendita. No obstante, ante lo que interpreté como promesa de noches más productivas, vencí la tentación de volver a casa en cuanto amaneciera y continuamos viaje.&lt;br /&gt;Misteriosamente, la solícita atención que me había prodigado durante la primera jornada, dio paso a una actitud cariñosa, pero distante. No quise adelantar acontecimientos y me forcé a esperar  a la noche, sin hacer el mínimo comentario.&lt;br /&gt;Pasamos un día maravilloso, conociendo los pueblos de los alrededores, paseando en animada charla y tomando gin-tonics desde las seis de la tarde. La noche fue casi un calco de la primera, con la excepción del marisco —que sustituimos por un suculento chuletón de buey, regado con un exquisito tinto de Rioja— y de los arrumacos y caricias, que brillaron por su ausencia. A pesar de todo, no permití que la ansiedad hiciera mella en mi ánimo y aguardé impaciente el momento decisivo.&lt;br /&gt;Verla salir del baño, despejó todas mis dudas. El picardías rojo burdeos se perdió para siempre en el fondo de su bolsa de viaje para ser sustituido por una amplia camiseta de manga larga, en algodón, eso sí, rojo.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7385103199703731123-6690750042918638003?l=bemeuve.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://bemeuve.blogspot.com/feeds/6690750042918638003/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7385103199703731123&amp;postID=6690750042918638003&amp;isPopup=true' title='11 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7385103199703731123/posts/default/6690750042918638003'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7385103199703731123/posts/default/6690750042918638003'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://bemeuve.blogspot.com/2008/03/rpida-y-mortal-y-ii.html' title='Rápida y mortal (y II)'/><author><name>Mármara</name><uri>http://www.blogger.com/profile/09935680480272505070</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='26' src='http://2.bp.blogspot.com/_f0jLUVPJA0s/SYIEZwYuKHI/AAAAAAAABTw/mne8UtHQK7I/S220/10-06-08.2.jpg'/></author><thr:total>11</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7385103199703731123.post-7278626492934394594</id><published>2008-03-26T22:38:00.002+01:00</published><updated>2008-03-27T00:52:34.048+01:00</updated><title type='text'>Rápida y Mortal (I)</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Recién estrenada la primavera, una nueva actriz pasó a engrosar el elenco de mi particular teatro de opereta. Llegó con aires de diva, dispuesta a hacerse con el papel protagonista desde el primer momento, quizás porque la antigüedad siempre ha sido un grado, y a ella le sobraba.&lt;br /&gt;Nos habíamos conocido en los ochenta cuando, para regocijo de quienes habían hecho apuestas sobre mi opción sexual, decidí a soltarme la melena y empecé a alternar con lo más florido del &lt;em&gt;ambiente&lt;/em&gt; local.&lt;br /&gt;De aquella época conservo multitud de conocimientos y algunas amistades. Pedro, que nos abandonó en cuanto pudo, para instalarse en Madrid, donde presintió podría llevar una existencia menos condicionada por la presión familiar ; Antón, que no tuvo valor para seguir a su amigo del alma y ha ido marchitándose, poco a poco, en el asfixiante y enrarecido aire de nuestra pequeña comunidad provinciana y, sobre todo, Violeta, con quien he compartido algunos de los mejores y peores momentos de mi vida, y de la suya, circunstancia ésta que ha creado entre nosotras un vínculo indisoluble, a pesar de las incontables diferencias que nos caracterizan.&lt;br /&gt;Entre la pléyade de conocidos y conocidas estaba Belén. Belén se había casado con un, dudosamente, atractivo, señorito andaluz venido a menos, al día siguiente de cumplir los dieciocho para escapar de las garras de una madre exigente y controladora, quizás por eso, nunca se resignó al papel que ella misma se había adjudicado y siguió llevando la misma vida de soltería que el resto. Durante unos años compartimos muchas cenas, alguna que otra madrugada, varias noches de ópera e infinidad de copas, hasta que su marido, decidió llevársela a vivir a Barcelona para alejarla de todo lo que le impidiera controlarla él mismo. Durante muchos años sólo supe de ella por Antón, con el que ella hablaba, de tarde en tarde, por teléfono, y el único entre sus amigos, al que veía cuando volvía a casa por Navidad. Por él supe que su precipitado matrimonio había fracasado mucho antes de que se decidiera a abandonar la ciudad Condal, dejando allí una buena parte de sus ilusiones y un marido, cómo no, infiel. Recuperada del amargo trance, gracias al apoyo de sus padres —que la instalaron en un magnífico chalet, en una de las urbanizaciones más elitistas de las afueras, le pusieron un negocio y le contrataron el servicio necesario para que pudiera liberarse de la pesada carga que supone la educación de unos hijos obligados a crecer sin padre—, se reintegró al círculo de sus amistades, después de un par de años de retiro absoluto, dispuesta a recuperar el tiempo perdido.&lt;br /&gt;Fue en ese momento cuando la vida nos volvió a juntar, concretamente uno de aquellos viernes en los que salía a cenar con Antón, y Violeta —recién divorciada de su primer marido—, y con quienes tuvieran a bien añadirse. Antón siempre ha sido una especie de coordinador de grupo para este tipo de eventos. Todo el mundo lo llama y él reserva las mesas en los restaurantes para un par de personas más, por si las moscas. Aquella noche se añadieron Marisa, Miguel y Belén.&lt;br /&gt;—¡Anita, corazón, no sabes las ganas tenía de verte! —exclamó, abrazándome con demasiada efusividad, para mi escaso gusto, teniendo en cuenta que hacía más de diez años que no nos veíamos—. No me apetecía mucho salir, porque hace casi nada que he llegado de Madrid, ya sabes, los negocios..., pero en cuanto Antón me dijo que venías a cenar, no lo dudé ni un segundo.&lt;br /&gt;Sonreí de circunstancias a la espera de que me aclarara el motivo de su interés. No tardé en saberlo. Si hay una cosa que caracterice a Belén, es que no calla ni un momento. Es una de esas personas a las que podríamos incluir en el apartado de locución continua, del que no puedo ni debo excluirme.&lt;br /&gt;—¿Te acuerdas de aquella noche que nos echaste las cartas a Curro, mi ex, y a mí? —me preguntó traspasándome, literal, con la mirada&lt;br /&gt;—No, la verdad, no me acuerdo, han pasado tantos años...&lt;br /&gt;—Pues no sabes la cantidad de veces que me he acordado de ti y de lo que nos dijiste. Ya sabes que yo, todas esas cosas me las tomo muy en serio. Fíjate si me las tomaré, que cada vez que Curro hacía un viaje pensaba, éste tiene un accidente y se que me queda paralítico, como me predijo Ana.&lt;br /&gt;—Pero no le ha pasado nada, ¿verdad?&lt;br /&gt;—No, no —respondió haciendo un énfasis especial en el último no.&lt;br /&gt;—Menudo susto que acabas de darme.&lt;br /&gt;—En lo que sí acertaste fue que no era el hombre de mi vida, ya sabes que nos hemos separado hace casi tres años. Bueno —añadió con un mohín de desprecio—, pensándolo bien, en lo otro también acertaste, porque sí se ha quedado paralítico, paralítico cerebral.&lt;br /&gt;No pude evitar reírme a carcajadas con la ocurrencia. Es cierto que siempre había considerado a Curro un parásito, oportunista y vividor, y que la parálisis que había predicho —no recuerdo los términos exactos en los que me había expresado—, se referiría, seguramente, a la evolución personal.&lt;br /&gt;—No te rías. Es como te lo cuento —me aseguró muy seria—. En realidad tendría que haberme divorciado después de que naciera mi hijo Javier, pero sólo por no darle la razón a mi madre, aguanté otros diez años, que tiene tela, ¿eh? Por cierto, tienes que volver a echarme las cartas, tengo una intriga horrible por saber qué va a ser de mi vida. ¿Sigues echándolas, no?&lt;br /&gt;—Sólo de vez en cuando, últimamente tengo muchísimo trabajo.&lt;br /&gt;—Ya me ha dicho Antón, pero, bueno, para podrás hacerme un hueco, ¿no? —nuevo mohín, en esta ocasión con un cierto toque de picardía.&lt;br /&gt;A partir de ese momento la conversación derivó al ámbito de lo literario.&lt;br /&gt;—¿No has leído El Alquimista?&lt;br /&gt;—No he leído nada de Paulo Coelho —confesé.&lt;br /&gt;—¡No me lo puedo creer, Ana, es im-pres-cin-di-ble! —exclamó como si se tratara de un premio Nobel, o similar, y, a renglón seguido—No lo compres, yo te lo regalo. Mañana vienes a comer a casa, me echas las cartas y te doy el libro.&lt;br /&gt;Después de cenar y de aguantar las sonoras protestas de mis amigos, por la poca atención que les habíamos dedicado, recalamos, para variar, en el &lt;em&gt;Frida&lt;/em&gt;, donde me encontré con algunas &lt;em&gt;amistades&lt;/em&gt; que hacía tiempo no veía. Me dediqué a saludar y a responder varias veces a los obligados: &lt;em&gt;¿Qué tal?&lt;/em&gt;, ¿&lt;em&gt;Dónde te metes que no se te ve el pelo?&lt;/em&gt; y el inevitable &lt;em&gt;¿Estás con alguien?&lt;/em&gt;, que tanto se prodiga cuando todo el mundo se hace eco de tu separación y no logran asociarte a ninguna conocida. Me olvidé de Belén, de Antón y del resto, y me dediqué a charlar con una amiga de mi ex, profundamente interesada en los términos de mi divorcio. Un par de horas después se me acerca Belén y me susurra al oído, aprovechando para rozar con sus labios el lóbulo de mi oreja, de una forma demasiado provocativa, para mi escaso gusto:&lt;br /&gt;—¿Es tu novia?&lt;br /&gt;—Colega —respondí, pelín molesta.&lt;br /&gt;—Desde luego, cómo eres, me abandonas por cualquiera. Anda, ven a tomar una copa al &lt;em&gt;Batik-ano&lt;/em&gt; —abrazándome por la cintura.&lt;br /&gt;—Un poco más tarde, quizás.&lt;br /&gt;—No me digas que me vas a dejarme sola... —colgándose de mi cuello y rozándome el lóbulo de la oreja con los labios de forma ostentosa, y, a la vez, procaz.&lt;br /&gt;— ...&lt;br /&gt;—Si no te veo, te llamo mañana y vienes a comer —aceptó, dejándome por imposible, pero besándome en la comisura de los labios antes de desaparecer de mi vista.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7385103199703731123-7278626492934394594?l=bemeuve.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://bemeuve.blogspot.com/feeds/7278626492934394594/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7385103199703731123&amp;postID=7278626492934394594&amp;isPopup=true' title='19 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7385103199703731123/posts/default/7278626492934394594'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7385103199703731123/posts/default/7278626492934394594'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://bemeuve.blogspot.com/2008/03/rpida-y-mortal-i.html' title='Rápida y Mortal (I)'/><author><name>Mármara</name><uri>http://www.blogger.com/profile/09935680480272505070</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='26' src='http://2.bp.blogspot.com/_f0jLUVPJA0s/SYIEZwYuKHI/AAAAAAAABTw/mne8UtHQK7I/S220/10-06-08.2.jpg'/></author><thr:total>19</thr:total></entry></feed>
